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viernes, 25 de junio de 2010

los portugueses hablan como los rusos

Donde el autor abandona las traineras y aprovechando los desechos del reportaje que está escribiendo para la revista que le da de comer, ensaya una crónica cara B de su último viaje al Algarve portugués, centrándose en los tiempos muertos, las frases oídas al azar y de fondo, el glorioso mundial.

El comienzo del partido entre Portugal y Costa de Marfil nos sorprende en algún punto intermedio entre España y Portugal. Navegamos por el Guadiana, aunque F, el fotógrafo no termine de creerme e insista en el Guadalquivir. A un lado, Alcoutim; al otro Sanlúcar del Guadiana, donde es una hora más tarde. Estamos atrapados en mitad de un huso horario y el barco se ha quedado sin gasolina. Miro a los pueblos blancos de ambos lados por si de alguno de ellos saliera un grito de gol. Silencio. Empate a cero, sobremesa con calor. A ambas orillas se distinguen, de vez en cuando, unas hermosas casas blancas, con sus propios embarcaderos, compradas por los ingleses cuando no costaban nada, me explica el barquero Rafa, seguidor del Recreativo de Huelva, con una mezcla de envidia y admiración por la capacidad previsora de los europeos del norte.

Luego la conversación gira en torno al tema estrella de la frontera: las historias de los contrabandistas, de la nostalgia del café y el tabaco, antes de que la entrada de ambos países en la Unión Europea hiciera inútil el tráfico de mercancías. Ahora es mejor con Marruecos. Mejor mercancía y no hay peligro de que entren en la Unión Europea. Seguimos el curso del río en dirección norte y llegamos al Puerto de la Laja; desde lejos parece un fuerte abandonado, pero se trata de los restos de un puerto en donde los trenes procedentes de las minas de Tarsis descargaban los minerales (perita y cobre) a los barcos de Sevilla. Ahora no hay calado suficiente para ese tipo de barcos, se resigna Rafa. Ni grandes barcos, ni contrabandistas.

A veces es difícil comprender las historias que cuentan los guías. Por idioma y por cansancio, o porque a mi me cuesta mucho sintonizar historias ajenas y cuando quiero prestar atención ya es demasiado tarde y no comprendo nada, y me da vergüenza pedir que empiecen de nuevo desde el principio. Conduce la guía, una portuguesa frágil, rubia, de asombrosos ojos azules y misteriosamente anodina. Lo más parecido a la euforia, a esa complicidad que a veces se establece entre extraños fuera de lugar, más aun cuando comparten diez horas seguidas de viaje, se produce después de adelantar a un coche en línea continua ante la mirada melancólica de un guardia de tráfico. Por alguna razón, el descubrimiento del agente nos provocó un ataque de risa a los tres, pero luego desapareció sin dejar rastro, como si alguien hubiese cerrado la ventana. La lánguida guía portuguesa me explicó algo de una amiga bióloga a la que encargaron realizar un estudio sobre los anfibios atropellados en las carreteras del Algarve. Y ella le acompañó una noche, conduciendo despacio a orillas del Guadiana en busca de anfibios muertos, y la imagen me pareció un buen comienzo para el día en el que los hermanos Cohen se decidan a rodar una musical en Portugal. La escena, con retoques, sería igualmente útil para un fantasía esquizofrénica de David Lynch. Dos chicas contando anfibios muertos de noche por las carreteras de Portugal. La banda sonora podría ser Maria Albertina, de Antonio Variaçoes, versionado por Humanos, a quienes escuchamos en el coche mientras atravesamos pueblos que se llaman Laranjeiras y Guerreiros, leemos carteles que anuncian Academia do Intelecto y comemos pegajosos bizcochos de canela. Portugal O- Costa de Marfil.



 En las horas previas al España-Suiza paseo por Tavira, un pueblo al que una revista de viajes no dudaría en definir como la Praga del Algarve y escucho a una cubana muy delgada gritándole a su teléfono movil, junto a una iglesia blanca: no le hagas caso, cuando toma le llevan los dominios. La nueva guía, hiperexcitada y gritona, levemente rechoncha, dice que una vez acompañó a un ministro de finanzas ruso que terminó comprando todas las bragas y vajillas de Portugal. Luego me recomienda encarecidamente ir a visitar las im-pre-sio-nan-tes (pronunciado así, en mayúsculas y con largos intervalos exclamativos entre sílabas) pirámides de Egipto realizadas con arena de playa en un parque situado en las montañas. Puestos a delirar, no me extrañaría ver aparecer un golem con espinas modelado a base de brandada, a Graham Greene acodado en el mirador del hotel ...no recuerdo el nombre del hotel, yo mismo resbalando por las escaleras del castillo, un terremoto.

En la isla de Culatra, en pleno Parque Natural del Ria Formosa, está prohibido construir hoteles. Solo pueden vivir en ella quienes posean una licencia de pesca. Las casas, construidas sobre la arena, son solo de un piso. Aunque imiten la tipología de las antiguas casas de pescadores, lo cierto es que abundan las fachadas con ese alicatado barato y estridente, tan ibérico, que se extiende desde el puerto de Sagunto hasta las vivienda neorurales de los ganaderos postmodernos de Cantabria y Asturias. El pueblo isla, la república de pescadores, está lleno de bares y en todos ellos se retransmite el Brasil – Corea del Norte. Los hombre beben cerveza, las abuelas charlan alrededor de mesas de plástico en sus terrazas y los niños pescan y se bañan a la entrada del puerto. Hay viveros de almejas y ostras francesas para exportar y ostras portuguesas para los portugueses. La guía me señala pájaros en el aire. Posteriormente, por una serie de extrañas casualidades acabaremos en un banco de arena en mitad de la ría (como Maldivas, en optimista apreciación de F), haciendo fotos a un grupo de chicas con vestidos blancos y diademas hippies que se mueven en coreografía de anuncio de compresas, corriendo descalzas hacia una manada de pájaros, bebiendo champan al atardecer, girando como peonzas con las manos entrelazadas.

Las relaciones públicas del hotel ha quedado a cenar con nosotros en el bar playero de ambiguo estilo ibicenco, con la molestia añadida de que el altavoz junto a mi silla taladra música chill out en mi oído. Imposible escuchar el mar. Uno nunca sabe cómo ha llegado a una de estas cenas de compromiso que no apetecen a nadie. La relaciones públicaS se ve obligada a invitarte a cenar y tú te ves obligado a aceptar, aunque lo más civilizado hubiera sido no preguntar o responder, no gracias, estamos muy liados. Sin embargo, la cena es relativamente satisfactoria.

