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miércoles, 18 de marzo de 2009

El tramoyista que se inventaba monstruos marinos


Donde el autor se hace eco de un asombroso descubrimiento

El tramoyista contratado por los historiadores del futuro para recrear, con la máxima veracidad posible, las geografías y las gentes del Santander de la década de los 50 y el Madrid de 2009, ha tenido una idea genial.

Ya que el riguroso comité ejecutivo no le deja esconder un monstruo marino en la isla de Mouro, el tramoyista ha encontrado la manera de burlar la estricta burocracia del siglo XXIII: con ayuda de un becario de Bellas Artes ha escondido, en el archipiélago noruego de Svalbar, unos falsos fósiles de un monstruo inexistente “mayor que el tiranosaurio y capaz de masticar un todoterreno con la fuerza de sus mandíbulas”.

“Ponle 15 metros de largo y 45 toneladas de peso. Lo llamaremos Predator X”, dicta el tramoyista al becario.

¿Qué te parece?, pregunta el becario nada terminar su dibujo.

Que es una pena que no nos dejen soltarlo en la bahía de Santander.
Una pena.

martes, 10 de marzo de 2009

El oficinista que prefería seguir escribiendo



La ametralladora canta
las balas nos rozan las mejillas
con el sonido de un beso largo
y delicado que vuela
Si no fuera por el bárbaro hedor ondeante
de estas carroñas enemigas
podrían encenderse cigarrillos y pipas
es esta trinchera que se deshace al sol


En el Kobilek, Ardengo Soffici.

Donde el autor esboza un perfil de Alonso Pereda

Alonso Pereda carecía de esa feliz desenvoltura con la que los poetas futuristas se transformaban en soldados fascistas. Carecía del espíritu de sacrificio de los milicianos anarquistas, de la embriaguez alcohólica de los moros, de la desesperanza de los perdedores, del sentido de trascendencia de los corresponsales extranjeros. Carecía de ambiciones, de filias y de fobias. Sobrevivió a la guerra porque otros quisieron que sobreviviera. En cuanto a quitarse la vida, le faltaban ganas, valor y le tenía un miedo atroz a las sangre y al dolor. Cuanto más aterrador el mundo, más lejanos sus cuentos. Sabemos que durante su estancia en Santander comenzó a escribir relatos de ciencia ficción. El mundo, su mundo, era una recreación de historiadores del futuro y la isla de Mouro, a la entrada de la bahía de Santander, una licencia poética, un añadido caprichoso de un tramoyista enamorado de los bestiarios medievales. El tramoyista propuso esconder un dragón o una serpiente gigante dentro de la isla, pero el comité ejecutivo rechazó su idea por infantil, peligrosa y poco científica. Nunca, en ninguno de sus cuentos, a Alonso Pereda se le ocurrió la posibilidad de que todo fuera creación de un oficinista en sus ratos muertos. El oficinista, por su parte, prefería seguir escribiendo.

lunes, 9 de marzo de 2009

Monólogos de Babilonia

Donde el autor transcribe el monólogo de su amigo historiador.

“Todas las noches yacía con un hombre distinto, a quien mandaba asesinar a la mañana siguiente”.
Me sé esa frase de memoria.
Procede de un libro de mitología utilizado en los colegios de la Institución Lbre de Enseñanza durante los años 30.
Ella, la adúltera, la amante, es la mujer de Nabucodonosor II
(c. 630-562 a. C.)
conquistador de Jerusalén
y constructor de los Jardines Colgantes de Babilonia.
Cortesía de Wikipedia.

La historia llegó a España a través de un libro de cuentos de un autor del romanticismo alemán.
Un autor muy menor.
Estrecho colaborador de Alexander Von Humboldt.
La leyenda tuvo cierto impacto en la España de la Segunda República.
Las feministas reprodujeron la historia en encencidos panfletos.
Hay incluso una leyenda sobre esta leyenda: una supuesta zarzuela de Pablo Sorozábal con libreto de Valle Inclán que nunca vió la luz.
También recuerdo a mi abuela cantando una copla pícara sobre una mujer que asesina a sus amantes.

La historia de Alonso Pereda es, obviamente, una invención.
Aunque hay detalles reales.
como el asesinato de un redactor de sucesos de el Diaro El Sol.
Su cuerpo flotando en el Manzanares.
Los discursos incendiarios del general Anastasio Pereda desde Sevilla.
Las caricias en la espalda.
El hombre que busca, de madrugada,lumbre en la chaquerta de su bolsillo.
La cuesta de San Vicente.
los bombardeos sobre Gran Vía
el obrero anarquista.
el mendigo poeta.
la chica con dedos con olor a mandarina.

