miércoles, 14 de octubre de 2009

Those fancy names



Donde el autor regresa de un viaje a Inglaterra y Escocia y descubre lo que siempre sospechó, que los habitantes de esas tierras hablan igual que en los listenings del colegio y los capítulos de Follow Me

Un librero galés charla con un joven irlandés en la librería South Side Books de Edimburgo. No es la librería más pintoresca de la ciudad, pero es la primera que encuentro la única tarde en la que puedo escaparme de mi rutina de trabajo. Ojeo algunos volúmenes de grandes clásicos de la literatura en inglés, títulos que podría fácilmente conseguir en librerías de Madrid. No, no son esos libros de lectura obligatoria de instituto y tapas plastificadas los que me detienen. Tampoco el cansancio, es ese caso mejor un pub, cualquier pub y una pinta de Bitter & Twisted. Tampoco la chica polaca con botas que curiosea en una esquina y que interrumpe la conversación preguntando por unos libros de estadística. La chica polaca con botas estudia económicas y es rubia con el pelo corto, y habla con ese exquisito acento con el que algunos superdotados hablan idiomas ajenos, y de repente se forma una tertulia a tres bandas sobre la imposibilidad (o mejor dicho la falacia) de la ciencia económica como Ciencia, mientras yo sigo sacando libros al azar, Stevenson, De Quincey, Graham Greene, y apunto en mi cuaderno marrón con pilot rojo y caligrafía de terremoto frases que voy oyendo, frases como economics is a degree of gambling dressed up with those fancy names

y fancy queda un rato flotando en el aire
un fancy con acento galés que suena a hipérbole caramelizada, a corte de mangas, al último rastro de yema de huevo apurado con el dedo antes de que el camarero se lleve el plato, a anciano travesti, a leche condensada.

queda flotando el aire hasta que suena, referido a un jugador de rugby, un lapidario he was a completely coward y pruebo a imaginarme a mí mismo explicándole a mi librero (aunque yo no tengo librero) que "la actitud de Pepe fue ciertamente censurable", y no me veo.

La chica polaca con botas se va con la promesa de recibir pronto esos extraños libros de estadística. El chico irlandés se va porque ya se va haciendo tarde y quién sabe cuánto tiempo lleva ahí metido, con el abrigo puesto y la bufanda al cuello, sin terminar nunca de irse, reflexionando sobre el achique de espacios en la defensa de rugby. Y sólo me quedo yo, que finalmente compro un libro y terminó hablando con el librero galés con ese terrible acento con el que sólo los españoles somos capaces de hablar un idioma ajeno.

y mis palabras se quedan un rato flotando en el aire,
unas palabras que suenan como a lavadora, a camión de basura, a telegrama tallado en piedra, a gramófono que suena en la habitación de al lado, la habitación de las goteras.

2 comentarios:

Rafa Pérez dijo...

Para Graham Greene la palabra fancy sonaba a cubitos de hielo en un vaso de güisqui, a hostia consagrada, al tambor vacío de una pistola y a la gota de sudor que recorría su frente.
Otros seguimos esperando a que la palabra fancy nos suene a algo.

Ambrosius de Königsberg dijo...

Yo por el amigo Graham estoy dispuesto a hacer cualquier cosa, incluso a leerlo en versión original o a beber güisqui. Cuando en mis viajes me veo intoxicado por enfermedades inverosímiles y me quedo cojo por un atracón de ostras sudafricanas o me despierto vomitando abrazado al water de un avión en Antananarivo intento consolarme imaginando que soy un agente secreto, un atormentado funcionario británico, o un reportero adicto a los opiáceos...