martes, 15 de diciembre de 2009

Quizá piense que con menos sangre estaré mas tranquilo

Donde el autor es abducido en un spa de la cruz roja

Salgo de la exposición de tipografías de la Real Academia de Bellas Artes y entro en el autobús móvil de la cruz roja aparcado en Alcalá. La iluminada cristalera panorámica deja ver unos cómodos y sinuosos sofás en donde modélicos ciudadanos parecen mantener graves reflexiones. Hay algo extrañamente cálido en aquella quirúrjica escenografía de sala de abducciones. Sin embargo, intuyo que no es buen día. Sueño, frío, desazón. ¿Por qué entro? Quizá piense que con menos sangre en el cuerpo estaré mas tranquilo.

Ya estoy dentro y relleno un papel que me interroga sobre mis viajes, enfermedades, medicamentos y sexualidades. Todas mis respuestas son muy razonables. Soy un paciente mainstream. Ni lupus ni orgías sexuales con desconocidas en el ascensor. Me temo que esta vez no podré escaparme y pasaré de ronda, a diferencica de mi último intento, en el que un viaje a Madagascar me eliminó de la criba de donantes. Mientras espero mi turno entran dos antiguas enfermeras gritando en el autobús. Vienen a ver a sus antiguos compañeros y la situación se desborda. De misterioso ovni iluminado en la noche de Madrid hemos pasado a ruidosa casa de putas a la hora del café. Amago con irme, desearía bajarme del autobús y salir corriendo, porque empiezo a sentir lo mismo que sentí esta mañana haciendo cola en el cajero, delante de una mujer que dedicó más tiempo de lo tolerable a encontrar su cartera dentro del bolso, luego su tarjeta dentro de la cartera y finalmente la posición correcta de la tarjeta dentro de la ranura. Me fui del cajero, por supuesto.

Pero ahora no podía irme del autobús de la cruz roja por miedo a que me tomaran por cobarde insolidario. Hubiese querido explicarles que no era miedo a las agujas ni a la sangre, decirles que no soy aprehensivo, que simplemente no soporto sus gritos dentro de un recinto tan pequeño. La cosa empeora: una de las chicas que sale a saludar lleva varios tubos de sangre en las manos. La escena me inquieta profundamente. ¿Y si se equivoca de tubo? ¿Y si se rompen? ¿y si la empujan? ¿y si se olvidan del hombre de la camilla y lo desangran?

La chica que me precede ha sido declarada no apta por hipotensa y llega mi turno. Mi examinador echa una ojeada a mis respuestas y hace alguna pregunta de compromiso: ¿asmático o alérgico? Intento resumirle mi relación con el asma en una sola frase, pero me trabo. Digo algo parecido a antesiperoyano, la humedad, el clima seco, Madrid me sienta bien. Me toma la tiensión y toca hipertenso. Me pincha un dedo, guarda una gotita de mi sangre y por fin me manda al salón de las camas sinuosas. Me dan a elegir y me recomiendan la hilera de la izquierda, por ser diestro. De acuerdo. Desde aquí tengo mejores vistas de la acera. Me tumbo, me dicen que abra y cierre el puño (gesto que repetiré durante los próximos 10 minutos) me pinchan de nuevo, me preguntan si estudio o trabajo, me preguntan mi nombre. Me siento obligado a interactuar e incluso a ser gracioso, así que comento con franca sonrisa que me van a sacar una pinta de cerveza. Ah, ¿una pinta es medio litro?, obtengo por respuesta. Cierro puño, abro puño. Miro por la ventana hacia los paseantes de la calle Alcalá. Miradme cabrones, soy un ciudadano ejemplar, estoy salvando vidas. Suena el móvil. Mi novia, desde un bar:

-me he tomado un chocolate caliente y ahora estoy con un gin tonic.
-yo me estoy sacando sangre
-¿¿¿¿¿
-Es que salía de la exposición de tipografías....

Me desconectan, me reincorporo. Sed y ganas de vomitar. Me vuelven a tumbar y me piden que tosa, que tosa fuerte "como un fumador" y que no cierre los ojos. Ah, paseantes cabrones. Mirad cómo me consumo. Me ponen una bolsa fría en la nuca y otra en el pecho. Vamos mejorando, me reincorporo de nuevo. Agua, coca cola.

-¿Qué has merendado?
-Nada

(caras de disgusto)

- A qué hora entraste a trabajar
- A las 9

(mentira, a las 10).

Entra otra chica y elige cama al otro lado. Desde mi sitio le veo vagamente el escote, pero es inútil. Más coca cola. Mucho mejor. Al rato estoy ya en condiciones de levantarme y pasar al final del autobús, a la última fila de butacas. Recuerdo que cuando estaba en la primera fase, rellenando el formulario en la parte delantera del autobús, veía con envidia y admiración a los donantes sentados en la última fila, con el deber ya cumplido, la sangre donada, el potro saltado.

Ya estoy aquí y como regalo uno de los enfermeros me regala un boli y un sandwich de jamón que devoro ante la mirada feliz de las enfermeras. "Claro, es que no había merendado", sentencian. A mi lado se sienta la hermana de la chica del escote vagamente imaginado, a la que siguen sacando sangre en una de las tumbonas sinuosas. El enfermero es del tipo de personas a las que les gusta hablar. A veces ocurre. Y se siente cómodo dando juego a la hermana de la donante. Tengo que salir de aquí. Termino sandwich. Termino coca cola. Meto boli en bolsillo, pongo chaqueta en cuerpo y bufanda en cuello y me levanto. Volveré, les grito a las enfermeras del fondo. Muchas gracias, le digo al enfermero. Y para reafirmar mi gratitud y certificar nuestra hermandad de sangre le doy un recio apretón de manos. Al darme la vuelta me topo con la hermana de la donante. Y sin saber por qué, también le alargo la mano, con algo más de delicadeza, por ser ella mujer no donante. Estoy profundamente confundido por mi comportamiento. Creo que ella también

-Encantado

Salgo del autobús ligeramente ebrio, congelado y superficial. La sangría me ha sentado bien, porque ahora solo pienso en sobrevivir. En sofá, comida, calor y manta. Como suponía es mi cabeza, y no mis venas, la que se ha vaciado. Camino al metro suena Arcade Fire.





Waziristán Pop

Donde el autor delira después de ver esto: El lugar más peligroso del mundo

El paraíso es Suiza. O Cabuérniga. En un documental de Chanel 4 sobre el terrorismo en Waziristán, hermoso nombre de la región fronteriza entre India y Pakistán, un soldado muestra las ruinas de una casa. En las paredes, escritas con sangre de prisioneros asesinados, proclamas a favor del martirio y pinturas pintorescas de lagos y montañas, montañas que horas después, justo mientras escribo estas líneas, me recordarán a Peña Cabarga. Lagos y montañas que representan el paraíso, explica el soldado.

Así que no quieren vírgenes. Los yihadistas matan y mueren para ver las vistas de la bahía de Santander desde Peña Cabarga.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Oda al Mac (y alrededores)



Donde le autor se pone positivista enciclopédico ilustrado y le canta a la tecnología atea como madre de todas las cosas


Al spam que revienta mi correo
y me aisla de la soledad
al hipervínculo, por excitarme
a ese laberinto de ventanas que se abren y se cierran
y se alinean en celdas como cajones en la parte superior de la Gran Ventana
a mi jefa tripolar, por empujarme a maquinar proyectos asombrosos
a los iconos del mac que saltan de alegría cuando les pincho
y su reflejo se refleja sobre una pista de hielo
a los documentos que se dejan arrastrar
a los pantallazos ctrl + comando + 4
al doble click ábrete sésamo

al caos de mi escritorio, tan fácil de barrer
arrastrando iconos a la papelera
a su vez,
tan fácil de vaciar


a la barra de herramientas de in design
antes llamado quark
llena de flechas blancas, flechas negras, puntas de pluma, tes mayúsculas, varitas mágicas, sobres de cartas, rotaciones, lupas, tinteros, manoplas como las que utilizo para sacar la fuente ardiendo del horno
y que sirve para deslizarte por el documento a pellizcos
o mejor dicho, acariciando
si, acariciando

obviamente
al internet
vía firefox
a la wikipedia
escrita a veces como una excursión infantil
tan fácil de leer
tan poco pretenciosa



al comando f que te busca palabras
por ejemplo estajanovista,
que es adjetivo de cronista deportivo:
Con Kuyt de interior, el Liverpool pierde toque y gana a un estajanovista
o
pero entonces irrumpió un equipo desconocido, una novedosa versión del punto estajanovista que tiene el campeón
escribe Jose Samano


al comando Z
por rebobinar y evitar la tragedia

por supuesto
al blog
al bloguero
y al ego del bloguero

y, a modo de postdata:
a los tiempos muertos
a los entretiempos
y a los tiempos que vendrán

lunes, 30 de noviembre de 2009

El mapa de colacao

Donde el autor rompe su silencio, no con palabras (porque no se le ocurren, a veces pasa) sino con un mapa sacado de una enciclopedia escolar de los años 60. El ilustrador se llama Herbert Pothorn y el mapa lo he robado del blog 4ojos .





Y aquí, el mismo mapa revisitado por un ilustrador actual, Jose María Lema.





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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Elogio al comando Z

Donde el autor, de insomnio, imagina la vida como una maqueta en una pantalla de ordenador

Comando Z es la herramienta para deshacer acciones en el ordenador. Era sólo cuestión de tiempo que algún ingeniero de Apple se atreviera a implementar esta función en la vida real, que es algo que sí existe -a pesar de lo que sostienen algunos filósofos- y es lo que sucede entre que te levantas y te acuestas. No hay quórum sobre el sueño.