Te estás desviando del tema, le interrumpí.

Las hermosas monjas
Las hermosas monjas
Las hermosas monjas

Eso es rigurosamente cierto.

jueves, 5 de marzo de 2009

Los Jardines colgantes de Babilonia II


Carlistas buscando Guerra. Augusto Ferrer Dalmau

Donde el autor pide ayuda a un amigo historiador, por si él fuera capaz de explicar el por qué del titulo del cuento de Alonso Pereda, Jardines colgantes de Babilonia. Y para crear un poco de confusión ilustra el post con un cuadro carlista, que es una gente que da mucho miedo

Fui a buscarle a su casa, uno de esos edificios con grandes portales y porteros viejísimos que hay entre Santa Engracia y la Castellana. La voz del telefonillo del portal sorprendió a un chica (botas, medias, vestido negro, treinta y pocos años, una mandarina en la mano)en mitad de una calada al cigarro y al decir “soy yo” le salió una voz rara, pero bonita, y una especie de tos con humo. Con la puerta abierta del portal dudé si llamar de nuevo al telefonillo para avisar de mi llegada. Mi amigo, como todo historiador eremita, admite mal las interrupciones y mi visita, no anunciada, le pondría nervioso. Pero estaba la chica de la calada y la tos y me apetecía compartir con ella un ascensor decimonónico, con verjas y transparente y muy lento.Aunque sólo fueran dos pisos.

Conocí a mi amigo cuando él era profesor invitado en la Universidad Humboldt de Berlín. Por qué a un alemán podría interesarle el título de su seminario: 'la influencia del carlismo en la genesis del nacionalismo vasco' era para mi un incógnita. Pero a mi sí me interesaba. Y como a mi, a otro grupo de diez estudiantes alemanes, siempre tan políglotas, tan seguros de si mismo, con tan poco miedo a hablar en público. Mi amigo era una autoridad en historia contemporánea española. Su trilogía sobre la masonería y las revoluciones liberales del siglo XIX era una pequeña joya que despertó la admiración y la envidia de sus colegas, así como una columna ocasional en el suplemento cultural del ABC.

Pero a él, lo que realmente le gustaba era la historia antigua, lo que le ponía la carne de gallina y le hacía levantar los ojos de sus libros para evocar, mirando por la ventana, desaparecidos mundos lejanos, eran las civilizaciones de Mesopotamia, el Poema de Gilgamesh, el código de Hamurabi y el reino de Ur.

Por eso acudí a él, para que me descifrara el titulo del cuento de Alonso Pelayo: Los jardines de Babilonia.

Llamé a la puerta. Un piso más arriba unos dedos con sabor a mandarina metían la llave en la cerradura.

lunes, 2 de marzo de 2009

Los Jardines colgantes de Babilonia



Donde el autor rescata uno de los extraños cuentos (o más bien un borrador o un apunte para un cuento) escritos por Alonso Pereda durante la Guerra Civil. Aunque algunas de las historias aquí mencionadas si se incluyen en el libro ‘Apocalipsis rojo’ de 1941, el relato que nos ocupa es inédito. Desconoce el autor si la censura franquista vetó la historia de la mujer asesina o si fue, por el contrario, el propio Alonso Pereda quien prefirió eliminarlo de la edición final. No se pronuncia el autor sobre la posible veracidad de la historia.

Todas las noches yacía con un hombre distinto, a quien mandaba asesinar a la mañana siguiente.

Formaba su guardia personal un mendigo poeta, un obrero anarquista y el hijo pequeño de una familia de la alta burguesía de Madrid.

Al principio, fue un degollamiento. Nos imaginamos al obrero anarquista, a quien ella ha conocido durante sus primeros meses de hambruna en Madrid, vigilando la casa de su amada, amante, amiga, protectora; nos imaginamos a un hombre que abandona la casa poco antes del amanecer y que una vez en la calle busca lumbre en los bolsillos de su chaqueta. Con la primera calada llega la primera puñalada torpe y débil. El amante se revuelve contra su agresor y, ahora sí, el obrero anarquista logra cercenarle el cuello.