La relaciones públicas, admiradora de Telva y de la figura femenina liberada que proyecta Telva (sic), responde a mi protocolaria pregunta de si conoce Madrid con un emocionado recuerdo a “un lugar muy espiritual con un gruta”. Tiemblo. ¿El Valle de los caídos? Si, el valle de los caídos. Le explico algunas detalles del making of del templo. Luego dice que en una ocasión, un taxista sevillano les confundió a ella y a una amiga, con turistas rusas. Buen golpe. Risas. Pero a ella no le extraña tanto porque, añade, “es verdad que el portugués hablado rápido se parece al ruso”.

La relaciones públicas, que es alta como una modelo rusa, interrumpe la cena misteriosamente y acude al hotel. A su regreso nos explica que ha tenido que hacer frente a un motín de golfistas ingleses borrachos atrincherados en el hall. El altavoz sigue emitiendo música chill out con mensaje, de hecho ahora se escucha una voz alucinada que recita unos versos enunciativos del tipo “la vida es espiritualidad, alegría y sufrimiento”. Un camarero rebozando lorzas en una camiseta ajustadísima se interesa por el estado del bacalao. Muy salado, le decepciona F.

Paseo solitario por la marina del pueblo, lleno de restaurantes, pubs ingleses y tiendas de Cristiano Ronaldo, antes de regresar al hotel, desplomarme en la cama de las Cien Almohada Gordas y Mulliditas, encender la tele, escuchar en la TV gallega a una mujer explicando la fraternidad celta y atlántica entre Bretaña y Galicia, repasar el rebote infinito del balón jabulani entre culos y cejas rotas en el gol de Suiza a España, y emular a Baudelaire en versión oficinista de viaje de trabajo con una misteriosa anotación en mi cuaderno verde: “un oasis de aburrimiento en un desierto de rutina”. Otra anotación: un adolescente de Olhao, aprendiz de escritor, impresionado por el realismo sucísimo de Trilogía de la Habana, de Pedro Juan Guitérrez, decide abrirse un blog en el que narra sus experiencias sexuales con las turistas inglesas más tristes, obscenas y feas que caza en los karaokes de la marina de Vilamoura.

Almejas con mucho ajo en una playa de la costa Vicentina. Hace frío fuera, sopla el viento, marca México contra Francia y todo el bar lo celebra: la familia alemana de la mesa de al lado, la camarera portuguesa, los periodistas españoles. Suena Abba en el coche de regreso a Aljezur, donde nos espera una pensión de cortinas rosas, lámparas de imitación de Lladró, orinal en el armario, vistas al océano. En el bar de abajo, Don Antonio me sirve cervezas, me habla de Mourinho y me pregunta con naturalidad si se pueden comprar las recomendaciones de los hoteles en mi revista. Le miento y le digo que no.

Al día siguiente ceno con varias estrellas michelin rodeado de mi fotógrafo, el responsable de turismo, el relaciones públicas del hotel, que parece el guardaespaldas ucraniano de un mafioso ruso y que se dirige a nosotros como un broker paranóico susurrando crashes, y un holandés de 75 años sin lengua y con el labio superior hinchado, quien todavía sigue soñando con sus pipas y sus cigarros. La cena transcurre con normalidad. El responsable de turismo inicia una previsible disgresión sobre vinos. Se va calentando hasta que termina recitando una ampulosa declaración de odio a los vinos franceses. Grita, amenaza, ensaya asombrosas y escatológicas metáforas, en un tono de fingida indignación les llama estafadores, ignorantes, ladrones y celebra el nacimiento de una nueva Era de los Vinos, en donde nadie beberá vino francés y Portugal será campeón del mundo y los holandeses sin lengua podrán volver a fumar en pipa. En la pantalla, Inglaterra no pasa del empate a cero ante Argelia.


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miércoles, 2 de junio de 2010

Rimbaud, cadáver exquisito



Donde el autor crea un cadáver exquisito con las frases subrayadas a lápiz en el libro Cartas abisinias, escritas por el poeta Rimbaud entre 1880 y 1891, mientras intentaba hacer fortuna con diversas empresas comerciales a lo largo del Mar Rojo y Etiopía. Es un libro asombroso, recientemente editado por Ediciones del Viento, que reúne las cartas enviadas por el poeta a su familia y socios comerciales. Son cartas a ratos anodinas y convencionales, llenas de formulismos, plagadas de referencias a indemnizaciones y matrimonios, trámites burocráticos y disputas comerciales; cartas llenas de números que registran inversiones, cargamentos y temperaturas insoportables; cartas llenas de proyectos poco realistas y sueños de una vida burguesa en Francia. Gravemente enfermo, el poeta regresará a Francia, donde se le amputará la pierna infectda y donde morirá, a los 37 años, a las 10 de la mañana el 10 de novimebre de 1891. Lo que sigue a continuación es una deconstrucción de sus diarios utilizando solo frases textuales del libro que fui subrayando y convirtiendo luego en versos. He intentado respetar el orden cronológico, es decir, el orden de aparición de estos fragmentos a lo largo del libro, con la intención de transmitir la evolución de los negocios, cuitas, anhelos y miedos de Rimbaud.

Le ruego me envíe, lo antes posible, las siguientes obras que figuran en su catálogo
 
Tratado de metalurgia
Hidráulica urbana y agrícola
Comandante de navíos de vapor
Arquitectura naval
Polvos y pólvora
Minerealogía
Albañilería
Libro de bolsillo de carpintero


¿Existe un arma especial para cazar elefantes?
¿Su descripción?
¿Sus recomendaciones?
¿Dónde se puede encontrar?
¿Su precio?

[El cazador de elefantes que nos enviaron de Adén caracolea indefinidamente por las gragantas del Darimont

y provocaba
sospechosas sesiones geodésicas
retorciendo sextantes
a lo largo de toda la ruta]

Que desoladora existencia
arrastro bajos estos
climas absurdos
en condiciones tan insensatas

siento que me estoy volviendo
muy viejo
y muy deprisa

oficios idiotas
compañías de salvajes
o imbéciles

países horribles
negocios deplorables

[Tengo una excelente reputación
que me permitirá ganarme la vida
convenientemente]

para casarse hacen falta rentas
y esas rentas
yo no las tengo

compro cantidad de otras cosas
gomas
inciensos
plumas de avestruz
marfiles
pieles
clavo
etc

Quizás nos bombardeen proximamente

adén es el cráter
de un volcán apagado
con el fondo lleno
de arena del mar

abisinia es delicioso
no hace ni frío
ni calor
abisinia es la suiza africana
sin inviernos
y sin verano

Me llegan miles de fusiles de Europa
voy a formar una caravana
y a llevar esta mercancía
a Ménélik,
rey de Choa

[no vayan a pensar que me he convertido en tratante de esclavos
las mercancías que importamos son fusiles]

