La primera vez que vi a la vecina de la fachada de enfrente fumando acurrucada en el balcón, rodeada de una manta, pensé de inmediato en una figura trágica, pero atractiva. Rubia, pelo largo, delgada, aparentemente lánguida. El malentendido duró lo que tardé en escuchar su voz irritada e irritante. Le gustaba hablar por teléfono mientras fumaba en el balcón y contarle las miserias de su jornada laboral a su novio, una borrosa figura mitológica que nunca se asomó a la ventana, y a quien yo distinguía siempre en segundo plano, sentado en el sofa frente al televisor. Ella quejándose siempre de todo. Es enfermera, deduzco, y no creo que nadie pueda ser feliz a su lado. Una pena. Las noches en las que se iba la luz de las farolas y la calle se quedaba completamente a oscuras, los chispazos rojos de su cigarro iluminaban mi insmonio con plasticidad de película de espías. Yo pensaba en todo lo que puedo pensar de madrugada cuando no duermo y era agradable ver un faro enfrente.
La vecina gorda y vieja de pelo rojo, un poco a lo Calaf, pero en versión exenta de glamour y plena de miseria, subía asfixiándose las escaleras. La distinguía por los sonoros escupitajos y por sus gemidos. La primera vez que los escuché pensé que eran los vecinos follando y me excité ante la cercanía de esos gritos de placer cada vez más cercanos. Que extraño confundir la asfixia de una vieja alcohólica subiendo las escaleras con las de una chica joven follando. Otro malentendido. Lo cierto es que durante mucho tiempo no escuché a nadie haciendo el amor en el edificio, hasta que un día oí por el patio interior (un espacio siempre proclive al erotismo de sujetador colgado con olor a cocido y bochorno veraniego entre tendales), a una verdadera pareja de amantes cósmicos. Daba gusto escucharlos, por intensidad, duración y entoncación. Algo verdaderamente fabuloso. Escuché y escuché hasta que terminé por sentirme un amante mediocre.
Luego llegaron los guris de abajo. Siempre eran guiris los de abajo y yo siempre los odié con fe inquebrantable. Primero fueron una inglesas con vozarrones de gospel y esa risa británica de niña exagerada. Ahora, mientras escribo, hay algo parecido a un americano o varios. Es imposible trazar una estadística fiable en los pisos de estudiantes. A veces se le escucha follar, traqueteo final de cama contra la pared, pero el sonido predominente que sube hasta mi salón es un indescriptible grito de orangután. A veces cuando bajo las escaleras está su puerta abierta y huele un poco a mierda, como mi antigua casa de Getafe.
Luego está el camión de la basura, con el que aprendí a obsesionarme como una maldición. Mad Max exterminando dinosaurios de hojalata entre gritos de zarzuela épica. O algo parecido. La clave de su poder intimidatorio radica en su triple naturaleza de suceso sobrenatural infinito, nocturno e impredecible. Algunas noches conté hasta cinco camiones diferentes y nunca parecían repetir el horario. Escuchabas el rumor del último camión sin saber si se trataba del último camión, lo que creaba un efecto de amenaza constante muy eficaz.
Cuento las cosas malas, porque las cosas buenas me las quedo para mi. En esta casa, con estos sonidos de asfixias, polvos vecinales y camiones de basura en lucha interlagáctica, empecé a escribir este blog. La rutina era siempre la misma. Escribir, colgar, lavarme los dientes y volver a la cama, donde tenía siempre el mismo cuerpo a mi lado.
Me pregunto cómo será escribir el blog a partir de ahora.
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miércoles, 12 de enero de 2011
miércoles, 14 de abril de 2010
Los lectores de The Economist
Donde el autor evoca la época en que, en vez de blogs, escribía sesudos artículos sobre "el impacto de la apreciación del euro en las exportaciones españolas", artículos que luego entregaba a funcionarios del Instituto de Comercio Exterior. Todo por un segundo erasmus.