La idea era sencilla, los estudios de mercado, halagüeños; el formato, Ipod. La idea: rebobinar la vida con un click.

Sin embargo, las implicaciones teológicas y físicas del invento asustaron a los consejeros de Apple. "Eso sería como llenar el mundo de agujeros negros y nosotros vendemos ocio, no aceleradores de partículas del CERN", apuntó uno de los ingenieros. Otro ponente aplicó, con prosa apocalíptica, la teoría del aleteo de la mariposa a una nueva dimensión espacio tiempo infinita. Por último, el más anciano enfrentó a los oyentes a la perspectiva terrible de una vida con libre albedrío retrospectivo. Y luego añadió: "no os engañéis, no hay momentos decisivos en la vida. No hay encrucijadas".

El Ipod Comando Z fue destruido. En su lugar crearon el Ipod Copy Paste, más seguro, barato y eficaz, para que todos los días fueran iguales.

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martes, 10 de noviembre de 2009

Peter Pan busca piso en Berlín

Nido

Donde el autor, a propósito de tanta efeméride sobre la caída del muro, muestra su Berlín.

Si quieres leerlo, pincha aquí.

p.d: lo que se ve en la foto es la Filarmónica de Berlín que, en una ocasión, en una mañana de invierno, se me apareció nítidamente como un nido

Bonus Track:

martes, 3 de noviembre de 2009

La Casapedia

Donde el autor se hace rico implementando, que diría un consejero delegado de microsoft, una nueva aplicación en google earth

¿A quién no le gusta mirar dentro de una casa? Y no digo espiar a los vecinos follando (que también), sino ese deseo de saber qué hay detrás de las ventanas que a veces llaman tu atención cuando andas por la calle; ventanas por la que se escapa un sonido, ventanas donde alguien fuma apoyado en el alféizar, ventanas que reflejan -preferiblemente en invierno- destellos de una televisión. No voy a seguir con una enumeración de todos los tipos de ventanas morbosas, porque lo cierto es que me gustan todas y en cualquier época del año, especialmente en los días extremos de calor tórrido y en las destempladas noches de otoño, cuando pasas junto a un ventanal de una cafetería cerrada y la barra, vacía e impoluta, iluminada por las farolas de la calle, parece la mesa de disección de unos ladrones de cadáveres, piensas mientras intentas protegerte de la lluvia refugiándote a intervalos dentro de portales o debajo de carteles luminosos de tipografía tan ancha que parecen tejavanas

(con tejavana me refiero a esos cobertizos de plástico que me protegían de pequeño de la lluvia en los recreos y que, aún hoy, veo en los aparcamientos de algunas cafeterías de carretera).

Mi idea es sencilla. Cartografiar y fotografiar todas las casas del mundo y colgar luego el resultado en google earth.Como no soy ambicioso -en el fondo, me educaron en el pragmatismo- comenzaré reproduciendo solo el millón y medio de casas de Madrid, jardines, baños y terrazas aparte.

Fotos sin gente. Solo muebles, sofás, sillas, camas, paredes, ventanas, enchufes, techos, lámparas, pasillos, azulejos, puertas, pomos, repisas, alféizares, mesas camillas, mesas redondas, muebles empotrados y muebles exentos, cocinas, por supuesto, retratos, cuadros, revisteros, esculturas, filtros de agua valencianos hechos con cerámica de Onda, pianos, souvenirs, cortinas y persianas. Acaso esta enumeración de objetos domésticos sea fútil, porque los posibles elementos de una casa son infinitos, como infinita es su combinación.

El espectador solo podrá recrear la cotidianidad de la casa a través de sus objetos. Accederá desde su ordenador al interior de cualquier casa del mundo, pongamos por caso el quinto derecha de un edificio del ensanche barcelonés, donde a partir de mediados de mayo el atardecer te invita a andar descalzo y a escuchar el sonido de una radio lejana que entra desde la calle, aunque eso, las voces del supuesto transistor (bien pudiera tratarse de un extraño eco de una cañería cercana) , no podrás oírlo desde tu ordenador. Es posible, sin embargo, que desees un gin tonic.

Habrá quien lamente el nuevo invento, pues creerá -incluso lo dejará escrito en graves libros de memorias no exentos de cierta, llamémosla, honesta melancolía- que la casapedia traerá consigo el final de la intimidad, la muerte de la curiosidad, la perversión del viaje como genero literario y la desaparición del espionaje, la duda, el desconcierto y la sorpresa como una de las bellas artes.

Su llanto será en vano, pero dejará algunas párrafos evocadores de un mundo desaparecido que en verdad nunca existió. "No hay que tener miedo, si te fijas bien nada cambia con la casapedia", explicará su creador en una entrevista concedida a soitu. "Aunque puedas ver desde tu ordenador la ventana que da al patio interior de un piso de Getafe, de ninguna manera sentirás en tu boca el polvo de la calle mezclado con las hojas de los árboles recién agitados después de una tormenta de verano. Por no hablar del olor a cocido madrileño impregnado en el sujetador tendido al alcance de tu mano.

De momento, añadió.



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jueves, 29 de octubre de 2009

La gent normal



Donde el autor, por fin, escuchará a Manel en Madrid

miércoles, 28 de octubre de 2009

Confesiones de uno de los nuestros


http://marcosdelasheras.com


Donde el autor explica cómo llegó a convertirse en parroquiano de la "región ocultamente furibunda" y cómo, en vez de oscura, la encontró diáfana y con vistas.

A primera vista me pareció raro. Descabezado, sin jerarquía. Esas celdas de colores de la parte superior me supieron a quesito de trivial. ¿Por qué soitu y no soytu con y griega? Es posible que murmurara el nombre en voz alta, delante de mi ordenador, en mi oficina, para poner a prueba su sonoridad. Y soitu me sonó a yo-yo. Luego me descargué un widget de fútbol y seguí trabajando. Veredicto: "esto no en un periódico".

Pero volví. A segunda vista el diseño me siguió pareciendo raro, pero diáfano. Su falta de jerarquía informativa, un acierto. Empezaba a comprender que no ser un periódico al uso era una elección consciente, un acierto, el único camino posible. Pinché las celdas de colores y caí en diseño + arquitectura. Después vi el mapamundi de vídeojuego de Amstrad y apreté encima de varios de esos muñequitos de camiseta roja apoyados en continentes blancos que saludan al lector con el brazo.Veredicto: "me gustaría pasarme toda la mañana leyendo soitu", pero no lo hice, porque por aquella época yo era todavía algo parecido a un empleado ejemplar encerrado en google.

Alguién me comentó que soitu aceptaba colaboraciones de usuarios. "Ah, el famoso periodismo ciudadano, otros que se creen que van a reinventar el periodismo", pensé con aplomo de tertuliano. Es posible incluso que dijera la frase en voz alta y no es descartable que alguién me riera el dardo. Al fin y al cabo, somos una raza de tertulianos y estocadas. Nuestros intelectuales escriben cosas como "asomarse a esa inmensa taberna que son los blogs y foros de Internet, en España, le hace tener a uno la sensación de vivir en una región ocultamente furibunda, en la que más vale no entrar, si es posible"(Javier Marías).

Pero yo decidí sentarme en la barra y probar suerte una de esas mañanas de especial aburrimiento, de hartazgo de oficina y frustración profesional, y me lancé a escribir de corrido una especie de guía de viajes de Afganistán. Como yo por aquella época todavía era algo parecido a un empleado ejemplar y quería que mis superiores siguieran pensando que era un peón fiel, me vi obligado a combinar la excitación de la escritura automática con la vigilancia lateral. Clásica fórmula de oficinista díscolo: veo sombra, minimizo ventana de editor de soitu. Acerco mi cuerpo al ordenador, como un escriba cheposo, e inclinó la pantalla unos discretos grados a la derecha. Me estaba convirtiendo en uno de los nuestros y la postura era muy incómoda.

Y me quedé dentro de la taberna. Barra libre. Seguí leyendo, seguí escibiendo: en casa, en la oficina, aislado en el hospital Carlos III, dictando crónicas por teléfono, en la sala de prensa de Benicàssim, a cuatro manos y dos cañas, con Álvaro Llorca. Con el tiempo la barra libre dejó de ser metafórica y me encontré sentado en un tejado de Malasaña rodeado de redactores y usuarios de soitu a los que llevaba un año leyendo, haciendo equilibrios para no derramar la mahou sobre las tejas que jugaban al tetris bajo nuestros pies. Me acordé de Marías y pensé que mi "región ocultamente furibunda" tenía las mejores vistas de Madrid y banda sonora de Magnetic Fields.

Con ánimo capicúa, me despido de la misma forma con la tomé mi primer trago en soitu: con una frase en inglés convertida en haiku. Entonces a propósito del turismo en Afganistán. Hoy a propósito del periodismo en España:

finding beauty
amid the bomb craters
takes a little work


p.d: perdonen las posibles erratas; he vuelto a ser algo parecido a un oficinista ejemplar...



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lunes, 26 de octubre de 2009

María tenía un cordero pequeñito



Donde el autor lee, desde los cuarteles de otoño en Madrid y con envidia, la gran Mixtape Americana y se acuerda del año 1987 o 1988, cuando él mismo vivió en la región de los grandes lagos y viajó a bordo de un oldsmovile blanco-crema semidesnatado con matrícula azul.