El segundo amante muere envenenado en una cafetería; el tercero cae a las vías del metro. Durante una época se divierten fingiendo suicidios y los amantes aparecen ahorcados en sus habitaciones o desangrados en sus bañeras. A veces actúan por separado, en otras ocasiones los tres juntos. A veces eliminan al amante esa misma mañana, siempre lejos de la casa. Más tarde descubren el placer de la espera y la persecución, del tormento y el acoso minucioso.

Pasan los años.

Siguiendo la pista de un banquero desaparecido, un inquieto redactor de sucesos del diario El Sol llega una tarde a casa de la reina. Siguiendo sus piernas y sus caderas aparecerá flotando en el Manzanares. Sus compañeros atribuyen su muerte a un crimen político y Ortega y Gasset escribe un encendido editorial denunciando la crispación política, y exigiendo una inmediata investigación.

Llega la guerra y matar es en esos años más fácil. “Quiero un condenado a muerte”, anuncia una noche la reina. Y el obrero anarquista acude a la cuesta de San Vicente donde cada noche mueren fusilados varios falangistas, quintacolumnistas y enemigos del pueblo. Esa noche de fabulosos bombardeos sobre Gran Vía aparezco yo en escena. Tengo 25 años, estoy borracho y me van a fusilar. Por espía, por supuestas señas luminosas hechas desde mi piso de Pintor Rosales, por los discursos radiofónicos de mi padre desde Sevilla. Voy a morir, posiblemente denunciado por un brigadista polaco con quien he compartido cama, mujer y botella de orujo la noche anterior.Un miliciano me señala, muestra unos papeles a los soldados que me escoltan y de pronto me suben a un coche. Madrid retumba y yo duermo.

Me despierto junto a ella. Me da de comer, me dice que me tumbe en la cama. Mientras me acaricia la espalda me cuenta divertidas historias de vampiros respetables que hacen tertulia en el Ateneo. Me habla de un burdel secreto para altos mandos del ejército nutrido exclusivamente por monjas traídas de toda España. Hermosas monjas, añade. Me habla de presos enterrados vivos en los sótanos del Palacio Real, de una cárcel gigante en el frontón de Recoletos. De una bomba capaz de destruir una ciudad en diez segundos. De monstruos marinos diseñados en laboratorio. De una ola gigante saliendo del estanque del retiro que baja por Alcalá hasta cubrir la estatua de Cibeles.

Esa noche yace conmigo, pero no me manda asesinar a la mañana siguiente.

En su lugar me explica la historia que yo te cuento ahora. Me explica que a la mayoría los matan esa misma mañana, a otros pasados varios días, pero que a mi me van a matar dentro de muchos años, porque así es más divertido y porque yo soy un superviviente. Que ella misma se encargará de que siga vivo hasta que llegue el momento. Me acompaña a la puerta, me da un beso de despedida. En la calle distingo una sombra, pero no me sigue. Tiene tiempo. Tienen tiempo. No hay prisa. Tienen toda la vida por delante para matarme.

Minuto y resultado


Donde al autor se pegunta qué será de sus personajes y se contesta.

El hombre que inventó la tortilla de patatas se siente, de pronto, vacío e inútil.

La pollera del mercado de Chamberí se pregunta si la vida sólo es huevos grandes, contramuslos, musiltos, alitas y conejos.

Alonso Pereda lleva dos días encerrado en su habitación con vistas a la playa del Sardinero. En la redacción de ABC de Madrid siguen esperando su crónica sobre la ballena varada.

El Capitán Katiuskas tiene la sensación de que le siguen.

El espía que espía al capitán Katiuskas tiene la sensación de que le han descubierto.

Abdul piensa un título para su epopeya épica sobre los nómadas del desierto.

Max, Roberto y Lucía compran tres billetes de ida de Santander a Madrid (en tren) para ir a buscar a Ambrosius y preguntarle en persona sobre el asombroso caso del Capitán Katiuskas.

Como todas las tardes, Ambrosius se colapsa exactamente a eso de las seis del tarde.

(Desde su puesto de trabajo se ve una ventana
un par de azoteas
fragmentos de cielo
una pila de libros en primer plano
una botella vacía de Solans de Cabras
y nada más

eso es lo que se ve
desde su puesto de trabajo
a la seis de la tarde

Fundido en negro)

Llaman a la puerta de Alonso Pereda.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Metakatiuskas



Donde el autor da una vuelta de tuerca a la asomborsa historia del Capitán Katiuskas

Max, Lucía y Roberto sabían que querían hacer algo original, pero no sabían exactamente qué. Quisieron imitar a Walker Evans y su serie de retratos anónimos en el metro de Nueva York en la década de los 30. Llevaba Evans la cámara escondida en el abrigo, el objetivo asomando entre dos botones y un disparador en la mano. Pero no había metro en Santander.