Era, básicamente, una clase de jóvenes ya no tan jóvenes compitiendo por una beca para vivir un segundo erasmus, esta vez bien remunerado y a ser posible en un país pobre, donde el dinero pudiera estirarse en forma de piso grande, mayordomo viejo y taxi diario. Por el contraste con sus ojos claros, piel blanca y cuerpo menudo, triunfaban por encima de todas las cosas las tetas de la chica valenciana, compañera de cigarro en el descanso de la siete junto con un navarro rubio tan atemorizado como yo, compañero de pánicos y mi mirada de reconocimiento en la clase adversa.
Pasaron diferentes cargos de distintos ministerios a hablarnos con fatalismo de las exportaciones españolas, como si fuésemos la selección de fútbol cayendo eternamente en cuartos de final contra Italia, que ellos sí que sabían exportar y tener imagen país, porque la pizza es fácil y la paella es un plato complicado y también porque todo el aceite italiano es en verdad, aceite español, pero eso no lo saben los ingleses y lo más sorprendente es que nuestra primera exportación son los productos químicos y los coches, no los tomates ni las naranjas, a que no los sabíais, eh?, pues ese es el problema, que ni los españoles creen que su país puede exportar tecnología.
Pasaron diferentes cargos de distintos ministerios, decía, pero mi preferido era un antiguo delegado de la cámara de comercio de Teherán a quien le gustaba arrastrarse con indolencia mientras explicaba la balanza por cuenta corriente. Era, de todos lo profesores, el más tranquilo. Pasaba algunas tardes infinitamente aburrido, pero sin estridencias, rascándose la espalda con la pared –decorada con frases célebres de premios nóbeles de economía– y balanceándose sobre el suelo de moqueta. Sus zapatos producían un sonido chirriante, como las maderas crujientes de un barco en el puerto, metáfora forzada en un edificio acristalado en mitad del parque de las naciones de Madrid, frente a las vías de tren, una media de treinta y tantos grados y el mar a quinientos kilómetros.
Pasaron diferentes empresarios de distintos sectores productivos. Incluido el vinícola, pero en aquella ocasión fuimos nosotros los que nos acercamos con fruición hasta unas bodegas de Valdepeñas. En el viaje de regreso a Madrid creí percibir en el rostro de la tutora la desoladora certeza de que esos cachorros borrachos no serían nunca capaces de revertir el déficit de la balanza de pagos de la economía española; con deje noventayochista miraba por la ventana los campos de La Mancha e intuía que, por muy pedantes que fueramos en clase, esa pseudo élite de mini oposición jamás leería The Economist en el baño.
Todos estábamos muy orgullosos de nuestro aceite de oliva virgen extra. Tanto que hicimos una cata en clase. Lo de la cata yo lo supe más tarde, cuando comprobé que esos vasos de plástico llenos de aceite solo servían para mojarse ligeramente los labios y no para apurarlos de un trago como un chupito de tequila. Demasiado tarde. Creo que en ese momento algún profesor empezó a eliminarme discretamente de la lista de los elegidos.
Todo trancurría en un halo de superioridad: éramos periodistas humanistas, no vulgares economistas desalmados. Éramos los elegidos. En general todo era confuso, hormonado y reconfortante, a pesar del pánico que yo sentía a ser preguntado en voz alta. Un día venía el delegado de México DF a explicarte que los aztecas eran unos asesinos que sacrificaban niños, otro día un consejero del Ministerio nos llamaba altermundistas; por la tarde un joven empresario nos proyectaba un mapa de China como una casilla de risk y suspiraba ante la imposibilidad de la conquista; a veces aparecía un profesor de inglés vestido de caricatura de profesor de inglés: ya saben, excéntrico, parlanchín, cáustico, extravagante, inventor del punk, hortera, amanerado, psicótico y, en este caso, fascinado por el nombre vasco de uno de los alumnos, a quien retenía después de clase para que le explicase, face to face, Su Punto De Vista Sobre El Conflicto Vasco.