Yo viví en Michigan, con mis padres y mi hermana, entre 1987 y 1988. En Okemos, East Lansing, Lansing, capital del Estado y patria chica de Madonna y Magic Johnson. En una hipotética guía de viajes sobre Lansing recomendaría la tienda de helados de la facultad de medicina de la Michigan State University, cuyo símbolo (el de la universidad, no el de la heladería) era un casco de espartano blanco sobre fondo verde, el restaurante-franquicia Red Lobster y mi colegio, Wardcliff Elementary School, donde cumplí, sin yo saberlo, con el el mayor hito iconográfico del nerd: con 8 años entré en el equipo de ajedrez del colegio, ganamos la liga local (y, humildemente, le gané a todo redneck que se me puso a tiro; por cada victoria una cinta azul) y me seleccionaron para jugar el campeonato estatal en Detroit. A mi madre eso de mandarme a Detroit le dio miedo y ahí terminó mi etapa de genio infantil. También me apunté al equipo de soccer, donde me esperaban como un mesías; no por algo yo en los recreos dejaba a mi paso un rastro de compañeros regateados como nunca antes hice -ni fui capaz después de hacer- en España. Yo era “from Spain” y el mister soñó victorias. El primer partido perdimos 8-1 y el entrenador, que concebía el fútbol como un futbolín de líneas estáticas en el que nadie podía abandonar su posición, los defensas en la defensa, los centrocampistas en el centro del campo, los delanteros, delante, todos clavados con tornillos invisibles al esplendor en la hierba, nos dijo “great job”. Bebíamos zumo en botella de gallon en el descanso, y la camiseta era reversible, azul y roja, pero perdimos igual todos los partidos. Todos menos uno, que empatamos a 2. Recuerdo el tanteo final porque nos empataron en el último minuto con un gol de panalty que yo provoqué al coger el balón con la mano dentro del area. Puto árbitro.

En el campamento de verano, mientras tiraba al arco, vi el cielo a punto de explotar o de sangrar o de centrifugarse, como una galerna manga saturada en photoshop, y sentí uno de los mayores pánicos de mi vida. Nos evacuaron en autobús al pueblo más cercano y todos mirábamos hacia atrás buscando el tornado. En clase de historia mi maestro letón explicó con grave mesura las matanzas de los españoles en el descubrimiento de América y mis compañeros me miraron medio censores, medio fascinados por tener delante a un descendiente de esa lejana raza de bárbaros genocidas. Por lo demás yo les ganaba a todos ellos en los spelling test, y en el playback que hicimos de She Loves you, de los Beatles, me reservaron el papel de batería, y el problema es que yo tocaba la batería un poco como mi entrenador concebía el fútbol, con líneas estáticas, golpe a la izquierda, golpe al centro, golpe a la derecha, y vuelta a empezar. Mi profesor letón (mamá, ¿dónde está letonia?), que se llamaba algo así como MR. Gatis Lusis, y tenía bigote, me animaba a desmelenarme y a golpear con furia y sin orden los platos de cartón. Pero a mí, obviamente, me daba vergüenza. La batería, vergüenza; el piano, aburrimiento. Mary had a little lamb, little lamb, little lamb. Que manera de acelerarme con el pequeño cordero de María. Más despacio, más despacio. Pantalones cortos verdes en mi primer recital ante unas 10 personas. El profesor de piano era vietnamita y nos invitó a cenar a su casa y nos sentamos todos en el suelo y mi padre tiró dos veces el vino sobre la moqueta (mamá, qué hace un vietnamita en Estados Unidos?). Una chica de mi curso murió atropellada por un tren cuando regresaba andando a su casa roulotte como las de mi vida sin mi. Murieron ella y su hermano, y yo recuerdo que los niños atropellados en las vías de tren eran como los avisos de tornado, las madres divorciadas cinco veces, los colombianos que se avergonzaban de hablar español y los lagos completamente congelados: algo habitual. Los padres de la niña de mi curso mandaron una circular a todos los padres del colegio para recaudar dinero para el entierro. Los Detroit Pistons perdieron la final de la NBA contra los lakers y yo confundía Pensilvania con Transilvania. Cuando aterrizamos en Madrid, un año después, todo

(Madrid desde el cielo,
el aeropuerto,
los guardias civiles,
el coche de mis tíos)

me pareció pequeño y cutre.

Con el tiempo dejé el soccer, el ajedrez, el piano y los tornados.



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domingo, 25 de octubre de 2009

Y ahora ¿dónde queda la gente cuándo queda en el oso?

Podría fulminarte con mi mirada y con mi cigarro
Donde el autor sale de paseo en domingo por las calles más turísticas de Madrid.

"Me estoy tomando un medicamento fortísimo y si vivo, me quedan todavía cinco años más", escucho decir a un hombre ligeramente obeso que camina acompañado de dos señoras ancianas por la plaza de Jacinto Benavente. La siguiente frase que registro es más diáfana: un niño pequeño vestido de domingo, con unos pantalones rojos subidos casi a la altura del cuello, camisa de cuadros por dentro, habla en una cabina de teléfono, junto a su madre. "Abuela, te llamo desde una cabina de teléfonos". Habla casi de puntillas.

Madrid en domingo, alrededor de la Plaza Mayor y la Puerta del Sol, más inhóspita que nunca después de casi diez años de obras. Han cambiado la estatua del oso y el Madroño de sitio, y cuando paso junto a su antigua ubicación veo a una familia de turistas mirando el vacío insólito.

Las estatuas humanas que se mueven cuando les echas una moneda, el hombre que hace musica frotando copas, el bar del bocata de calamares, la tienda de souvenirs con banderas españolas y toreros, un chino vestido de orangután se quita la cabeza de orangután y se fuma un cigarro sentado sobre los adoquines de la Plaza Mayor.

Las estatuas humanas que se mueven cuando les echas una moneda: el vaquero junto al banco Bankinter y un ángel dorado que flota en el aire. Pero flota de verdad. No se ve el truco por ninguna parte. No se ve la escalera o la silla sobre la que debería estar sentada. Cuando termina su número se sienta encima de una escalera y fuma un cigarro con caladas muy espaciadas. Mira muy fijamente a su manager, o mago, o chulo, que luego, una vez iniciado el espectáculo, se sienta en un portal cercano a bostezar.

Alrededores: una marina impresionista junto a una de los soportales de la Plaza Mayor, rodeado de filatélicos y dibujantes de caricaturas. Tres rubias jóvenes desoladas en la terraza de la chocolatería San Ginés. Habrían leído algo prometedor en su guía de viajes y se encuentran en un callejón poco pintoresco, atendidas por un camarero antipático. Posiblemente avergonzadas. La estafa y el cansancio, la maldición del turista.

¿Y qué tiene de malo el turismo? ¿Y las tiendas de souvenirs? ¿Y las estatuas humanas, sobre todo cuando flotan en el aire y visten de ángel dorado y por muchas vueltas que des alrededor no eres capaz de descubrir el truco? ¿y el hombre que hace música frotando copas de cristal? ¿Y los pastores que una vez al año vienen a Madrid con sus ovejas para salir en los telediarios del domingo? ¿y los mesones con forma de cuevas donde viejos con pajarita sirven tortilla, sangría y croquetas?

Y ahora, ¿dónde queda la gente cuándo queda en el oso?


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jueves, 22 de octubre de 2009

Texto para leer en voz alta con tono afectado

Donde el autor, a vueltas con los románticos ingleses, cita un párrafo de afectación sublime y recomienda a sus hipotéticos lectores que lo lean en voz alta, a ser posible vestidos con una chaqueta de terciopelo verde y lentejuelas de oro, como hacía Humphry Davy, el científico poeta que aisló el sodio y el potasio en su laboratorio, donde a veces leía en voz alta versos de Wordsworth después de pegarse un chute de óxido de nitrógeno

I here present you, courteous reader, with the record of a remarkable period of my life; according to my application of it, I trust that it will prove, not merely an interesting record, but, in a considerable degree, useful and instructive. In that hope it is that I have drawn it up; and that must be my apology for breaking through that delicate and honorable reserve, which, for the most part, restrains us from the public exposure of our own errors and infirmities.
(Thomas de Quincey, Confessions of an English Opium Eater)

martes, 20 de octubre de 2009

Boceto de sobredosis de estímulos en la redacción

a veces un hombre me espía por la ventana

Donde el autor se pregunta cómo es posible concentrarse estando sometido, como está, a semejante dosis de estímulos que le entran por los ojos y los oídos a través de la red de redes

Para escribir un reportaje leo un poema de Wordsworth
y escucho Elevator Love Letter en You tube
con mis cascos almohadillados de aparca aviones de aeropuerto
y aun de fondo
procedente de otros ordenadores cercanos
escucho cosas
como una gaita insufrible
y luego Jethro Tull
que a ratos suena como una maldita jota aragonesa
minimizo una pantalla y veo fotos de una bloguera cubana
y fotos de carteles que prohíben rescatar sombreros de niñas con coletas que levantan los brazos como si fueran a echar a volar
un gmail
un hotmail
un soitu
un wordreference
donde busco el significado de algunas palabras que no entiendo del poema de Wordsworth
como jocund
y otras de significado ambiguo
como gay
en la calle no termina de llover
a pesar de la borrasca anunciada esta mañana en el telediario
una borrasca que iba “a barrer la península”
y en A3 contactaron con reporteros en paraguas estratégicamente repartidos
por toda la península
la misma península que va a ser barrida por una borrasca


I wandered lonely as a cloud
escribe Wordsworth
a quien Byron apodaba
Churchworth
-que cabrón el Byron, con sus jirafas y sus orgías y sus there are three things that I can do that you cannot-
me contó un poeta y jardinero
que hablaba muy despacio bajo la lluvia

y tirando del hilo
termino añadiendo dos líneas a la biografía de
Ralph Vaughan Williams
en la wikipedia