60.000 cartuchos Remington
a 60 dólares el millar
3.600 dólares

contratiempos increíbles
paciencia infinita

cansancio inimaginable
privaciones abominables

no puedo volver a Europa
tengo mucho miedo del frío

[querríamos crear una raza superior de asnos
¿dónde se invierten los fondos para una renta vitalicia?
¿cuál sería su interés?
¿podrían darme el nombre de los mejores fabricantes de telas de Sudán?]

el señor cónsul de Francia
puede informarle
de mi honorabilidad
y de mi conducta
en general

oro
nuez moscada
marfil
café
etc

y las varices
se han complicado
con un reumatismo

Mi querida mamá:
hazme un favor
cómprame tú
unas medias para las varices
para una pierna
larga
y delgada
el número de pie
es 41
creo
que no son caras
además
te las reembolsaré

desde que le enseñé mi rodilla
el doctor inglés chilló
enseguida habló
de cortar la pierna
soy un verdadero esqueleto
doy miedo

Las medias ya no sirven para nada
en algún sitio las revenderé

Le saludo de todo corazón

Señor Arthur Rimabud
Hotel del Universo,
Adén



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martes, 27 de abril de 2010

Estadísticas para el congreso de hostelería

Donde el autor intenta hacer periodismo de viajes con estadísticas y desglose por países y le sale una elucubración, para qué engañarnos, entre bolañiana y quimonzesca.

Me llega un correo de una web de reserva de hoteles. De vez en cuando, para atraer la atención de los medios y darse publicidad, elaboran estudios del tipo "qué clase de objetos se olvidan los clientes en un hotel",  confiando en ser rebotados en las noticias de la Sexta y en blogs como este. Asocio la aparición de estos informes a la primavera, época de cierto revuelo hormonal y risa fácil –decía una amiga hoy comiendo bajo el sol en Olavide que Madrid en primavera parece una de esas comedias noventeras de Coque Malla–.

En cualquier caso, el último estudio elaborado por la agencia hotelera se titula: "EL 40% DE LOS ESPAÑOLES ESTARÍA DISPUESTO A MENTIR PARA OBTENER BENEFICIOS EN LOS HOTELES". En medio de una marea de spam real y spam metafórico, el asunto en mayúsculas invitaba a pinchar. Y esto fue lo que hallé:

- El 8% de los españoles ha rellenado las botellas del minibar con agua para no pagarlas 
- Un 10% ha logrado una habitación mejor o una botella de champagne al inventarse que estaba de luna de miel
- El 50% de los italianos que da nombre falso lo hace para parecerse a las celebrities
- El 40% de los noruegos que se registra bajo otro nombre utiliza “Olsen” o “Hansen”El 20% de los alemanes que se registra con nombre falso utiliza el apellido “Müller”

He leído el informe en voz alta. Y luego he pensado en cómo sería mi informe si alguien alguna vez me encargara un informe.

- El 10 por ciento de los alemanes que viajaron a Lloret de Mar fuera de temporada se asomaron a la ventana, vieron a una persona fumando tras los cristales de una cafetería vacía y sintieron miedo.

- El 2,5 por ciento de las mujeres que se alojaron en el hotel Silken Río de Santander con vistas a la playa del Sardinero desearon que uno de los chicos que jugaban a las palas junto al muro de piedra dejasen la pala en la arena, se despidiera de sus amigos, subiese las escaleras, cruzase la calle, entrara en el hotel, llamara al ascensor, empujase la puerta de su habitación en la segunda planta y, sin mediar palabra, la follase repetidamente encima de la cama sin quitarse ella el albornoz.

- El 30 por ciento de los periodistas alojados en un hotel de cinco estrellas miraron alrededor de su suite y se dijeron bueno y ahora qué, y no hallaron repuesta.

- El 15 por ciento de los viajeros veinteañeros que llegaron de madrugada a ese hostal del Raval de Barcelona con aspecto de corrala madrileña se sintieron súbitamente novelescos.

- El 33 por ciento de las parejas alojadas en una de las habitaciones con forma de celda de monasterio en la Posada San José del casco viejo de Cuenca, junto a la catedral, estuvieron seguros de haber sentido un fantasma.

- El 1 por ciento de los fotógrafos que dormían en una haima en el desierto del Sahara confundieron el deslizarse de un gato bajo la cama con el ataque una rata gigante portadora de peste negra. De este uno por ciento, un cien por ciento gritaron en mitad de la noche despertando al redactor que dormía a su lado.

- El 5 por ciento de los estetas que durmieron en un piso de realismo socialista en Praga utilizaron el sonido de un secador de pelo a modo de nana.

lunes, 15 de marzo de 2010

It´s deep in the middle

Donde el autor deconstruye, a modo de oda, el desierto australiano. El resultado es un cóctel de atropología light, plagado de prejuicios, delirios y sucesos paranormales

Frases que voy oyendo sobre los aborígenes
They sit and do nothing
No tienen ética del trabajo ni del ahorro
No son tan ordenados (tidy) como los blancos
El gobierno se gasta mucho dinero en ellos
y cada vez mueren más pronto
los padres beben, los hijos esnifan gasolina

En el duermevela febril del coche por la tarde
con seis dioptrías por ojo
distingo claramente el perfil de un aborigen
en una nube en el cielo
y un grupo de nativos armados
en los arbustos al borde de la carretera

el desierto,
como las diapositivas de capiteles románicos
en clase de historia del arte en COU
los lunes a primera hora de la mañana,
se presta fácilmente al delirio

unos franceses y australianos se bañan en una poza en un cañón en el desierto
It´s deep in the middle
dice uno de ellos
y yo apunto la frase en mi cuaderno
y me prometo usarla
en una oda al desierto
completamente fuera de contexto

llegan nadando a una pared de piedra
y uno a uno van escalando
medio efebos medio monos
Como un cortejo
los chicos saltan cada vez desde más alto
mientras ella, bikini negro, los mira en escorzo

Finalmente hasta la chica francesa
salta al agua
de pie y tapándose la nariz con los dedos
y su grito y su risa
remiten indefectiblemente
a verano en el Sardinero

Vamos a ver un pueblo aborigen modélico.
Wallace Rock Hole
dice el guía.
pero cuando llegamos ya está cerrado para turistas
Subimos a lo alto de una colina y nos muestra orgulloso unas placas solares
con forma de antenas caza ovnis
el reflejo del sol
ya podéis imaginaros
es asombroso
El fotógrafo, a falta de aborígenes sonriendo
fotografía teléfonos intergalácticos

Vamos a ver otro pueblo aborigen, reacciona el guía
Se llama Hermannsburg,
y lo fundaron pastores luteranos alemanes
En los porches de las casas, coches desvencijados y niños desnudos
en la iglesia fotos de aborígenes en blanco y negro
y cuadros chillones de Jesucristo en Palestina
y música de fondo de un coro de mujeres
En el museo, una pequeña cafetería
La especialidad de la casa
apfelstrüdel

en la habitación de al lado
un grupo de turistas alemanes
con máscaras anti moscas y pantalones cortos
ríen animadamente mientras ven, de fondo,
de pasada
con desgana
a un viejo aborigen
comiendo carne con la mano
en un documental de los años 70
(aproximadamente)

Afuera, una plantación de palmeras
plantadas por un camellero afgano en el siglo XIX
¿qué le dice un camellero afgano a un aborigen australiano?
o un cuento de Borges
o se cierra el telón.