Mi tutor de proyecto, el que inspiró mi sesudo estudio sobre el impacto de la apreciación del euro en las exportaciones españolas, tenía nombre bíblico y hacía bailar el reloj en su muñeca cada vez que iniciaba una explicación o cuando te miraba fijamente a los ojos para preguntarte en dónde te habías perdido. Me reconfortaba escucharle decir que "llegará un día en que estallará la burbuja inmobiliaria y entonces habrá millones de parados y delincuencia" porque eso significaba que habría monólogo político en vez de preguntas comprometidas.
De aquella clase salieron mis corresponsales en Hong Kong, Caracas y Shanghai. En uno de esos arrebatos de sensatez que uno no debería tener con 25 años, preferí quedarme en Madrid con un trabajo fijo antes que arriesgarme con una beca. Durante unos meses guardé The Economist en el baño de mi casa, para impresionar a las visitas, y en las sobremesas de las comidas explicaba a mis padres y a mis tíos que Antolín, un humilde mecánico de Burgos, se había convertido en uno de los mayores productores de complementos de automoción del mundo. Pero luego olvidé las curvas de demanda y el mapa de las denominaciones de origen de los quesos españoles. Pero aprendí una lección de oro: nunca confundas el aceite virgen extra de arbequina con el tequila.
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miércoles, 28 de octubre de 2009
Confesiones de uno de los nuestros

http://marcosdelasheras.com
Donde el autor explica cómo llegó a convertirse en parroquiano de la "región ocultamente furibunda" y cómo, en vez de oscura, la encontró diáfana y con vistas.
A primera vista me pareció raro. Descabezado, sin jerarquía. Esas celdas de colores de la parte superior me supieron a quesito de trivial. ¿Por qué soitu y no soytu con y griega? Es posible que murmurara el nombre en voz alta, delante de mi ordenador, en mi oficina, para poner a prueba su sonoridad. Y soitu me sonó a yo-yo. Luego me descargué un widget de fútbol y seguí trabajando. Veredicto: "esto no en un periódico".
Pero volví. A segunda vista el diseño me siguió pareciendo raro, pero diáfano. Su falta de jerarquía informativa, un acierto. Empezaba a comprender que no ser un periódico al uso era una elección consciente, un acierto, el único camino posible. Pinché las celdas de colores y caí en diseño + arquitectura. Después vi el mapamundi de vídeojuego de Amstrad y apreté encima de varios de esos muñequitos de camiseta roja apoyados en continentes blancos que saludan al lector con el brazo.Veredicto: "me gustaría pasarme toda la mañana leyendo soitu", pero no lo hice, porque por aquella época yo era todavía algo parecido a un empleado ejemplar encerrado en google.
Alguién me comentó que soitu aceptaba colaboraciones de usuarios. "Ah, el famoso periodismo ciudadano, otros que se creen que van a reinventar el periodismo", pensé con aplomo de tertuliano. Es posible incluso que dijera la frase en voz alta y no es descartable que alguién me riera el dardo. Al fin y al cabo, somos una raza de tertulianos y estocadas. Nuestros intelectuales escriben cosas como "asomarse a esa inmensa taberna que son los blogs y foros de Internet, en España, le hace tener a uno la sensación de vivir en una región ocultamente furibunda, en la que más vale no entrar, si es posible"(Javier Marías).
Pero yo decidí sentarme en la barra y probar suerte una de esas mañanas de especial aburrimiento, de hartazgo de oficina y frustración profesional, y me lancé a escribir de corrido una especie de guía de viajes de Afganistán. Como yo por aquella época todavía era algo parecido a un empleado ejemplar y quería que mis superiores siguieran pensando que era un peón fiel, me vi obligado a combinar la excitación de la escritura automática con la vigilancia lateral. Clásica fórmula de oficinista díscolo: veo sombra, minimizo ventana de editor de soitu. Acerco mi cuerpo al ordenador, como un escriba cheposo, e inclinó la pantalla unos discretos grados a la derecha. Me estaba convirtiendo en uno de los nuestros y la postura era muy incómoda.