(sube el hombre de los paquetes buscando piercings en los pezones)

y de vez en cuando se oye un estornudo
que nos recuerda que estamos en plena temporada de gripe A
-de ahí la borrasca que nos va a borrar la península-
pero a mí no me importa
porque yo inventé la gripe A

miércoles, 14 de octubre de 2009

Those fancy names



Donde el autor regresa de un viaje a Inglaterra y Escocia y descubre lo que siempre sospechó, que los habitantes de esas tierras hablan igual que en los listenings del colegio y los capítulos de Follow Me

Un librero galés charla con un joven irlandés en la librería South Side Books de Edimburgo. No es la librería más pintoresca de la ciudad, pero es la primera que encuentro la única tarde en la que puedo escaparme de mi rutina de trabajo. Ojeo algunos volúmenes de grandes clásicos de la literatura en inglés, títulos que podría fácilmente conseguir en librerías de Madrid. No, no son esos libros de lectura obligatoria de instituto y tapas plastificadas los que me detienen. Tampoco el cansancio, es ese caso mejor un pub, cualquier pub y una pinta de Bitter & Twisted. Tampoco la chica polaca con botas que curiosea en una esquina y que interrumpe la conversación preguntando por unos libros de estadística. La chica polaca con botas estudia económicas y es rubia con el pelo corto, y habla con ese exquisito acento con el que algunos superdotados hablan idiomas ajenos, y de repente se forma una tertulia a tres bandas sobre la imposibilidad (o mejor dicho la falacia) de la ciencia económica como Ciencia, mientras yo sigo sacando libros al azar, Stevenson, De Quincey, Graham Greene, y apunto en mi cuaderno marrón con pilot rojo y caligrafía de terremoto frases que voy oyendo, frases como economics is a degree of gambling dressed up with those fancy names

y fancy queda un rato flotando en el aire
un fancy con acento galés que suena a hipérbole caramelizada, a corte de mangas, al último rastro de yema de huevo apurado con el dedo antes de que el camarero se lleve el plato, a anciano travesti, a leche condensada.

queda flotando el aire hasta que suena, referido a un jugador de rugby, un lapidario he was a completely coward y pruebo a imaginarme a mí mismo explicándole a mi librero (aunque yo no tengo librero) que "la actitud de Pepe fue ciertamente censurable", y no me veo.

La chica polaca con botas se va con la promesa de recibir pronto esos extraños libros de estadística. El chico irlandés se va porque ya se va haciendo tarde y quién sabe cuánto tiempo lleva ahí metido, con el abrigo puesto y la bufanda al cuello, sin terminar nunca de irse, reflexionando sobre el achique de espacios en la defensa de rugby. Y sólo me quedo yo, que finalmente compro un libro y terminó hablando con el librero galés con ese terrible acento con el que sólo los españoles somos capaces de hablar un idioma ajeno.

y mis palabras se quedan un rato flotando en el aire,
unas palabras que suenan como a lavadora, a camión de basura, a telegrama tallado en piedra, a gramófono que suena en la habitación de al lado, la habitación de las goteras.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Cómo colgar tu obra en Callao


Donde el autor entrevista al creador del cartel de la película 'El secreto de sus ojos' y, entre cañas y croquetas de bacalao con cilantro, descubre que las letras manuscritas que cubren la fachada del cine Callao son obra de una melómana enamorada de Rigoletto.





La leyenda familiar sostiene que su madre se puso de parto en un cine de Granada y que de pequeño lo que más le gustaba de Madrid eran los carteles de las películas de la calle Fuencarral. En rigurosa realidad, diez años de experiencia en marketing y ventas internacionales en diferentes productoras, años durante los cuales Pablo Dávila Castañeda fue deslizándose sigilosamente al lado más creativo del proceso de venta: la elaboración de carteles. De profundis, con dibujos de Miguel Anxo Prado, fue su primera obra. La última, y de la que vamos a hablar a continuación, El secreto de sus ojos, cuyo cartel cubre, como un sueño infantil, la fachada de los cines de Callao. Otras obras suyas son Agallas, ahora en cartel,y Castillos de Cartón, no estrenada todavía.

A diferencia de otros artesanos a sueldo (entre los que podríamos incluir a los periodistas), Pablo Dávila tiene muy claro la naturaleza y los límites de su trabajo: "No soy un artista, sino un visualizador que utiliza imágenes para vender una película. Mi obligación es olvidarme de mi estilo y ceñirme a las pautas comerciales de la distribuidora", explica el joven diseñador granadino, que se declara obsesionado por el mundo del diseño gráfico en todas sus manifestaciones, desde el catálogo del Lidl al cartel de la última película de Scorsese.

Toda la conversación gira en torno a tres cañas y a una única pregunta fuente: ¿cómo se hace el cartel de una película? Durante la primera cerveza Pablo Dávila explica el proceso administrativo: la distribuidora elige una propuesta de cartel entre varios candidatos que han visionado la película. El seleccionado, en este caso Pablo Dávila, recibe un dossier con el trailer, la foto fija (las imágenes captadas durante el rodaje que simulan los planos de la película utilizando el mismo encuadre y la misma luz que el el operador de cámara), créditos y un briefing que especifica el tipo de público objetivo al que va dirigido la película. De todo el material, la parte más espinosa son los créditos, que se rigen por obligaciones contractuales muy estrictas que precisan el tamaño y la ubicación del nombre de los actores dentro del cartel.

El cartel debía trasmitir la idea de una película de amor con elementos de thriller. A diferencia del cartel argentino, en donde se prescinde de los elementos románticos, en el nuevo cartel español el peso de la historia recae en la historia de amor entre los personajes interpretados por Ricardo Darín y Soledad Villamil.

La primera fase de trabajo consiste en buscar carteles de películas anteriores del mismo director, así como carteles de películas clásicas de cine negro. Una vez se tiene claro el planteamiento gráfico: Darín + Villamil + 'malo de la película' se inicia la búsqueda de fotos. Ricardo Darín, con los cuellos de la gabardina levantados como elemento icónico de cine negro, y Soledad Villamil aparecen con los ojos cerrados (pensé que no funcionaría, pero luego me gustó). En segundo plano, una foto de una estación de tren, perteneciente a una secuencia muy importante de la película, para dar profundidad de campo. A la izquierda del título, el actor español Javier Godino, pistola en mano, pone la nota de thiriller. De fondo las columnas neoclásicas de los juzgados.

El título utiliza una tipografía muy clásica, a la que se aplica un suave efecto de difuminado, mientras que la versión argentina utiliza letras de máquina de escribir. Para dar unidad gráfica a todos los elementos del cartel, Pablo Dávila aplicó una capa hecha a base de trozos de cartones ensamblados a modo de puzzle. Es un efecto que pasa completamente desapercibido a primera vista. "Tengo en mi estudio una enorme cajonera en donde voy guardando todo tipo de materiales, desde cartones del telepizza a fragmentos de vidrio. Es mi museo físico de texturas. Tengo otra colección digital, porque siempre salgo a la calle con una cámara para fotografiar azulejos, tierra, asfalto.... Del cajón saqué los cartones con los que construí el puzzle, que luego fotografié, escanee y traté digitalmente para aplicarlo en una nueva capa sobre el cartel".

El último efecto es el más personal: se trata de las letras manuscritas que cruzan el cartel en líneas verticales para no entorpecer la lectura de los créditos y que acentúan el tono literario de la película, otorgan calidez gráfica y plantean muchos interrogantes al espectador. "Cuando se me ocurrió la idea me encontraba en casa de mi madre, que tiene la costumbre de traducir a mano los libretos de sus óperas preferidas. Es una letra bonita y lo suficientemente ininteligible para que nadie pueda entender el significado". Es decir, las letras que cruzan el cartel de Callao son los versos de Rigoletto traducidos a mano por una melómana funcionaria de justicia en su casa de Granada.

Y el resultado, como reza el lema escrito encima del título, es una representación gráfica de una historia de amor, un crimen sin resolver, un final sin escribir. Objetivo cumplido. Aún hay tiempo para otra caña y unas croquetas de bacalao con cilantro.

Publicado en Soitu

Molotov Flowers Baskets

Donde el autor transcribe uno de los párrafos que subrayó durante el proceso de documentación para el reportaje de Tokio, ya finalizado, sin jet lag ni ibuprofeno, como bien dijo en el post anterior. Confiesa además el autor que decir "documentación" es excesivo para describir esa fase de picoteo indiscriminado y acientífico entre guías, googles y recuerdos de viaje

Tens of thousands of residents of Fukagawa also perished that night beneath the fuselages of over 300 B-29s, wich dropped lethal incendiary cylinders that the locals nicknamed “Molotov Flowers baskets”. When asked how they spent their return flights after raining death and unimaginable grief on tens of thousands of unprotected japanese civilians, the american crews routinely described listening to jazz on the radio or handing around pornographic photographs as diversions
(Insight City Guide Tokyo, 2005)




Más chicas malas fumando en Lamarde

martes, 22 de septiembre de 2009

Zoom sobre fondo rojo

Donde el autor termina de escribir por fin el reportaje de Tokio que le pesaba como una losa, porque hay viajes y ciudades que no sabes muy bien cómo explicar; también hay revistas en las que no sabes muy bien cómo trabajar. El redactor jefe eliminó el arranque del reportaje con una línea negra y desapareció "Tokio con jet lag, sushi con ibuprofeno", y es un pena, piensa el autor, porque esas cuatro palabras eran las que más le gustaban del reportaje, tal vez porque eran las cuatro palabras que primero le vinieron a la mente y que mejor explicaban su viaje. Y sin venir cuento, cuelga el siguiente vídeo que titula de la siguiente manera:

Zoom sobre fondo rojo para título de crédito de película alternativa con textura de video casero (no confundir con ruido de pedreñera) y al final unos pájaros salen volando por el extremo superior izquierdo de la pantalla


viernes, 18 de septiembre de 2009

Título de post en seis palabras

Donde el autor lee a Hemingway en Japón

In the 1920s, Ernest Hemingway bet ten dollars
that he could write a complete story
in just six words.
He wrote: "For Sale: baby shoes, never worn."
He won the bet.