Llegaron a través del estrecho de Timor
al menos hace 40.000 años
Eran cazadores recolectores
eran nómadas
no tenían agricultura
ni ganadería
cazaban mediante la técnica de fuego
aún a veces lo hacen
y provocan terribles incendios,
comenta el guía disgustado

Hace millones de años
un cometa impactó en Goosse Pluff
y el guía compara las colinas concéntricas
con las ondas que forma una piedra en el agua.

Según la explicación de los aborígenes
este lugar fue creado por el impacto de un bebé
caído del cielo
por un descuido de las siete hermanas danzantes
las pléyades
Es decir,
misma explicación científica y mitológica
para un mismo acontecimiento geológico.

El guía está exultante,
orgulloso de los aborígenes
ahora mismo estaría dispuesto a olvidar
sus incendios
sus alcoholismos
su pereza
su gastos del erario público.

Por la noche, cenando
cocodrilo, kanguro y salchichas de emu
el fotógrafo rompe su silencio
apoya el tenedor en el plato
apura su copa de vino blanco
y mirando fijamente al guía
pronuncia una frase enigmática

In Spain babysi(s)ter is kangaroo



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jueves, 11 de marzo de 2010

Irlanda es una cajetilla de cigarros


Donde el autor prosigue su periplo australiano centrándose en esta ocasión en una ciudad infame, de nombre Alice Springs, sita en el corazón del desierto, en donde conviven blancos supuestamente felices y libres, aborígenes alcoholizados que se apartan las moscas con los brazos (y muy lentamente) en vez de con las manos (y a sacudidas). Un lugar en el que, si te despistas, puedes acabar bebiendo por las noches junto a un fontanero irlandés.



El primer aborigen que ves en Australia, en una tienda de souvenirs de Melbourne, es un niño sonriendo en una postal color sepia. El segundo es un zombie alcoholizado sentado en Alice Springs, mutilado, que se aparta las moscas lentamente con el brazo y vende en silencio cuadros de motivos geométricos e inocentes acuarelas del desierto. A su lado, un grupo de chinos pasean un dragón de colores. Millones de moscas. Por inercia, te compras un sombrero de alas grandes que mantenga toda tu cara en sombra.

Esos motivos geométricos los has visto una horas antes, acompañados de búmerangs flotantes, en los vestidos de las azafatas de Qantas. Vestidos plomizos envolviendo mujeres sólidas.

Intuyes que los aborígenes pueden ser un buen tema de conversación para los próximos días de carretera, aunque luego comprobarás que el guía prefiere hablar de animales, a ser posible pájaros, y plantas. Los eucaliptos son muy resistentes. Los pájaros, de colores. Los caballos, salvajes. Los camellos (traídos en el siglo XIX desde Afganistán y Oriente Medio) muy divertidos de cazar desde el coche y con lazo. Los canguros pueden matarte por aplastamiento. También me habla de piedras. El problema es que a mi me falta perspectiva geológica. Las cifras de millones de años no me impresionan. Es más, me suenan a cifra aleatoria, a gran estafa, a conjura científica. En ese sentido, soy más jesuita; me muevo mejor en cifras bíblicas, todo el universo concentrado en unos pocos miles de años.

En 1872, no me pregunten cómo, era posible mandar un telegrama desde Sidney hasta Londres. Para eso hubo que colonizar el desierto mediante estaciones de telégrafos que recorrían la isla desde el sur hasta Darwin, en la costa norte. Un cable submarino atravesaba luego el Mar de Timor hasta Java, y desde ahí a través de Asia y Europa, all the way until London. Los mensajes tardaban siete días en llegar.

Por eso existe Alice Springs, en donde se instaló el puesto de telégrafo más importante del centro del país. Un museo lo recuerda. Otro museo recuerda la fundación del servicio aéreo médico Royal Flying Doctor Service, que extendió la cobertura médica a las zonas más remotas del país a través de pilotos conectados por radio con los médicos de la lejana Darwin. La lista de museos es larga, nuestra impaciencia creciente. Hay también un parque que recrea el desierto en mitad del desierto. Con tanto éxito que nos encerramos en la cafetería con aire acondicionado bebiendo a chupitos una botella de agua de litro y medio. Frustración de domingo por la tarde. Nos sentimos abandonados y ridículos. Vagamente desgraciados. Y todavía quedan las galerías de arte aborigen. Llegó el momento de las grandes frases, del golpe en la mesa. Suelto la bomba, mirando fijamente a los ojos del guía, vocalizando lentamente, como dando a entender que mi frase no es una boutade, sino una reflexión fruto de años de estudio: “You know, I think aboriginal art is overstimated”.

El guía, un profesional, no parece impresionado.
Visitamos la galería de arte de aborigen.
Me acuerdo de las azafatas de Qantas

Una larga historia la conquista/descubrimiento del desierto australiano. Los anglosajones han preferido siempre mostrar al mundo el lado más épico de sus viajes, desde la derrota de Scott en la Antártida, hasta la milagrosa supervivencia de Shackleton tras quedar varado en el hielo. Yo prefiero la expedición de Robert O ́Hara Burke y William John Willis: en 1860 partieron de Melbourne aclamados por prensa y público con el objetivo de atravesar el país ahí por donde más duele, el ignoto desierto, y en verano. La comitiva partió con 700 kilos de azúcar y una completa colección de mobiliario estilo chippendale, en donde no podía faltar “un gong chino, un escritorio, una pesada mesa de madera con taburetes a juego y un equipo de cepillos para caballos” (En las Antípodas, Bill Bryson). Con tanto equipaje, apenas había hueco para agua y víveres. La excursión acabó como acaban estas cosas.

El taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel era originario de Sidney y llevaba 30 años viviendo en Alice Springs, pero su forma de hablar me hizo pensar que era el superviviente de la expedición de los 700 kilos de azúcar. O uno de los primeros colonizadores de Australia (presos trasladados a la fuerza desde Inglaterra), a quien un compañero había vendido un falso mapa para llegar andando a China. “Primero se fueron mis hijos, luego mi mujer y ahora estoy libre. Me encanta esto. Buen tiempo y sin los agobios de Sidney. Siempre me ha gustado todo lo.... todo lo espiritual. Aquí tenemos de todo”, dice señalando a un Kentucky Fried Chicken, patrocinador, por cierto, de la selección australiana de críquet.

Por la noche, un fontanero irlandés se sienta a mi lado. Bebe whisky y cerveza. La conversación gira en torno a tres ideas centrales:

1- Irlanda está hecha una puta mierda y antes que quedarse en casa y volverse loco, ha preferido buscar trabajo en Australia para luego volver a Irlanda y comprarse una casa grande. Muy grande.

2- Australia es una mierda, los australianos son ignorantes, lentos y vagos y se ríen de su acento. Un fontanero irlandés equivale a diez fontaneros australianos.

3- Las mujeres españolas son hermosas y el futbolista Henry un caballero por reconocer que la tocó con la mano.

El fontanero irlandés, a diferencia de los taxistas australianos, sí siente nostalgia por su casa.
El fontanero irlandés me explica el mapa de Irlanda sobre una cajetilla de cigarros con la foto de un bebé incubado. Su pueblo está en la parte de abajo de la cajetilla, a la izquierda, “y creéme, coges cualquier rincón de Australia y lo hay mucho más bonito en Irlanda”.

sábado, 27 de febrero de 2010

Oda a la oficinista croata en el tranvia de Melbourne



Donde el autor, en visperas de abandonar Australia relata, sin acentos (no los encontre en este teclado), uno de los episodios mas insignificantes acontecidos durante un viaje que merecera mas esbozos, odas y severas reflexiones en las proximas semanas. Solo adelantar la posibilidad de que Australia, como tal, no exista.

Rechoncha sin gordura, vestido gris de oficinista sin aspiraciones y blusa color carne como las bragas de una abuela. Sentada a mi derecha, junto a la ventana, en el tranvia que va desde la playa de St Kilda al centro de la ciudad de Melbourne. Lee un periodico en croata con noticias locales de Melbourne. No hay que saber croata para darse cuentas de estas cosas. Espio, primero de refilon y despues de lleno, aprovechando que miro con gesto preocupado por la ventana como si intentara averiguar donde diablos estoy. No hay que ser un detective para saber que soy un turista, o algo parecido, asi que no llamare la atencion. El periodico combina noticias en croata con noticias en ingles. Ahora lee una entrevista a la embajadora australiana en Zagreb. Tiene (la oficinista, no la embajadora) labios jugosos y manos robustas de campesina pasiega (no es una metafora, creci con una campesina pasiega en la esquina de mi casa; su padre, tambien pasiego y campesino, perseguia con una hazada a mi perra que se cagaba en sus pastos y yo lloraba). Noticias de tenis, noticias de equipos de futbol croatas en ligas melbournianas. Me fijo y creo que es mas guapa en persona que en su reflejo en la mampara, que la arechoncha con injustucia. Le llaman por telefono y responde en ingles. Por el tono de voz podria ser su madre preguntandole por su dia de trabajo o su novio-esposo preguntandole si le falta mucho para llegar a casa. En cualquier caso, responde que no sabe. Lo que tampoco sabe ni podria llegar nunca a imaginarse es que el chico sentado a su lado le esta convirtiendo en la protagonista de una oda a una oficinista croata en el tranvia de Melbourne. Hace mucho frio dentro del tranvia por culpa del aire acondicionado y mientras escribo mentalmente mi oda a mi oficinista croata sentada en el tranvia de Melbourne siento como se me repite gloriosamente la cebolla de los mejillones comidos en la cafeteria que remata el muelle de madera de St.Kilda.

El reportaje que salió de este viaje podrás leerlo aquí


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martes, 26 de enero de 2010

Visit Armenia

Monumento en memoria del genocidio armenio, en Ereván.

Donde el autor hace turismo a la manera de los Mad Men

A nadie le gusta Fitur, salvo a mi.

Me gustan las conversaciones tipo

¿dónde está Francia?,
nos vemos en Tailanda,
hay sorteo en Grecia
.

Me gusta ponerme zapatos una vez al año y camisa por dentro y jugar a comercial en pabellones de colores forrados de moqueta. Me gusta sentirme viajante de feria de convenciones. Me gusta sacudir manos, sonreir, fingir asombro y sorpresa al reencontrarme con colegas de profesión, deslizar maledicencias cínicas entre caña y canapé, sentarme y que me hagan la pelota, reir gracias, poner nervioso al guardia de seguridad del stand israelí que, apoyado en una columna de Italia (el atlas de Fitur es inescrutable) vigila a los transeúntes bomba, mientras una pareja en bañador, posiblemente de una ETT de Móstoles, juega a las palas en mitad del pasillo imitando, imagino, una estampa marítima de las playas de Tel Aviv. El plato de macarrones, todo hidratos de carbono, ya casi desfallecido, a las 4 de la tarde. El cigarro en la puerta. Me gusta el tópico de la azafata rubia del stand de Suecia, la dignidad del anciano catalán que vende viajes a Armenia. Apoyado en la barra del stand, mientras ordena panfletos en una carpeta de colegial, nos ofrece una visión certera, eficaz y sin eufemismos sobre los flujos turísticos entre España y Armenia. Sin fatalismo, pero sin rodeos, como un artículo de The Economist recitado por un vendedor de máquinas de coser Singer. Rodeado de azafatas orondas de faldas largas como cortinas y tristes posters demodés, entre inocentes y melancólicos, en los que Erevan parece una ciudad de ciencia ficción de los 70, recién atacada por ovnis fálicos.

A nadie le gusta Fitur salvo a mi.


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lunes, 18 de enero de 2010

Odio eterno al fútbol moderno

Donde el autor se va de excursión un domingo por la mañana

El domingo de fútbol en Vallecas es un recurrente sueño indie. Por su horario insólito (a las 12 de la mañana, que obliga a un madrugón heroico) y por su carácter de excursión dominical, en vez de a la sierra, a un “auténtico” barrio obrero. El indie, criado y bebido entre orines y grafittis de Malasaña siente una irresistible Simpathy for the poor, the broken and the painted. Además, lo más importante, el detalle sin el cual toda mi anterior diatriba su derrumbaría en la nada, es el hecho de que las cañas son baratas y las tapas, aparentemente, más generosas que en el centro de Madrid, territorio abonado a la patata frita, el revuelto de kikos (los señoritos del norte preferimos decir maicitos) y a las contradictorias cortezas de cerdo que solo de mirarlas dan ardor de estómago sí, pero también promesa de grasa crujiente.