Y me quedé dentro de la taberna. Barra libre. Seguí leyendo, seguí escibiendo: en casa, en la oficina, aislado en el hospital Carlos III, dictando crónicas por teléfono, en la sala de prensa de Benicàssim, a cuatro manos y dos cañas, con Álvaro Llorca. Con el tiempo la barra libre dejó de ser metafórica y me encontré sentado en un tejado de Malasaña rodeado de redactores y usuarios de soitu a los que llevaba un año leyendo, haciendo equilibrios para no derramar la mahou sobre las tejas que jugaban al tetris bajo nuestros pies. Me acordé de Marías y pensé que mi "región ocultamente furibunda" tenía las mejores vistas de Madrid y banda sonora de Magnetic Fields.
Con ánimo capicúa, me despido de la misma forma con la tomé mi primer trago en soitu: con una frase en inglés convertida en haiku. Entonces a propósito del turismo en Afganistán. Hoy a propósito del periodismo en España:
finding beauty
amid the bomb craters
takes a little work
p.d: perdonen las posibles erratas; he vuelto a ser algo parecido a un oficinista ejemplar...
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martes, 27 de octubre de 2009
Hasta luego, soitu
Después de 22 meses, el periódico digital soitu.es desaparece.
"Ya hemos llorado, hemos blasfemado y hasta nos hemos pegado un buen lingotazo. Pero nos falta tu presencia. Es hora de que te materialices. Te esperamos mañana a partir de las 18 horas y hasta que las fuerzas y cuerpos —¡guau!— de seguridad del estado nos desalojen. Estamos en la calle Cochabamba, 11 de Madrid. Vente a darnos el pésame, aquí estamos de cuerpo presente. Eso sí, vivitos y coleando porque la energía no se destruye, se transforma".
Bebamos
lunes, 26 de octubre de 2009
María tenía un cordero pequeñito
Donde el autor lee, desde los cuarteles de otoño en Madrid y con envidia, la gran Mixtape Americana y se acuerda del año 1987 o 1988, cuando él mismo vivió en la región de los grandes lagos y viajó a bordo de un oldsmovile blanco-crema semidesnatado con matrícula azul.
Yo viví en Michigan, con mis padres y mi hermana, entre 1987 y 1988. En Okemos, East Lansing, Lansing, capital del Estado y patria chica de Madonna y Magic Johnson. En una hipotética guía de viajes sobre Lansing recomendaría la tienda de helados de la facultad de medicina de la Michigan State University, cuyo símbolo (el de la universidad, no el de la heladería) era un casco de espartano blanco sobre fondo verde, el restaurante-franquicia Red Lobster y mi colegio, Wardcliff Elementary School, donde cumplí, sin yo saberlo, con el el mayor hito iconográfico del nerd: con 8 años entré en el equipo de ajedrez del colegio, ganamos la liga local (y, humildemente, le gané a todo redneck que se me puso a tiro; por cada victoria una cinta azul) y me seleccionaron para jugar el campeonato estatal en Detroit. A mi madre eso de mandarme a Detroit le dio miedo y ahí terminó mi etapa de genio infantil. También me apunté al equipo de soccer, donde me esperaban como un mesías; no por algo yo en los recreos dejaba a mi paso un rastro de compañeros regateados como nunca antes hice -ni fui capaz después de hacer- en España. Yo era “from Spain” y el mister soñó victorias. El primer partido perdimos 8-1 y el entrenador, que concebía el fútbol como un futbolín de líneas estáticas en el que nadie podía abandonar su posición, los defensas en la defensa, los centrocampistas en el centro del campo, los delanteros, delante, todos clavados con tornillos invisibles al esplendor en la hierba, nos dijo “great job”. Bebíamos zumo en botella de gallon en el descanso, y la camiseta era reversible, azul y roja, pero perdimos igual todos los partidos. Todos menos uno, que empatamos a 2. Recuerdo el tanteo final porque nos empataron en el último minuto con un gol de panalty que yo provoqué al coger el balón con la mano dentro del area. Puto árbitro.