Fundaron una tertulia literaria, la tertulia de los Hombres Modernos, pero se cansaron de escucharse y se cansaron de leer libros mal elegidos. También se cansaron de la lluvia.

Pensaron en escribir un blog y pasaron noches enteras en el ciberespacio en busca de una idea, una inspiración, o al menos un modelo que destruir. Hasta que una mañana, en la cafetería de la universidad, estallaron: "Internet es una taberna, un foro de vanidosos, una trampa, la nada, el todo, un lodazal,un espejo roto en mil pedazos, un balbuceo, una cosmovisión, un cajón desordenado..." y así siguieron hasta que Lucía les interrumpió con un golpe en la mesa y les advirtió de que esa conversación, ese cúmulo de insultos,sonaba a taberna, a foro de vanidosos, a trampa, a nada, a todo, a lodazal,a espejo roto en mil pedazos, a balbuceo, a cosmovisión, a cajón desordenado.

Lucia les contó entonces la asombrosa historia del Capitán Katiuskas,encontrada en un blog "inconsistente y olvidable" (estaban en la edad de los adjetivos) de nombre Enzyklopedien. Max y Roberto leyeron los posts impresos que Lucía les puso encima de la mesa. Al cabo de media hora cada uno de ellos propuso una teoría:

- el capitán Katiuskas estaba organizando un atentado contra Franco que consisitía en estrellar contra su yate Azor, durante la celebración de las regatas de verano, una trainera kamikaze llena de explosivos.

- El asombroso plan del capitán katiuskas sólo existía en la imaginación de un grupo de militares franquistas ansiosos por descubrir un gran complot inexistente.

- El capitán Katiuskas había creado un campamento secreto en la isla de Mouro en donde se escondían los últimos maquis, a la espera de lanzar un ataque a Santander. Desembarcarían en el Sardinero, en la Península de la Magdalena y en Puerto Chico, a bordo de barcas, traineras (de nuevo las traineras, qué obsesión) y en pequeños submarinos monovolúmenes en forma de tiburón... Para que se callarán, por interrumpirles de alguna manera, por detener el desembarco imaginario, Lucía dijo:

"Iremos a Madrid y se lo preguntaremos a Ambrosius en persona".

miércoles, 4 de febrero de 2009

Las franquistas suicidas



Donde el autor inicia la compleja transición de la ficción a la actualidad, y en el camino se pierde.

Los hombres conversan en los salones del Real Club de Regatas, en círculo, junto a uno de los balcones con vistas a la Plaza de Pombo. Cada vez que empieza a llover, cosa que ocurre muy a menudo (en ocasiones hasta sesentadiasseguidossinparardellover) el capitán Katiuskas se levanta del sofá rojo y se dirige hacia la ventana. Sin decir palabra, todos los contertulios se van poniendo de pie, con cadencia de fichas de dominó, y le siguen hasta el balcón. Si les vieras reunidos en un círculo perfecto, de pie, con las cabezas muy juntitas, juararías que hablan de cosas importantes. Pero te estarías equivocando. La conjura ocurre dos pisos más abajo, en el salón de la casa del Capitán Katiuskas, donde se reúnen las mujeres a jugar al bridge y a pintar atardeceres en la bahía. Hoy discuten sobre la conveniencia de incluir una trainera a contraluz, con las figuras de los remeros "como fundidos en negro". Discuten también sobre dónde acaba lo pintoresco y dónde empieza lo vulgar. Sobre el equilibrio, la gama de grises y el predominio de los colores sobre el dibujo como símbolo de modernidad. Cuando la sirvienta se retira a la cocina, la conversación da un giro y aparece el

Nembutal
el barbitúrico que dentro de unos años matará a Marylin Monroe
aunque nadie lo sabe,
ni el espía,
ni el capitán Katiuskas,
ni las mujeres pintoras.
ni Alonso Pereda vagando sólo por el barrio pesquero en busca de pelea.