Desde lo alto del estadio del Rayo Vallecano se obtienen una de las mejores vistas de Madrid. En concreto desde los vomitorios exteriores de las tribunas laterales. Entre el público hay una proporción de chándales inimaginable en otros templos como el Bernabéu. Ambiente de campo inglés, fina lluvia horizontal en la segunda parte. Entre los cánticos de los bukaneros, que así se llaman los ultras del Rayo, hay odas al porro, llamamientos a la revolución, pim, pam, pum, juramentos de fidelidad eterna, deseos de matar a un ultrasur, pero, por encima de todo, un extraña declaración de principios nunca antes oída en un campo de fútbol. Dice así, textualmente: “odio eterno al fútbol moderno”. La proclama es recogida con regocijo por unos tipos infames.

El equipo visitante era de altura: el Hércules de Alicante, lider de la segunda división. La cosa sucedió más o menos así: baile de goles, 7 de ellos en la segunda parte, remontada del Rayo (de 0-2 a 3-2), remontada del Hércules (de 3-2 a 3-4), empate agónico del Rayo (4-4) en tiempo de descuento, cantado por el speaker con un bíblico: “no era justo, no era justo, por fin se hizo justicia”. Sentimientos encontrados en la afición local que, bajando por las escaleras del estadio, se debate entre la rabia de dejarse remontar un partido milagrosamente remontado y la satisfación final de empatar milagrosamente un partido que te acaban de remontar.

Después del partido, un malagueño, un alicantino y un santanderino descienden por la avenida de la albufera, que cae hacia Madrid con una inclinación leve pero infinita. Bien sabe el viajero que un barrio desconocido es más ignoto que un desierto lejano. Por el camino, caña y cuña de pizza taradellas, caña y lacón azapatado sobre pan inane, caña y chupito de alita de pollo, caña y un mejillón, uno, a la vinagreta, caña y resumen en la tele de un Vietnam 1 Líbano 1. Desconcierto momentáneo y lectura de titulares de prensa sobre la barra.

En algún momento, la sensación en la calle es de pueblo abandonado. Los rayistas ya están en casa durmiendo la siesta. Fuera solo nosotros y los camareros que a veces barren servilletas debajo de nuestros taburetes.



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viernes, 15 de enero de 2010

No por desidia, sino por estancamiento




Sobre una viga sobre el vacío una niña con coleta está a punto de echar a volar.

Junto a ella, un cartero intenta cazar pájaros con el sombrero de la niña.

El viento mueve las tenazas del cartero como un péndulo.

Joder, eres un inútil, le recrimina al cartero la niña con coletas.

El cartero suelta las tenazas y el sombrero cae al abismo.

En la parte inferior del cartel, escrito con caracteres verdes, puede leerse el siguiente lema: donde el autor rellena como puede su blog, al cual tenía últimamente muy abandonado, no por desidida, sino por puro estancamiento. Aparentemente no hay moraleja.


La foto es de
Félix Lorenzo El texto que rodea a la foto está aquí.





lunes, 4 de enero de 2010

Parte de Navidad


Donde el autor escribe un teletipo urgente a modo de esqueleto


Comida de Navidad. Aeropuerto de Madrid, Barajas. Terminal 2. Bocadillo de jamón, pincho de tortilla y cerveza (mahou). Asiento pasillo, rodeado de familia con tres hijos. Ligeras turbulencias sobre el Atlántico hasta cierto punto emocionantes. El niño de la ventanilla ríe nervioso. El padre riñe al niño que rie. Aterrizaje no tan brusco, después de todo.

Concierto de navidad junto al puerto deportivo de Santa Cruz de Tenerife. Acústica de solo de violín punteado por ráfaga de viento contra las lonas de publicidad; brisa del Atlántico con olor a gofres y castañas asadas. Por un momento, el balanceo de los mástiles de los veleros parece acoplarse con el ritmo de una habanera de Albéniz.

Los semáforos para peatones lentos, el café hirviendo y con un deje a lejía, no importa, ya me acostumbré, los bocadillos deliciosos, los zumos de naranja con hielo y azúcar y poca pulpa. En el bar Cantábrico, en uno de los laterales del Mercado de Nuestra Señora de África, el ambiente es de tétrico trópico, aprehensión acaso acusada por la música caribeña de la tienda de al lado y por la abultada presencia de lisiados, alcohólicos y gente deforme en general.

Después de las uvas me asomo a la ventana en busca de un pensamiento profundo que interprete y resuma el año vencido y que marque pautas sólidas para el año entrante, pero justo cuando empiezo a sintonizarme, la persiana cae sobre mi cabeza. "Te podría haber matado", según las versiones más optimistas.

Una luz encendida a las 12 de la noche en lo que podría ser la oficina de la redacción de Efe. Podría ser. No recuerdo exactamente.

De nuevo retraso. Gin Tonic a bordo, 5 euros. Taxista a 150 por la autopista vacía y con niebla de madrugada.

Mi casa, mi cama.

lunes, 30 de noviembre de 2009

El mapa de colacao

Donde el autor rompe su silencio, no con palabras (porque no se le ocurren, a veces pasa) sino con un mapa sacado de una enciclopedia escolar de los años 60. El ilustrador se llama Herbert Pothorn y el mapa lo he robado del blog 4ojos .





Y aquí, el mismo mapa revisitado por un ilustrador actual, Jose María Lema.





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martes, 10 de noviembre de 2009

Peter Pan busca piso en Berlín

Nido

Donde el autor, a propósito de tanta efeméride sobre la caída del muro, muestra su Berlín.

Si quieres leerlo, pincha aquí.

p.d: lo que se ve en la foto es la Filarmónica de Berlín que, en una ocasión, en una mañana de invierno, se me apareció nítidamente como un nido

Bonus Track:

lunes, 26 de octubre de 2009

María tenía un cordero pequeñito



Donde el autor lee, desde los cuarteles de otoño en Madrid y con envidia, la gran Mixtape Americana y se acuerda del año 1987 o 1988, cuando él mismo vivió en la región de los grandes lagos y viajó a bordo de un oldsmovile blanco-crema semidesnatado con matrícula azul.