En el campamento de verano, mientras tiraba al arco, vi el cielo a punto de explotar o de sangrar o de centrifugarse, como una galerna manga saturada en photoshop, y sentí uno de los mayores pánicos de mi vida. Nos evacuaron en autobús al pueblo más cercano y todos mirábamos hacia atrás buscando el tornado. En clase de historia mi maestro letón explicó con grave mesura las matanzas de los españoles en el descubrimiento de América y mis compañeros me miraron medio censores, medio fascinados por tener delante a un descendiente de esa lejana raza de bárbaros genocidas. Por lo demás yo les ganaba a todos ellos en los spelling test, y en el playback que hicimos de She Loves you, de los Beatles, me reservaron el papel de batería, y el problema es que yo tocaba la batería un poco como mi entrenador concebía el fútbol, con líneas estáticas, golpe a la izquierda, golpe al centro, golpe a la derecha, y vuelta a empezar. Mi profesor letón (mamá, ¿dónde está letonia?), que se llamaba algo así como MR. Gatis Lusis, y tenía bigote, me animaba a desmelenarme y a golpear con furia y sin orden los platos de cartón. Pero a mí, obviamente, me daba vergüenza. La batería, vergüenza; el piano, aburrimiento. Mary had a little lamb, little lamb, little lamb. Que manera de acelerarme con el pequeño cordero de María. Más despacio, más despacio. Pantalones cortos verdes en mi primer recital ante unas 10 personas. El profesor de piano era vietnamita y nos invitó a cenar a su casa y nos sentamos todos en el suelo y mi padre tiró dos veces el vino sobre la moqueta (mamá, qué hace un vietnamita en Estados Unidos?). Una chica de mi curso murió atropellada por un tren cuando regresaba andando a su casa roulotte como las de mi vida sin mi. Murieron ella y su hermano, y yo recuerdo que los niños atropellados en las vías de tren eran como los avisos de tornado, las madres divorciadas cinco veces, los colombianos que se avergonzaban de hablar español y los lagos completamente congelados: algo habitual. Los padres de la niña de mi curso mandaron una circular a todos los padres del colegio para recaudar dinero para el entierro. Los Detroit Pistons perdieron la final de la NBA contra los lakers y yo confundía Pensilvania con Transilvania. Cuando aterrizamos en Madrid, un año después, todo
(Madrid desde el cielo,
el aeropuerto,
los guardias civiles,
el coche de mis tíos)
me pareció pequeño y cutre.
Con el tiempo dejé el soccer, el ajedrez, el piano y los tornados.
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martes, 25 de agosto de 2009
Casa del abuelo
Donde el autor regresaa un lugar
a donde hacía mucho tiempo,
exactamente 13 años,
que no volvía.
Regresé a la casa del Puerto de Sagunto 13 años después y la casa seguía oliendo igual, es decir a papilla de merienda y a tour de Francia. Solo faltaba la cortinilla de fideos amarillos de la terraza.
Por la noche, antes de acostarse, mi primo me enseñó el libro que está leyendo. A veces por la noche pienso en el origen del universo y me da mal rollo, me explica. A mi también, le consuelo. Espero que encuentre respuestas en ese tomo, aunque hay cosas que no caben en un libro.
Esa noche mi primo cree ver un fantasma junto al armario. Podría ser. Yo también ví un fantasma hace muchos años, pero fue de día, en una montaña, y pude escapar sin problemas porque yo iba en bici y cuesta abajo.
domingo, 22 de febrero de 2009
Enzyklonostalgias

Donde el autor, simplemente
Asomado a la ventana,
con vistas a un patio interior con sujetadores colgados y olor a carne guisada con mucha cebolla,
ponle 40 grados, suburbio de Madrid en canícula,
Ambrosius fuma un cigarro en calzoncillos
y se siente sorprendentemente vivo,
optimista
y erotizado.
Como cuando, después de una tormenta de verano, sientes que puedes masticar todo el polvo y todas las hojas de los árboles mezcladas con la contaminación recién agitada por la lluvia.