Hablan de su laboratorio clandestino situado bajo las mansardas de uno de los edifcios decimonónicos del Paseo Pereda, y de la necesidad de comprobar que no haya goteras en el ático, porque el contacto del agua con el nembutal y los cristales de cianuro de sodio provocaría una explosión que reventaría todo el edificio. Mientras explica a sus amigas la esencia de complicados procesos químicos, la mujer del capitán es capaz de imaginar la explosión del edificio vista desde el muelle, la butaca del mirador saltando por los aires hasta el mar, la cubertería de la abuela clavándose en los cuellos de los paseantes. Hablar y pensar a la vez en algo distinto es un don que tiene. "Un don muy pesado", piensa mientras explica procesos químicos e imagina explosiones. Lo que hacen tres pensamientos a la vez. Demasiados. Para decir la siguiente frase, sin embargo, bloquea el resto de pensamientos. Se centra. Se monotemiza. Que alivio. “Todo esto se limita a morir cómo, cuándo y dónde queramos, sin depender de monjas trinitarias, ni hijos pusilánimes, ni maquillajes imposibles, ni sillas de ruedas. Se trata de tener la pastilla preparada, para cuando llegue el momento, que tal vez no llegue nunca o tal vez llegue muy pronto”.

Sin razón aparente, desde su despacho de la plaza porticada, el General se acordó de su profesor de griego de los Escolapios.

Y luego, en voz alta, suplicó: “por favor, Ambrosius, sácame del blog durante unos días. Estoy cansado y confuso. Necesito unas vacaciones”.

Ambrosius dudó.

lunes, 2 de febrero de 2009

El quintacolumnista que escribía cuentos de vampiros



Donde el autor introduce a un nuevo personaje y recomienda (en verdad preferiría obligar) a los lectores recién llegados a que lean los dos posts anteriores si es que quieren entender algo sobre el asombroso plan del Capitán Katiuskas. Asimismo el autor asegura que en cualquier momento volverá a reconducir su blog hacia temas más actuales, cercanos y periodísticos. Pero admite que no sabe cuándo ni cómo. No le queda sino implorar paciencia.

A pesar de su delgadez, Alonso Pereda tenía fama de hombre contundente, y a pesar de su fama de hombre contundente, a Alonso Pereda le aterrorizaban los viajes en tren, la oscuridad y las ratas. Los episodios más oscuros (o más bien confusos) de su vida sucedieron en el Madrid asediado de la Guerra Civil, años en los que fue sucesivamente o al mismo tiempo, agente doble, quintacolumnista nacional y miliciano anarquista. Fue durante estos años de bombardeos, fusilamientos y orgías en villas incautadas del Barrio de Salamanca cuando Alonso Pereda comenzó a escribir sus primeros cuentos de vampiros. Al principio, evocaciones costumbristas ambientadas en imprecisas montañas del norte;sórdidos relatos de fuerte carga erótica ambientados en Madrid, después. Le gustaba dormir en los refugios aéreos, en el metro, rodeado de cientos de personas, porque sólo de esta manera era capaz de conciliar el sueño. Cuando no sonaba la alarma aérea recorría los bares, los comités de las milicias, las casas de sus amigos o el Parque del Retiro en busca de mujeres o de hombres. Preferiblemente mujeres. A ser posible de anchas caderas. Nadie sospechaba que su voracidad sexual escondía un primario terror a dormir solo.

Confusos informes de la inteligencia franquista (interesada en hacer creer a sus superiores que habían sido capaces de mantener un estructura clandestina en la capital), así como encendidos elogios del embajador de Portugal (interesado en ocultar a los vencedores su tibia actitud durante los tres años de guerra) presentaron a Alonso Pereda, ante los jerarcas franquistas, como un hábil quintacolumnista en la ciudad sitiada. Aún así, para acallar las dudas de algunos militares escépticos, fue necesario escribir un extraño libro de propaganda sobre las cárceles y torturas del Madrid republicano, una especie de apocalipsis rojo con comisarios estalinistas durmiendo en ataúdes, burdeles en iglesias y campos de concentración bajo tierra. Un libro claustrofóbico y sin embargo, como comprobaron satisfechos en el Ministerio, irresistiblemente fácil de leer y sorprendentemente verosímil.

Alonso Pereda se labró durante los años de postguerra una reputada fama como periodista de ABC, a la vez que se extendía por Madrid, entre maridos cornudos, militares viriles, poetas falangistas y tertulianos del Café Comercial, unas irrefrenables ganas de asesinarlo, de torturarlo, de arrojarle vivo al estanque del Retiro, atado a una piedra. Eso explica que no dudara en subirse a un tren para poner rumbo a Santander con la excusa de escribir una crónica sobre la aparición, en la Playa del Sardinero, de una ballena varada de 24 metros de longitud.