Yo viví en Michigan, con mis padres y mi hermana, entre 1987 y 1988. En Okemos, East Lansing, Lansing, capital del Estado y patria chica de Madonna y Magic Johnson. En una hipotética guía de viajes sobre Lansing recomendaría la tienda de helados de la facultad de medicina de la Michigan State University, cuyo símbolo (el de la universidad, no el de la heladería) era un casco de espartano blanco sobre fondo verde, el restaurante-franquicia Red Lobster y mi colegio, Wardcliff Elementary School, donde cumplí, sin yo saberlo, con el el mayor hito iconográfico del nerd: con 8 años entré en el equipo de ajedrez del colegio, ganamos la liga local (y, humildemente, le gané a todo redneck que se me puso a tiro; por cada victoria una cinta azul) y me seleccionaron para jugar el campeonato estatal en Detroit. A mi madre eso de mandarme a Detroit le dio miedo y ahí terminó mi etapa de genio infantil. También me apunté al equipo de soccer, donde me esperaban como un mesías; no por algo yo en los recreos dejaba a mi paso un rastro de compañeros regateados como nunca antes hice -ni fui capaz después de hacer- en España. Yo era “from Spain” y el mister soñó victorias. El primer partido perdimos 8-1 y el entrenador, que concebía el fútbol como un futbolín de líneas estáticas en el que nadie podía abandonar su posición, los defensas en la defensa, los centrocampistas en el centro del campo, los delanteros, delante, todos clavados con tornillos invisibles al esplendor en la hierba, nos dijo “great job”. Bebíamos zumo en botella de gallon en el descanso, y la camiseta era reversible, azul y roja, pero perdimos igual todos los partidos. Todos menos uno, que empatamos a 2. Recuerdo el tanteo final porque nos empataron en el último minuto con un gol de panalty que yo provoqué al coger el balón con la mano dentro del area. Puto árbitro.

En el campamento de verano, mientras tiraba al arco, vi el cielo a punto de explotar o de sangrar o de centrifugarse, como una galerna manga saturada en photoshop, y sentí uno de los mayores pánicos de mi vida. Nos evacuaron en autobús al pueblo más cercano y todos mirábamos hacia atrás buscando el tornado. En clase de historia mi maestro letón explicó con grave mesura las matanzas de los españoles en el descubrimiento de América y mis compañeros me miraron medio censores, medio fascinados por tener delante a un descendiente de esa lejana raza de bárbaros genocidas. Por lo demás yo les ganaba a todos ellos en los spelling test, y en el playback que hicimos de She Loves you, de los Beatles, me reservaron el papel de batería, y el problema es que yo tocaba la batería un poco como mi entrenador concebía el fútbol, con líneas estáticas, golpe a la izquierda, golpe al centro, golpe a la derecha, y vuelta a empezar. Mi profesor letón (mamá, ¿dónde está letonia?), que se llamaba algo así como MR. Gatis Lusis, y tenía bigote, me animaba a desmelenarme y a golpear con furia y sin orden los platos de cartón. Pero a mí, obviamente, me daba vergüenza. La batería, vergüenza; el piano, aburrimiento. Mary had a little lamb, little lamb, little lamb. Que manera de acelerarme con el pequeño cordero de María. Más despacio, más despacio. Pantalones cortos verdes en mi primer recital ante unas 10 personas. El profesor de piano era vietnamita y nos invitó a cenar a su casa y nos sentamos todos en el suelo y mi padre tiró dos veces el vino sobre la moqueta (mamá, qué hace un vietnamita en Estados Unidos?). Una chica de mi curso murió atropellada por un tren cuando regresaba andando a su casa roulotte como las de mi vida sin mi. Murieron ella y su hermano, y yo recuerdo que los niños atropellados en las vías de tren eran como los avisos de tornado, las madres divorciadas cinco veces, los colombianos que se avergonzaban de hablar español y los lagos completamente congelados: algo habitual. Los padres de la niña de mi curso mandaron una circular a todos los padres del colegio para recaudar dinero para el entierro. Los Detroit Pistons perdieron la final de la NBA contra los lakers y yo confundía Pensilvania con Transilvania. Cuando aterrizamos en Madrid, un año después, todo

(Madrid desde el cielo,
el aeropuerto,
los guardias civiles,
el coche de mis tíos)

me pareció pequeño y cutre.

Con el tiempo dejé el soccer, el ajedrez, el piano y los tornados.



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miércoles, 14 de octubre de 2009

Those fancy names



Donde el autor regresa de un viaje a Inglaterra y Escocia y descubre lo que siempre sospechó, que los habitantes de esas tierras hablan igual que en los listenings del colegio y los capítulos de Follow Me

Un librero galés charla con un joven irlandés en la librería South Side Books de Edimburgo. No es la librería más pintoresca de la ciudad, pero es la primera que encuentro la única tarde en la que puedo escaparme de mi rutina de trabajo. Ojeo algunos volúmenes de grandes clásicos de la literatura en inglés, títulos que podría fácilmente conseguir en librerías de Madrid. No, no son esos libros de lectura obligatoria de instituto y tapas plastificadas los que me detienen. Tampoco el cansancio, es ese caso mejor un pub, cualquier pub y una pinta de Bitter & Twisted. Tampoco la chica polaca con botas que curiosea en una esquina y que interrumpe la conversación preguntando por unos libros de estadística. La chica polaca con botas estudia económicas y es rubia con el pelo corto, y habla con ese exquisito acento con el que algunos superdotados hablan idiomas ajenos, y de repente se forma una tertulia a tres bandas sobre la imposibilidad (o mejor dicho la falacia) de la ciencia económica como Ciencia, mientras yo sigo sacando libros al azar, Stevenson, De Quincey, Graham Greene, y apunto en mi cuaderno marrón con pilot rojo y caligrafía de terremoto frases que voy oyendo, frases como economics is a degree of gambling dressed up with those fancy names

y fancy queda un rato flotando en el aire
un fancy con acento galés que suena a hipérbole caramelizada, a corte de mangas, al último rastro de yema de huevo apurado con el dedo antes de que el camarero se lleve el plato, a anciano travesti, a leche condensada.

queda flotando el aire hasta que suena, referido a un jugador de rugby, un lapidario he was a completely coward y pruebo a imaginarme a mí mismo explicándole a mi librero (aunque yo no tengo librero) que "la actitud de Pepe fue ciertamente censurable", y no me veo.

La chica polaca con botas se va con la promesa de recibir pronto esos extraños libros de estadística. El chico irlandés se va porque ya se va haciendo tarde y quién sabe cuánto tiempo lleva ahí metido, con el abrigo puesto y la bufanda al cuello, sin terminar nunca de irse, reflexionando sobre el achique de espacios en la defensa de rugby. Y sólo me quedo yo, que finalmente compro un libro y terminó hablando con el librero galés con ese terrible acento con el que sólo los españoles somos capaces de hablar un idioma ajeno.

y mis palabras se quedan un rato flotando en el aire,
unas palabras que suenan como a lavadora, a camión de basura, a telegrama tallado en piedra, a gramófono que suena en la habitación de al lado, la habitación de las goteras.

martes, 15 de septiembre de 2009

Y puesto a soñar, en Buenos Aires

Donde el autor pregunta a Enric González y él responde

Ambrosius: ¿Por qué volviste a España? ¿Te cansaste de trabajar como corresponsal? Puestos a soñar, ¿cuál es tu corresponsalía o trabajo soñado? Y no, no vale vivir del aire en Londres....