Es posible
que en los momentos previos a un hipotético fusilamiento,
Ambrosius recordara
este instante.
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martes, 10 de febrero de 2009
Pause
Donde el autor rebobina y ni siquiera en la ficción es capaz de apretar el pause.
Fue una mañana intensa para los alumnos del instituto Las Llamas de Santander. El profesor de latín dijo que estaba hasta los huevos de que Julio César se retirara a los cuarteles de invierno en una de cada cuatro frases traducidas. Cerró la puerta suavemente y no volvió jamás.
La profesora de gimnasia, una anciana pequeñita con un estuche lleno de bolígrafos de colores, les alertó contra los peligros del dopaje y les ordenó tumbarse en el suelo y respirar repetidamente como si fueran hojas cayendo de un árbol.
El de física, un tuno grueso y sudoroso, se deleitó 35 minutos dibujando en el encerado la locomotora del tren de alta velocidad A que salía de Madrid en dirección a Barcelona. Por falta de tiempo, el tren que a esa misma hora partía de Barcelona se redujo a un dibujo esquemático en forma de suela de zapato. Llegó la hora de comer sin que nadie supiera a que hora exacta ocurriría el terrible accidente. Para entonces, el falso rumor sobre la caída de la torre de Pisa había prendido con fuerza por todos los pasillos.
Los alumnos de griego no dieron crédito a sus oídos cuando la profesora anunció que había matado a su pollo Polibio y que estaba delicioso. Gracias a dios, el gato Herodoto seguía vivo, gordo, inútil, feliz.
El de dibujo, a quien le faltaban tres dedos, volvió a amenazarles de manera abstracta y exigió alzados, bases y perfiles de extrañas construcciones cubistas.
A la profesora de inglés, tierna y joven de vuelta y vuelta, le bailaron, bajo el jersey de punto, sus puntiagudos pechos más de lo normal.
El de lengua les exigió una redacción sobre la primavera, que se colaba intensa por las ventanas amarillas.
El de Ética les pidió que se inventasen un país, un himno, una bandera y una constitución y los alumnos rellenaron franjas de colores horizontales y verticales con el mimo de quien rellena una vaca, un sol, un árbol, un arcoiris, una ola, un tiburón.
La de Historia del Arte proyectó diapositivas de capiteles románicos, pero la oscuridad del aula y el sueño produjeron monstruos en la imaginación de algunos alumnos, curiosamente los mismos que meses atrás creyeron ver en la venus de Milo el torso desnudo de un hoplita griego y la cúpula de Brunelleschi en el cimborrio de la catedral de Zamora.
La de literatura ventiló la generación del 27 como quien despliega las fichas del risk para conquistar el mundo, con nombres, fechas y llamadas al sacrificio.
El sustituto del profesor de música pronunció “Buenos Aires arrabalero” hasta cinco veces en media hora y eligió a una pareja al azar para bailar un tango delante de toda la clase.
La de francés preguntó amenazante si alguién sabía quien era Proust y los alumnos, atemorizados, acercaron sus sillas y sus cuerpos, por miedo y por el morbo del contacto físico.
Un alumno de letras puras cerró los ojos muy fuertes con el absoluto convencimiento de que al abrirlos, habría ocurrido por fin el milagro, y que el mundo (al menos el instituto) aparecería congelado ante sus ojos.
Pero al abrir los ojos el mundo seguía moviéndose.
Fue una mañana intensa para los alumnos del instituto Las Llamas de Santander. El profesor de latín dijo que estaba hasta los huevos de que Julio César se retirara a los cuarteles de invierno en una de cada cuatro frases traducidas. Cerró la puerta suavemente y no volvió jamás.
La profesora de gimnasia, una anciana pequeñita con un estuche lleno de bolígrafos de colores, les alertó contra los peligros del dopaje y les ordenó tumbarse en el suelo y respirar repetidamente como si fueran hojas cayendo de un árbol.