Dijo que esto era su mapamundi:

martes, 15 de septiembre de 2009

Y puesto a soñar, en Buenos Aires

Donde el autor pregunta a Enric González y él responde

Ambrosius: ¿Por qué volviste a España? ¿Te cansaste de trabajar como corresponsal? Puestos a soñar, ¿cuál es tu corresponsalía o trabajo soñado? Y no, no vale vivir del aire en Londres....


Enric González: Volví a España por razones familiares, no porque me cansara de ser corresponsal. Si dependiera exclusivamente de mí, seguiría fuera. Y, puestos a soñar, en Buenos Aires. Por desgracia, he aprendido que no se puede vivir del aire, ni en Londres ni en ninguna parte: los años no traen experiencia, sino gastos.


Lee toda la entrevista en El País

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Cartas al director del Diario Montañés

Donde el autor prosigue con sus relatos de costumbrismo ficción

En la isla de Mouro se organizan orgías en los días de galerna. Saber que no puedes salir de allí y que ningún barco puede acercarse, pues si lo hiciera acabaría estrellado contra las piedras, igual que los veleros de la bahía se estrellan contra el muro de Puerto Chico en los días de Surada, escuchar el ruido de las olas que envuelven la isla hasta convertirla en un submarino, la certeza de que si sales de casa caerás al aguas y morirás, la sospecha (infundada) de que una ola derribará el faro, las vistas de la ciudad a lo lejos como un trasatlántico que se hunde, el horizonte borroso y fragmentado,la lluvia insistente, el viento constante, el corazón en la boca, el fin del mundo...,todas estas visiones, dudas y sentimientos excitan terriblemente a los participantes.

Aunque todo el mundo ha oído hablar de las orgías en la isla de Mouro, la mayoría cree que son una leyenda, si bien desearían que existiesen de verdad y sobre todo, desearían participar en ellas. Este tipos de pensamientos asaltan a veces en pleno paseo dominical por el Sardinero y en esos casos es necesario tener una conversación al lado y zambullirte en ella con ojos cerrados y sin respirar. Sólo unos pocos, los pocos que en ellas han participado, saben que es cierto. Las alumnas de las Esclavas lo saben, las chicas del club Tenis lo saben, algunas veinteañeras de Valdenoja, también.

A ellas las elige una profesora de historia antigua obsesionada con Tiberio que recorre bares, iglesias y, algunas mañanas de días laborables, los bancos de Piquío donde se juntan alumnas de pellas para fumar cigarros después de comerse un bocadillo de tortilla de patatas comprado en la cafetería del instituto; a ellos les recluta un empleado gay de Caja Cantabria en la cancha de fútbol del Barrio Pesquero, rodeada de coches, y al fondo se ven algunos barcos y la nueva lonja decorada con figuras esponjosas de pescadores fornidos, y al empleado gay de Caja Cantabria le gusta imaginarse que es Caravaggio en el puerto de Nápoles buscando a muchachos de piel blanca y rizo negros. Como es un hombre de orden elige siempre, con un gesto de horror, a jóvenes tatuados. A veces también vienen, no se sabe muy bien ni cómo ni por qué, invitados de otras ciudades: viajantes de paso, ponentes de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y ancianos campesinos pasiegos que pagan hasta 50 mil euros al contado por una noche, pero que luego, asustados por las olas y los gritos de las chicas del club Tenis, prefieren quedarse mirando en una esquina, asombrados, deseando que todo termine.

Todo fue bien hasta que un padre sorprendió a su hija por culpa de una conversación telefónica. Él, que había sido farero en la isla de Mouro,reconoció al instante,aunque con interferencias, mientras hablaba con su hija, el ruido de una ola golpeando la isla de Mouro. ¿Qué es eso, hija? Nada, nada, papá. Y siempre que su hija decía nada, nada papá, mentía. Apesadumbrado, entendió de golpe que la leyenda de las orgías en la isla de Mouro que él había escuchado ya en su adolescencia, era cierta. Pensó en llamar a la policía. Pero hizo algo peor: escribió una pulcra nota a la sección de cartas al director del Diario Montañés.

A la semana siguiente, la Isla de Mouro fue derribada con un carguero lleno de explosivos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Palabras como albaricoques maduros

Donde el autor lee que ha muerto el poeta y traductor Mario Merlino, a quien no conocía hasta hoy, y queda tan deslumbrado por las cosas que escribía que copia y pega en el blog un puñado de de palabras suyas

Me gustan las palabras. Me gusta bajar por la mañana a comprarlas y elegirlas, una a una, como si fueran albaricoques maduros.

Nunca se sabe qué palabras van a necesitarse a lo largo del día. Nunca se sabe cuáles sacar de casa en la mochila, o llevar en la maleta, de viaje. Cuántos adjetivos "blanco, oloroso, fértil", cuántos verbos y cómo conjugarlos: te quiero, conduzco, abriendo, he estado, supuse... Cuántos artículos indefinidos. Cuántas preposiciones. Me gustan las palabras. Me gusta atesorarlas, pero también dejarlas escapar, a veces, como si no fueran mías. Neblina pesa tan poco, es tan inerte, que basta con mover los labios para que la mínima racha de viento se la lleve.

Hay decenas de miles de palabras. O más. Palabras construidas en chapa, esqueje; o con madera, tacón; palabras recortadas en papel cebolla, sílfide o liminar; y palabras bastas como una tela vieja: lomera, bayeta, batanar… Dice John Berger, el escritor, que hay palabras que hay que masticar, como si tuvieran nervios: duplicar, irreversible. Palabras que se te hacen una bola, como el filete de un mal comedor: sacramento, pigmentación, geoestratégico... Y hay otras que se te deshacen en la boca, como los versos de un poeta romántico: titilar, libélula...

A mí me ha gustado siempre ulular. Y no me gusta, nada o casi nada, abencerraje. Me gusta merengue, y detesto canaleta. Me gusta decir bucle, y odio decir tajada.

Mi amigo Luis Mateo Díez, con quien me encontraba alguna mañana, alto y delgado, transversal como un quijote, en el bar La Escalinata, en la Plaza Mayor de Madrid, me contó que a él la palabra que menos le gusta es escrófula. Nunca he sabido exactamente lo que significa pero es una palabra horrible. Escrófula. Las palabras de los médicos siempre suenan fatal, a diagnóstico terminal, a desahucio: mesenterio, linfático, tumefacto...

Sin embargo son bonitas las de los oculistas: iris, pupila, miope. Otra palabra que no me gusta nada es espetar. Suena a mecanismo explosivo: espetó. A granada de mano: coges la palabra, la sujetas con fuerza en la mano, quitas el pasador con los dientes, la arrojas lo más lejos posible, te proteges y esperas. Uno, dos, tres, cuatro...

No se ha oído porque la he tirado lejos. Pero desengáñate: ha espetado.



Fragmento extraído del libro 'No hay adverbio que te venga bien' (Eclipsados)

martes, 1 de septiembre de 2009

La bahía tardará 15.000 años en vaciarse, y eso si no llueve

Donde el autor... su abuelo le contaba de pequeño que unos camiones estaban vaciando la bahía para llevársela a Madrid y el autor hacía como que no se creía la historia, pero siempre que pasaba por Puerto Chico echaba una mirada al mar, por si acaso.

Nunca pensé que toda el agua de la bahía pudiera caber en una docena de camiones cisterna de leche Pascual. En verdad fueron once, porque uno de ellos se precipitó por el Puerto del Escudo cuando conducía hacia Madrid durante uno de sus viajes de descarga. Era un método lento, pero muy sencillo y exquisitamente gradual, de tal manera que todo el mundo pudiera asimilar a pequeños sorbos el cambio tan radical que iba a experimentar la ciudad.

Así se desactivó cualquier conato de subversión, porque pasados varios meses durante los cuales el nivel del mar apenas había descendido el equivalente a una uña de pie, todo el mundo se olvidó de la bahía, incluso las cartas al director del Diario Montañés que, después una dura campaña otoñal, volvieron a versar sobre el color de las estatuas, la calidad de los fuegos artificiales y la necesidad de arreglar el trazado decimonónico de los céntricos jardines.

En vez de criticar, la gente prefirió especular sobre el futuro de la bahía vacía. ¿Qué hacer? ¿Un parque, un complejo de museos, una pista de atletismo, el nuevo estadio del Racing, un Gugenheim que eclipsara al de Bilbao? Dejarlo vacío sería lo más sensato y también lo más evocador, sugirió un visionario subinspector de hacienda, imaginaros las vistas de un inmenso valle lleno de esqueletos de barcos pesqueros, veleros, 49ers, pedreñeras, motoras, remolcadores, hasta donde alcanza la mirada. Y al notar que la gente del bar le escuchaba, que incluso la chica de la esquina dejaba la página del periódico en suspensión, el subinspector prosiguió desvelando el futuro: quienes infrinjan la ley serán ahogados en el acuario del museo oceanográfico. Hay que sacralizar este espacio, convertirlo en una visión fantasma. Los turistas vendrán atraídos por el vacío, el morbo y el miedo. Y se harán la pregunta inevitable ¿te imaginas la bahía llena de agua? Y se la imaginarían, y esta imagen les estremecerá.