Desde su despacho en la Plaza de Porticada, recién leído el informe sobre Alonso Pereda, el General intuyó que aquel oscuro periodista madrileño podría ayudarle a él y a sus espías,a descubrir, por fin, en qué coño consistía el asombroso plan del Capitán Katiuskas.

Pero eso era algo que Alonso Pereda, recién llegado a la estación de Santander, cansado, y en un avanzado estado de ansiedad, desconocía.

jueves, 29 de enero de 2009

El espía que se emanoró de la amante del Capitán Katiuskas


Tabac, Studio Dongo - René Magritte (1932). Encontrado en Lamarde


Donde el autor prosigue su investigación y encuentra (dónde y cómo no viene a cuento) la transcripción de una conversación mantenida entre el espía que espiaba al capitán Katiuskas y una supuesta (en cualquier caso hermosa) amante del Capitán Katiuskas.


- Permítame que le ofrezca un cigarro
- Gracias
- ¿Sabe quién soy?
- Un espía.
- Un mal espía, entonces.
- No se apure.
- Viniendo de usted...me gustan las mujeres que fuman.
- A mi también.
- Quería preguntarle algunas cosas sobre él
- Pregunte.
- Pero no se me ocurre nada.
- Entonces yo le ayudaré.
- Por favor.
- Está preparando algo muy grande.
- ¿le está traicionando?
- ¿No es eso lo que usted quería?
- ¿Quiere otro cigarro?
- Pero no le diré más.
- Mejor así, más divertido, más detectivesco.
- Claro. La vida aquí es muy aburrida.
- ¿La vida en provincias?
- La vida en general.
- ¿Algo grande?, dijo usted.
- Algo asombroso.
- Una última pregunta.
- Adelante.
- ¿Sabe usted si al capitán le gusta la carne de hipopótamo?
- Qué gracioso es usted. No parece un espía.
- ¿Y que parezco?
- Un personaje de un blog.
- No le entiendo.
- No importa. ¿Tiene fuego?

martes, 27 de enero de 2009

El espía que espiaba al capitán Katiuskas


Gerardo Vielba. Playa del Sardinero, 1960.

Donde el autor encuentra una foto que demuestra la existencia del capitán Katiuskas

“Verticales, de izquierda a derecha: un palo para los toldos, un paraguas, un hombre sentado leyendo el periódico de espaldas, un camarero congelado en pleno movimiento.

Horizontales; el mar suave, como un plato, con diminutas olas rompiendo en la orilla. La espuma, si te fijas, parece el borde churruscado de un huevo frito, que es como a mi me gustan los huevos fritos.

Desconozco el contenido de la bandeja del camarero. Podría ser la cabeza de un hipopótamo, de ahí el gesto apesumbrado del señor.
Desconozco, asimismo, el contenido de la maleta posada en la arena, junto al paraguas. Podrían ser periódicos o propaganda comunista. En cualquier caso, no hay duda de que el Capitán Katiuskas es feliz leyendo el periódico (una edición atrasada del Alerta, nada raro, pues he podido comprobar que siempre lee periódicos atrasados. Posiblemente se informe de la actualidad por la radio, o puede ser que al caballero no le interese la actualidad -algo extraño en un supuesto subersivo- y sea del tipo de personas que empiezan los periódicos por la contraportada y que se detienen, con especial atención, en la clasificación de la liga de fútbol, en los obituarios y en los precios del mercado de ganados de Torrelavega.

En el mar se adivinan las siluetas de cuatro barcos, y de fondo se escuchaba algo parecido al sónar de un submarino.

Aunque no se perciba en la foto, soplaba un ligero viento del nordeste".


En su despacho de la plaza Porticada, el General lee atónito el informe, escrito a mano sobre papel cuadriculado. Está preocupado. El Gobernador general vendrá a verle dentro de un rato y él sigue sin saber qué trama el Capitán Katiuskas. Vuelve a mirar la foto. Se levanta. Se sienta. Suspira. Algo le dice que ahora tandrá que ordenar que vigilen al espía que ha escrito el informe. “Una cadena de vigilancia infinita”, murmura. Tres ideas le paralizan: ¿por qué la cabeza de un hipopótamo? ¿por qué un huevo frito?. Y la peor ¿habrá alguien vigilándome a mi?