El de física, un tuno grueso y sudoroso, se deleitó 35 minutos dibujando en el encerado la locomotora del tren de alta velocidad A que salía de Madrid en dirección a Barcelona. Por falta de tiempo, el tren que a esa misma hora partía de Barcelona se redujo a un dibujo esquemático en forma de suela de zapato. Llegó la hora de comer sin que nadie supiera a que hora exacta ocurriría el terrible accidente. Para entonces, el falso rumor sobre la caída de la torre de Pisa había prendido con fuerza por todos los pasillos.
Los alumnos de griego no dieron crédito a sus oídos cuando la profesora anunció que había matado a su pollo Polibio y que estaba delicioso. Gracias a dios, el gato Herodoto seguía vivo, gordo, inútil, feliz.
El de dibujo, a quien le faltaban tres dedos, volvió a amenazarles de manera abstracta y exigió alzados, bases y perfiles de extrañas construcciones cubistas.
A la profesora de inglés, tierna y joven de vuelta y vuelta, le bailaron, bajo el jersey de punto, sus puntiagudos pechos más de lo normal.
El de lengua les exigió una redacción sobre la primavera, que se colaba intensa por las ventanas amarillas.
El de Ética les pidió que se inventasen un país, un himno, una bandera y una constitución y los alumnos rellenaron franjas de colores horizontales y verticales con el mimo de quien rellena una vaca, un sol, un árbol, un arcoiris, una ola, un tiburón.
La de Historia del Arte proyectó diapositivas de capiteles románicos, pero la oscuridad del aula y el sueño produjeron monstruos en la imaginación de algunos alumnos, curiosamente los mismos que meses atrás creyeron ver en la venus de Milo el torso desnudo de un hoplita griego y la cúpula de Brunelleschi en el cimborrio de la catedral de Zamora.
La de literatura ventiló la generación del 27 como quien despliega las fichas del risk para conquistar el mundo, con nombres, fechas y llamadas al sacrificio.
El sustituto del profesor de música pronunció “Buenos Aires arrabalero” hasta cinco veces en media hora y eligió a una pareja al azar para bailar un tango delante de toda la clase.
La de francés preguntó amenazante si alguién sabía quien era Proust y los alumnos, atemorizados, acercaron sus sillas y sus cuerpos, por miedo y por el morbo del contacto físico.
Un alumno de letras puras cerró los ojos muy fuertes con el absoluto convencimiento de que al abrirlos, habría ocurrido por fin el milagro, y que el mundo (al menos el instituto) aparecería congelado ante sus ojos.
Pero al abrir los ojos el mundo seguía moviéndose.
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martes, 27 de marzo de 2007
Then we take Berlin

Donde el autor se pone levemente nostálgico y resume de forma reduccionista la historia y la metafísica de una ciudad del este de Europa y termina recomendando un extraño restaurante de diminutas mesas en penumbra
Capital de Prusia, a orillas del río Spree. En su más afamada universidad, la Humboldt, estudié los primeros años de Botánica y Teología. Hace mucho tiempo. Desde entonces, dos guerras mundiales perdidas, la construcción de un muro y el derrocamiento televisado y popular de ese mismo muro, el surgimiento de una tradición culinaria del tamaño y sabor del doner kebab, el rastro de David Bowie e Iggy Pop, y el vídeo de U2 en blanco y negro alrededor de la columna de la Victoria (mentira, lo habré soñado), la estatua de Lenin volando, el Angel de Wim Wenders en voz en off. La lista es aleatoria e incompleta y podría seguir varios párrafos citando autores leídos y no leídos, un puñado de películas, espías y desfiles, pero sólo quería decir que esta acumulación de sucesos mediáticos la han convertido en una ciudad dotada de una poderosa tendencia al mito.
Si se dejan caer por allí tomen asiento en Ballhaus Mitte (Auguststr.24), un viejo salón de baile con diminutas mesas en penumbra, y prueben la pizza napolitana al horno. Si tienen suerte, les servirá mi camarera. Sonrían.
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