Al cabo de unos años la gente se cansó incluso de imaginarse cómo sería el futuro. Los camiones cisterna de Pascual, detenidos en el muelle, formaban ya parte del paisaje de la bahía, como las estatuas de los Rakeros, la grúa de Piedra y Peña Cabarga (o lo que quedaba de ella) a lo lejos. El nivel del agua descendía a ritmo geológico y las lluvias deshacían constantemente el trabajo realizado. Finalmente un ingeniero demostró con una sencilla formula matemática la imposibilidad de vaciar la bahía con la única ayuda de 11 camiones cisterna. La bahía tardará 15.000 años en vaciarse, y eso si no llueve, tituló, demoledor, el Diario Montañés al día siguiente. El director del proyecto dimitió, el plan se suspendió por falta de fondos, los camiones regresaron a Madrid y el subinspector de hacienda perdió la vista.

Ahora los paseantes se asoman a la bahía, en donde flotan barcos pesqueros, veleros, 49ers, motoras, remolcadores y pedreñeras hasta donde alcanza la vista y se hacen la pregunta inevitable: ¿te la imaginas vacía? Y se la imaginan. Y esa visión les estremece.

p.d: no tengo ninguna foto de la bahía vacía. ¿Alguién me presta un dibujo?

domingo, 30 de agosto de 2009

Esbozo de la puerta del sol



Donde el autor pasea por Madrid

Un lisiado, sin piernas ni brazos, agita con la boca una cazuela con calderilla y yo me fijo en las piernas de una chica altísima de pantalones cortísimos que saca dinero en una cajero próximo, y unos pasos más adelante llego por fin a la nueva estación de la puerta del sol, una especia de ballena de cristal con una cola por donde entra gente.

La Puerta del Sol es una de las plazas más feas de Madrid y una de las más visitadas por los turistas. Pertenece a la saga de malentendidos turísticos, como Alexanderplatz, Plaza de Catalunya o Reforma. En Sol la gente es más fea, los bares más hostiles, los souvenirs más étnicos, y los mendigos están más lisiados y los turistas parecen más frágiles y obscenos que los que caminan por el Paseo del Prado.

Lleva millones de años en obra y siempre hay un camión de la cruz roja para donar sangre. Siempre que estoy triste voy a donar sangre y nunca me dejan porque siempre he estado en algún país que aparece en la lista roja de la cruz roja. Aun así, me regalan un coca cola. Hay un oso y un madroño donde los chicos de provincias quedamos por primera vez con nuestros primeros amigos hechos en Madrid, también ellos de provincias. Hay una pastelería de dos pisos, La Mallorquina, que siempre está llena y que rezuma cierta estética madrileña típica de local rancio, pero entrañable, en donde la modernidad no entrará jamás, así pasen mil años, y está bien que así sea.

De Sol sale, rumbo a Ópera, la calle Arenal, completamente peatonalizada. De Arenal dicen las chicas de Chamberí que es tan provinciana que parece el centro de Santander un domingo por la tarde.

Pero no todo está perdido: a la puerta del Sol le salva el nombre y el Tio Pepe, el sol de Andalucía embotellado que, cuando recibe la suave luz atardecer, se convierte en un icono arquitectónico de asombrosa perfección.

Post data: estrenamos foro de viajes. Pinchen aquí, malditos.

martes, 25 de agosto de 2009

Casa del abuelo

Donde el autor regresa
a un lugar
a donde hacía mucho tiempo,
exactamente 13 años,
que no volvía.


Regresé a la casa del Puerto de Sagunto 13 años después y la casa seguía oliendo igual, es decir a papilla de merienda y a tour de Francia. Solo faltaba la cortinilla de fideos amarillos de la terraza.

Por la noche, antes de acostarse, mi primo me enseñó el libro que está leyendo. A veces por la noche pienso en el origen del universo y me da mal rollo, me explica. A mi también, le consuelo. Espero que encuentre respuestas en ese tomo, aunque hay cosas que no caben en un libro.

Esa noche mi primo cree ver un fantasma junto al armario. Podría ser. Yo también ví un fantasma hace muchos años, pero fue de día, en una montaña, y pude escapar sin problemas porque yo iba en bici y cuesta abajo.

jueves, 20 de agosto de 2009

Cerrado (temporalmente) por escritura

Donde el autor, después de cientoypico entradas escritas en el blog, se echa un rato a descansar y a darle vueltas a una serie de ideas. Es posible que en las próximas semanas (ojalá sean meses) el autor reduzca notablemente la frecuencia de las actualizaciones. Aunque parezca que no, la enzyklopedien lleva tiempo y el autor quiere dedicar gran parte de este tiempo a que algunas de las ideas que se le ocurren cuando por ejemplo se tumba a mirar árboles llegue a puerto. Y no digo a buen puerto. Con llegar y no naufragar en el camino, basta.

lunes, 3 de agosto de 2009

Oda a la bahía de Santander


Ancianas en abrigo de visón patrullando el Paseo de Pereda
(pronúnciese paseopereda, todo junto),
helados de regma con bolas muy grandes,
cuando seas mayor tomarás jaspeado de moca o jaspeado escocés,
mientras tanto fresa y chocolate,

en monerrys los helados son más suaves,
tienen menos grasa
y son más pequeños
,
no esa vulgaridad inconmensurable de regma
que exige lametazos precisos
y urgentes
que conviertan la bola amorfa
en círculo perfecto

aquí está la sede mundial de banco de Santander
(pronúnciese bancosantander),
y a todo el mundo le hace mucha ilusión que la sede siga estando aquí
y no en Madrid
o en Shanghai
o peor aún, en Bilbao
(nos robaron el Gugenheim, los vascos, en principio se iba a construir al otro lado de la bahía)

debajo del arco de la sede mundial del Banco Santander
Eta,
celosa,
quiso aparcar una furgoneta llena de dinamita, y en verano hay helicópeteros patrullando los cielos y la gente se pregunta cómo es posible que desde tan arriba y tan rápido se puedan divisar terroristas tan lejos, y a continuación se enumeran todas las bombas de Eta en Santander
en La albericia
donde jugaba El Teka
en el aeropuerto
en los párkins subterráneos
en más sitios

por lo demás es fácil distinguir la surada del nordeste
hay más cosas que yo distingo
a bote pronto:
chocolate con churros
ballenas varadas
paraguas
katiuskas
rabas
pedreñera
godofredo
regma
los camposdesport del Sardinero

me gusta hablar del tiempo:
de los sesentadiasseguidossinparardellover
decirle a alguien de fuera hastaquetuvinistehacíauntiempoestupendo
mirar hacia arriba y miraquecielotanazulniunasolanube
echar la culpa al hombre del tiempo que pone nubes y rayos y truenos en el mapa de la tele
Me hace sentir más sabio

y no todo es perfecto: la gente también se suicida, pero no se tiran a la carretera,

sino desde lo alto del Faro (como el padre de un compañero de clase que no hablaba literalmente nada, pero que nos acompañaba a la playa y jugaba con nosotros a la cartas, a todo respondía con una sonrisa y no aportaba nada, pero tampoco molestaba)

o a la bahía después de una noche de marcha (como el amigo de un amigo; encontraron su cuerpo los jueces de mar mientras balizaban el campo de ragatas donde se iba a celebrar el campeonato regional de traineras, que ganó Pedreña)

y además a veces hay amigos que contraen enfermedades de nombres terribles como esquizofrenia, de la que me daba miedo todo, hasta pronunciarla en voz alta.

pero la bahía cada día me parece más bonita, y lo digo en voz alta a quien pasea a mi lado,
al fin y al cabo ¿a quién no le gusta meter mano a una chica junto a la bahía, a quien no le gusta cruzar en barco la bahía, sentarse en un banco de madera mirando la bahía?. Y a veces me envalentono y me prometo, de mayor, una casa en el paseopereda con vistas a la bahía, una casa con mansardas y galerías de madera blanca.

una profesora de piano,

escuchar una casette de Pedro y el lobo,

un colegio privado vagamente liberal en una capital de provincia vagamente británica,
luego un colegio público con bajadas de pantalones y profesoras redondas de faldas largas y relojes muy apretados que nos obligaba a cantar villancicos en inglés
pero no el de jingle bells
sino uno muy turbio sobre pecados y redenciones
También nos decía que era muy peligroso realizar espiritismo, un juego del que me daba miedo todo, hasta pronunciarlo en voz alta.
Le gustaba Jesús Hermida y Margaret Tatcher.

Si salías a la pizarra a recitar de memoria la biografía de un escritor la profesora de literatura te ponía un positivo,
si en clase de ética decías (después de haber levantado el dedo) que era de mala educación quitarte los mocos en público, también;
si eras del Barça, el profesor de historia y geografía te dejaba acercarte al encerado a mirar el mapamundi de cerca durante los exámenes de geografía. Luego también nos dejaba a los del Madrid, pero siempre más tarde y a mi me daba rabia, porque me había aprendido todas las capitales de memoria
(pero ¿a quien no le gusta aprenderse las capitales de memoria?:
Siriadamasco,
Libanobeirut,

la de matemáticas parecía un abogada laboralista con cáncer
era esforzada y se remangaba para despejar las equis de las ecuaciones
pero era inútil
con las matemáticas siempre es inútil
nos hacía leer las lecciones de matemáticas en voz alta,
así como la de literatura
nos hacía memorizar cifras.


pero también muchas cosas buenas

tuve una novia bailarina que besaba muy bien
la recogía en la escuela de danza y nos sentábamos con las piernas entrelazadas en el muelle junto a la bahía
un día me paró en el pasillo
durante el recreo
y me dijo que teníamos que hablar
y mi compañero de pupitre, que confundía la venus de milo con el torso de un hoplita griego
pero ¿quién no ha confundido nunca a la venus de milo con el torso de un hoplita griego a las 8:30 de la mañana un lunes?
me miró con compasión

y una chica con un novio muy mazado, que tenía un gimnasio,
y que, imaginaba yo,
podría partirme la cara en cualquier momento.
Era verano y la idea me gustaba
El único problema
es que no podía pasearla por la bahía

Luego me fui de Santander

jueves, 30 de julio de 2009

Rakeros revisited

Donde el autor ofrece una versión actualizada de mitología portuaria



Vi a adolescentes tirarse de cabeza a la bahía, como si fueran las estatuas de los rakeros, y pensé que Santander empieza a imitarse a sí misma tal y como debió de ser hace cientocincuentaños o tal y como se la imaginó el escritor costumbrista José María Pereda hace cientocincuentaños, cuando escribía estampas elegiacas sobre pescadores que huían de galernas a bordo de una trainera


(A Pereda, que probablemente jamás se subió en una trainera, le asesoraba en temas marinos su amigo Fernando Pérez de Camino, un médico rico, y por lo tanto ocioso, que pintó el cuadro de arriba. La isla que se distingue al fondo es la isla de Mouro)

Y el día en el que se celebraba el campeonato regional de traineras vi en el paseo marítimo a seis barcos pesqueros descargando cestos amarillos llenos de pescado fresco. Los pescadores (del barrio pesquero y del mismísimo Africa, los primeros tatuados y los segundos con enormes katiuskas amarillas) procedieron a regalar su captura, a gritos y como protesta contra un puente, entre el asombro de algunos paseantes que corrieron a buscar bolsas y ponerse a la cola, y el bochorno de otras damas más finas que, al ver a sus madres acercarse al corrillo de escamas y plástico, gritaban cosas como: pero mamá, ¿qué haces?,
que es una frase que denota a la vez
reproche
y vergüenza

reproche por cómo se te ocurre caer tan bajo

y vergüenza de qué pasaría si alguien nos viera o peor aún si nuestra foto saliera en El Diario Montañés

Yo conseguí tres bolsas llenas de caballas y chicharros. Esa misma noche mi madre sacó las tripas a los pescados (y yo los iba colocando, a continuación, debajo del grifo) y mientras tanto me hablaba de algunos emigrantes castellanos de su pueblo que fueron a trabajar al País Vasco y que tuvieron hijos que luego fueron terroristas. Uno de ellos se mató hace muchos años poniendo una bomba. La otra, una chica, fue detenida hace un mes. Luego yo le pregunté si ella, de pequeña, en los 50, comía pescado en su pueblo de Castilla.

Y me dijo que sí.


miércoles, 29 de julio de 2009

La bien querida

Donde al autor baja a Extremadura para escuchar una copla y termina en Portugal viendo el tour de Francia



Fui a Extremadura a escuchar una canción, pero llegamos tarde, pero no importó porque atardecía y a lo lejos se veía el castillo de Alburquerque y le pregunté al piloto cómo se llamaban aquellos árboles, sé poco de flora, se poco de fauna, no se describir paisajes, pero aquel paisaje al atardecer (diría sin pudor que bañado por luz de melocotón, pero qué cursi) exigía memorizar una descripción y para eso necesitaba palabras que desconozco.

Al día siguiente crucé a Portugal por un tronco sobre un río. Y esto es Portugal, dijo mi anfritrión. A los 10 segundos volvimos a España y yo tenía miedo de caerme al riachuelo por culpa de mis chanclas frágiles y deslizantes sobre el rugoso tronco. Me hablaron de contrabandistas, que aquí llaman mochileros, que llevaban café hacia España y tocino hacia Portugal y que han desaparecido, los contrabandistas, que aquí llaman mochileros, por culpa del mercado único de la Unión Europea.

Volvimos a cruzar a Portugal, esta vez en coche, para comer en el restaurante de Joao Grosso en un pueblo llamadao Alegrete. El entrecote no era entrocot, sino costillas de color apagado, los langostinos estaban tan fritos que era imposible arrancarles la piel y el bacalao más salado de lo deseado. El postre era azúcar de color chocolate,pero la bica era contundente y en ese momento, en la televisión portuguesa que nadie veía, Contador le sacaba más de un minuto a Armstrong y Joao en persona nos despidió uno a uno con una solemne sacudida de mano justo antes de traspasar la puerta hacia la calle donde a esas horas solo había cuatro viejos, y aun ellos a la sombra, y quietecitos no fueran a morirse




Obviamente volvimos a España cantando coplas

miércoles, 22 de julio de 2009

Playstation

Donde el autor empieza a leer `Playsation´ de Crisitina Pieri Rossi caminando por la calle, bajo el sol de Madrid a mediodía, y lo termina en el sofá de casa después de un plato de tomates con anchoas, Tour y siesta (por este orden) y corre al ordenador para recomendar su lectura a sus hipotéticos lectores.

Cristina Pieri Rossi juega a la play station en navidades escuchando música clásica y cuando sale en televisión ganando un premio las mujeres marxistas de su barrio le retiran la palabra en el mercado.

Cristina Pieri Rossi ha tenido muchas amantes entre sus traductoras, aunque ellas no siempre supieron encontrar la palabra exacta. En una ocasión escribieron outsider por advenedizo
Palabra que, es preciso aclarar, procede de advenimiento
Y a Cristina no le gustó.

También hubo una traductora berlinesa que le preguntó a Cristina Pieri Rossi a qué se refería exactamente con eso de flotar, porque en alemán no es lo mismo
flotar en el aire
que flotar en el mar.
No es lo mismo.

A Crisitina Pieri Rossi a veces le atropella un coche y tumbada en la cama del hospital reflexiona sobre la utilidad de la literatura y recuerda a universitarias de Illinois que le preguntaban cosas como
¿Por qué escribes?
¿para quien escribes?

Cristina Pieri Rossi recomienda menopausias a las buscadoras de experiencias espirituales y a peticion de un editor escribe epitafios como este:
Si no pedí que me trajeran
¿Por qué me echan?

Cristina Pieri Rossi sueña que se acuesta con su madre. Sus amigos y sus amigas no, lo cual no es tan raro, teniendo en cuenta que las madres de sus amigos y de sus amigas no son guapas.

A Cristina Pieri Rossi los quiosqueros le piden que escriba su biografía en 300 páginas.
Y ella rechaza.
Mejor escribir su propia autobiografía y vendérsela a su editora.

Cristina Pieri Rossi lo único que le pide a los premios literarios es dinero y a los congresos de escritores, un hotel con vistas al mar. Y lo que más le gusta es escuchar, acompañada de su amante, a Mina cantando Margherita de Cocciante
en blanco y negro en la Rai
en casette
O en Youtube.

martes, 21 de julio de 2009

Nunca subas a una guiri a hombros

Donde el autor, enfrentado de nuevo a la rutina de trabajo, recuerda, lleno de pulseras, las últimas horas del FIB



Mis vecinos irlandeses del FIB, discretos y educados, se despertaron en el suelo a eso de las 10 de la mañana (hora límite de supervivencia en sueño bajo el sol), abrieron sus mochilas, guardaron en ellas los restos de su vestuario desparramado alrededor de una botella de vodka vacía, se despidieron de nosotros con un gesto de cabeza y un susurro, y marcharon por el camino pedregoso, a esas horas ya demasiado soleado, rumbo, imagino, a algún avión de RyanAir. Atrás dejaron su tienda de campaña abandonada, al igual que la gran mayoría de fibers extranjeros. El Benicàssim finisecular es como un supermercado gratis. Los españoles, si tienen tiempo, ganas y coche, eligen el modelo y el color de tienda de campaña que más les gusta y renuevan, en una mañana, toda su equipación deportiva.

La inglesa que a las 7 de la mañana se introdujo en la tienda de un vecino inglés de pelo blanco se despierta a ratos debajo de su sombrilla, estira el brazo y toca el césped con gesto evocador de anuncio de compresas. Su compañero de noche se tumba junto a ella y se dedican las últimas carantoñas antes de marcharse, cada uno por su lado, por el camino pedregoso y a esas horas demasiado soleado, rumbo, imagino, a algún avión de Ryan Air. Por el camino es posible que se detengan en el puesto de frutas a tomarse un zumo recién exprimido o una rodaja de sandía muy roja, que además de refrescante combina muy bien con la blancura de la piel extranjera; a veces roza el icono pop si la comedora de sandías porta, pongamos por ejemplo, una gafas de sol amarillas en forma de corazón.

La visión de la zona de acampada abandonada estremece y uno se pregunta cómo es posible que en ese pedregal lleno de basura haya sido posible la vida en la tierra. Los limpiadores de peto amarillo se dirigen en dirección contraria a los fibers que abandonan la luna y registran con precisión de zapadores anti minas los bordes del camino en busca de posibles tesoros. A veces se encuentran con un billete de Renfe y miran detenidamente el contenido, por si pudiera servirles la ida o la vuelta. No tienen prisa, saben que arriba les espera un baúl suculento.

Mi coche de regreso tenía anunciada la salida entre las 9 y las 11 de la mañana, más cerca de la 9 que de las 11, me informaron en mitad del concierto de Rinocerose. Partimos a las 8 de la tarde, después de comernos una paella en un apartamento de Oropesa, con vistas a Marina d`or, propiedad de una prima amiga de un amigo de un amigo del copiloto del coche en el que viajábamos.


Atravesando La Mancha, entre Toros en el horizonte y ampollas en mis pies, pienso en esa franja del FIB que hay entre el escenario verde y el Vodafone, en donde todas las músicas del recinto se acoplan en una sola melodía incomprensible y polifónica que, ahora comprendo, es la banda sonora más apropiada para ese paisaje de vasos de plástico que decora el suelo como una explosión de cómic.




Durante el aburrido concierto de The Killers, una guiri menuda solicita subirse a mis hombros españoles. Acepto y, de entrada, caigo de rodillas al suelo como un costalero sevillano. Igual que en alguna ocasión salvé las cervezas, salvo ahora la integridad de la guiri. En ambos casos a costa de mis rodillas. En enfermería limpian mi hilillo de sangre en las piernas y me hacen rellenar el parte de bajas, nombre, edad, origen. Soy la única víctima cántabra de la noche.Cuando les explico mi historia, todos me preguntan por el estado de la guiri. A ella no le pasó nada, les explico orgulloso.

Suena el Danubio Azul de Strauss y los fibers vuelan y una adolescente llora desconsolada en el suelo porque, como explica en declaraciones en exclusiva para Soitu, es el último día del FIB. Mucha gente se para a su lado a interesarse por su salud, pero ella se decanta por el numerito de niñata inconsolable. Mi interlocutor interrumpe la conversación con una ráfaga de vómitos en el contenedor de basura. Sabía que esto me iba a ocurrir, dice con el aplomo de la profecía autocumplida y da otro trago a su copa de 7,50 pagado en tres papeles rosas de monopoli festivalero. Yo prefiero pasarme por la barra libre de Heineken a la que me da acceso una elegante pulsera negra, pero pronto mis amigos me abruman con peticiones. Con 5 cervezas en la mano es imposible mantener el equilibrio en el último escalón de la barra Heineken y caigo al suelo justo a los pies del segurata. Nace así el principio de una insobornable enemistad. A partir de entonces me vigilará de cerca y me obliga a tomarme las cervezas dentro del recinto. Ante esta adversidad, bebo solo mientras miro a una camarera pelirroja que se peina el pelo en la barra, con dos dedos de espuma. Que se jodan mis amigos.

Esta mañana mi novia también me ha preguntado por la historia de la guiri. Dice que mi explicación le recuerda a la lesión de Cañizares cuando, en plena convocatoria mundialista se lesionó con un frasco de colonia, o a George Bush cuando se cayó al suelo por atragantarse con una galleta. Si te has inventado algo tan absurdo, cómo será la verdad..., sentencia.

Lo cierto es que la guiri apretaba mucho y hoy apenas puedo mover el cuello.




Publicado en soitu

Estamos trabajando para acabar con el viento

Donde el autor cuenta lo que le ocurrió el primer día de su primer festival de Benicàssim y lo compara, de pasada, con las galernas del Cantábrico de su niñez que forjaron en él, como diría Gil de Biedma, una incorregible tendencia al mito

En el norte cuando sopla el viento o se ven nubarrones encima de la playa, los lugareños miran al cielo y sentencian optimistas con fingidas caras de lobos de mar: levantará, que significa nube pasajera, no te preocupes, volverá a lucir el sol, es mentira que siempre llueva, la culpa es del hombre del tiempo.

Ayer, en Benicàssim apareció el viento ("como un tornado, mamá", explicaba una adolescente esta mañana) y se apagó la función. Los voluntarios, los camareros y los miembros de seguridad del FIB no sólo no creían que el vendaval fuera pasajero, sino que anunciaban, con un deje de orgullo profesional, la posibilidad (o más bien la certeza) de que habría muertos: "Yo de vosotros me iría, yo de vosotros tendría cuidado, si se vuela una carpa o se suelta un tornillo podría haber muertos".

El viento soplaba cada vez más fuerte y el grupo de chicas que prometía a gritos meterse cuatro millones de rayas chocó con un escenario acordonado donde debían haber tocado (y no tocaron, tal vez hoy, se rumorea) Los Planetas. Horas antes, el líder del grupo granadino, J, se había paseado por ese mismo escenario mientras sonaba, de fondo, un Nacho Vegas en plenas facultades. Luego llegó el turno de Paul Weller y el campo detrás de la tribuna de prensa ardió. Un cigarrillo mal apagado, dicen hoy los periódicos. Un guiri quemado, sostiene Álvaro.

"¿Es normal esto en España?", preguntaba una inglesa a la una de la madrugada mientras volaban a su espalda algunas tiendas de campaña, se desgarraban toldos y grupos de guiris corrían tras sus sombreros voladores como en un canódromo. "In the north yes. Here no", contestó un español vestido con un traje de baño de cuerpo entero de comienzos del siglo XX, culito respingón muy celebrado por guiris rosadas, tostadas, con pecas, rubias, pelirrojas. En ese momento Ambrosius y Álvaro se cruzan otro mensaje: el primero pregunta al segundo qué se sabe. El segundo contesta al primero: "the answer my friend, is blowing in the wind".

Como en los huracanes del Caribe o las nevadas de la Nacional 1 a su paso por Burgos, se habilitó el polideportivo de Benicàssim para los fibers que salieron huyendo del camping centrifugado. En este mismo escenario debería haberse jugado, esta mañana, el clásico partido benéfico entre artistas y periodistas. Suspendido, informa una policía local que acaba de pedirle a una amiga por teléfono que mire en el periódico Las Provincias, a ver si ha salido su foto. "Tampoco hay paella", se lamenta. El campo de fútbol ha sido invadido por ingleses que improvisan un partido de "camisados" contra descamisados y los primeros vencen a los segundos por un tanteo aproximado de 30-1. Hay un dandy, con sombrero rosa en la mano izquierda, que se mueve en el medio campo con la lánguida elegancia de Guti. Yerra un gol a puerta vacía y la grada se lo reprocha. A la segunda no perdona.

En las gradas, una pareja londinense relata su tragedia: el año pasado compraron unas entradas para ver Kings of Leon y las entradas eran falsas. Probaron suerte en el concierto de Madrid en Marzo. Lo suspendieron. Repitieron ayer en el FIB. Sopló el viento. Al menos, el hombre que anoche les anunció la mala nueva dejó para la posteridad una de esas frases mágicas, que darían para otro artículo entero: "Estamos trabajando para solucionar el problema del viento".

Disculpen las molestias.


Publicado en Soitu

miércoles, 15 de julio de 2009

Las correcciones de Lola

Donde el autor prosigue con sus clases prácticas de periodismo.

Aquel verano trabajé rodeado de mujeres, entre ellas una jefa de ojos azules, que se llamaba Ana, y que olía a crema de playa y a tabaco negro. Recuerdo con devoción las correcciones de Lola, sus grandes y puntiagudos pechos, su cara de niña envejecida. “Crece la necesidad y posibilidad de tormentas”, tituló hace años, mucho antes de que yo llegara, el parte meteorológico del mediodía. El amarillento teletipo (pronúnciese despacho) colgaba todavía en el corcho de la redacción, junto a las fotos de los consejeros regionales del último gobierno (que convenía aprenderse de memoria, como la tabla de los elementos y que luego he olvidado, como las valencias de la tabla de los elementos).

Lola se sentaba a mi lado y tecleaba mi ordenador, subía y bajaba por mis frases y mis párrafos en busca de errores gramaticales y de forma (el espacio después de la coma, la mayúscula, qué decir de las comas) y añadía muletillas como “informó hoy” para rematar siempre la última línea del primer párrafo de todos los comunicados del Gobierno. A Lola podía hacerle cosquillas mientras me borraba palabras y Ana, desde lejos, nos dejaba hacer. Todos fumaban. Algunos sabían teclear utilizando los 10 dedos, como C. (que lo sabía todo, trabajaba mucho y bien, me hablaba de traineras y no era feliz), y otros, como yo, pisábamos las letras a cuatros dedos, dos por mano, con lentitud de aguja de gramófono.

R, que escribía a dos dedos, uno por mano, fingía las correcciones con un dedo en los labios, como si mandara callar a la pantalla y finalmente enviaba mis noticias intactas. Compraba mi silencio con cigarros que caían del techo. Yo interpretaba su pereza como confianza en mi prosa y fumaba tranquilo. “Trabajando por dinero”, solía contestarme. Él me enseñó la felicidad de la prostitución profesional, la saludable costumbre de no tomarse el trabajo demasiado en serio. M. era intransigente y cariñosa (o tal vez yo demasiado pusilánime), especialmente dura en las correcciones del mediodía y más laxa a medida que pasaban las horas y crecían los comunicados. En cualquier caso, siempre eran notas aburridas, mecánicas. Te consolabas con ese latiguillo de la profesión de que el periodismo se aprende en las agencias. Y en sucesos. Y sin latín es imposible aprender a hablar y pensar correctamente, que decían mis profesores en el instituto, en el fondo, sin mucha convicción.

No fue un verano especialmente lluvioso, pero comencé a escribir un libro que titulé "La inutilidad de los paraguas". Es importante acumular títulos, aunque luego no escribas los libros.

Al año siguiente marché a Canarias. La redacción de Tenerife estaba situada en un viejo edificio de oficinas sin aire acondicionado junto al puerto, en una estrecha calle peatonal con vistas al mar. La oficina de enfrente pertenecía a la consignataría de buques Southern Agencies, en donde trabajaban dos o tres personas, creo recordar, una secretaria siempre de espaldas y un anciano trajeado, aunque puede que mienta. En mañanas de muy poco trabajo nos reuníamos en torno a una mesa redonda situada junto a la ventana. Pasábamos (decir leer sería excesivo) las hojas de los periódicos locales en busca de noticias de Efe, y a veces asomaba la cabeza en la redacción algún oficinista de otra planta para preguntarnos, a modo de saludo, por las últimas noticias del mundo y de la isla, como si el redactor asomado a la ventana y los dos becarios acariciando periódicos perteneciesen al eléctrico y vertiginoso mundo del periodismo, como si aquel pacífico pelotón tuviera, a mediados de agosto y con vistas al mar, alguna información relevante sobre los secretos movimientos del mundo.


p.d: "no confundir coletas con escotes", oigo a mis espaldas.