Enric González: Volví a España por razones familiares, no porque me cansara de ser corresponsal. Si dependiera exclusivamente de mí, seguiría fuera. Y, puestos a soñar, en Buenos Aires. Por desgracia, he aprendido que no se puede vivir del aire, ni en Londres ni en ninguna parte: los años no traen experiencia, sino gastos.


Lee toda la entrevista en El País

miércoles, 29 de julio de 2009

La bien querida

Donde al autor baja a Extremadura para escuchar una copla y termina en Portugal viendo el tour de Francia



Fui a Extremadura a escuchar una canción, pero llegamos tarde, pero no importó porque atardecía y a lo lejos se veía el castillo de Alburquerque y le pregunté al piloto cómo se llamaban aquellos árboles, sé poco de flora, se poco de fauna, no se describir paisajes, pero aquel paisaje al atardecer (diría sin pudor que bañado por luz de melocotón, pero qué cursi) exigía memorizar una descripción y para eso necesitaba palabras que desconozco.

Al día siguiente crucé a Portugal por un tronco sobre un río. Y esto es Portugal, dijo mi anfritrión. A los 10 segundos volvimos a España y yo tenía miedo de caerme al riachuelo por culpa de mis chanclas frágiles y deslizantes sobre el rugoso tronco. Me hablaron de contrabandistas, que aquí llaman mochileros, que llevaban café hacia España y tocino hacia Portugal y que han desaparecido, los contrabandistas, que aquí llaman mochileros, por culpa del mercado único de la Unión Europea.

Volvimos a cruzar a Portugal, esta vez en coche, para comer en el restaurante de Joao Grosso en un pueblo llamadao Alegrete. El entrecote no era entrocot, sino costillas de color apagado, los langostinos estaban tan fritos que era imposible arrancarles la piel y el bacalao más salado de lo deseado. El postre era azúcar de color chocolate,pero la bica era contundente y en ese momento, en la televisión portuguesa que nadie veía, Contador le sacaba más de un minuto a Armstrong y Joao en persona nos despidió uno a uno con una solemne sacudida de mano justo antes de traspasar la puerta hacia la calle donde a esas horas solo había cuatro viejos, y aun ellos a la sombra, y quietecitos no fueran a morirse




Obviamente volvimos a España cantando coplas

lunes, 6 de julio de 2009

Demonios extranjeros en la Ruta de la Seda


Donde el autor recuerda su viaje a Xinjiang, y se pregunta qué será de las personas que allí conoció: un camarero madridista hijo de una pareja represaliada durante la Revolución Cultural, un devoto estudiante musulmán que se sonrojaba al hablar de chicas, una israelí deprimida, un músico uigur que aprendió flamenco en Andalucía, un pastor evanglista y un taxista que leía libros y regalaba fruta. De fondo, gaseoductos, monasterios budistas, correosos pinchos morunos y legendarios funambulistas.

Todo los uigures de Xinjiang estudian inglés y, a diferencia de los españoles, intentan practicarlo al menor roce con el extranjero que viaja hasta aquí atraído por la sonoridad evocadora de la Ruta de la Seda. Algunos lo aprenden por la calle y en casa, con libros, de forma autodidacta; otros, como el guía que nos condujo hasta el lago Karakul, en la universidad de Xian. Tímido, devoto, educadísimo, tocado con el típico gorro uigur, nos explicaba cómo sus compañeros de clase, chinos de la etnia han, le tomaban el pelo por su fe islámica. "Si tu dios existe,¿por qué tu región es tan pobre?", le preguntaban. Y él contestaba que el destino de los hombres en la tierra era responsabilidad de los hombres y que prefería vivir en Kasghar, en vez de en Urumqui, porque allí gente era más devota. Cuando me despedí de él, le desee suerte con las chicas de Xian. Bajó la vista, ruborizado.

Aterrizamos en Urumqui, capital de Xinjiang, situada a más de 5.000 kilómetros de Pekín. Aunque en el horizonte se podía distinguir el perfil de una cordillera nevada, la ciudad era densa y fea, con esa delirante mezcla de pobreza y modernidad tan típica de las grandes ciudades chinas. A través del cristal del taxi, carteles publicitarios en árabe, chino y ruso (es que vienen muchos hombres de negocios, nos explicaron). Una ciudad, a su manera, extrañamente cosmopolita para ser la capital de la región más aislada de China.

Al día siguiente partimos a Kasghar, cerca de la frontera con Pakistán, siguiendo los pasos de los demonios extranjeros en la ruta de la seda, título de un libro sobre los exploradores occidentales que saquearon el patrimonio artístico de Xinjiang a finales del siglo XIX y principios de siglo XX. Al igual que ellos nos instalamos en el hotel Chini Bagh, antiguo consulado británico convertido en un anodino establecimiento de baños sucios y camas cubiertas con arena del desierto de Taklamakan. Al menos había cerveza fría y un camarero de la etnia han, hijo de una pareja de profesores trasladados forzosamente a Xinjiang en plena Revolución Cultural.

Por la televisión emitían el Real Madrid-Espanyol, el camarero buscó conversación y yo me dejé encontrar .Con ayuda de las traducciones de Aritz me vi envuelto en una tertulia no sólo de deporte, sino también sobre Eta, la transición y el rey. El camarero prefería hablar de España que de China, pero Artiz, cansado del fútbol, recondujo la conversación hacia temas locales. "Yo me siento de aquí, de Xinjiang", nos dijo finalmente, como dándonos a entender que la etnia han también tenía derecho a vivir en esta región. Que Xinjiang no sólo pertence a los uigures. Hablaba sin épica, sin plural mayestático. Con un punto de desgana. Finalmente desplegamos el mapa sobre la barra, le consultamos rutas para el día siguiente y me prometí enviarle, a mi regreso, una postal de Madrid que nunca mandé.

Un uigur vestido como un abuelo de posguerra nos invitó a su casa a tomar té después de que unos ancianos nos increparan por intentar hacer fotos a una mezquita. Sentados sobre alfombras, después de lavarnos las manos y alabarle la casa, empezamos a hablar de política. Con aire conspirativo denunció el expolio de materias primas (sí, construyen carreteras y escuelas, pero nos roban el petróleo), le represión cultural, la pobreza, el traslado masivo de chinos de la etnia han para alterar el mapa demográfico de la región. También habló de la 'heroica historia uigur', de sangre, de sacrificio, de antepasados, de los guerrilleros del grupo Turquestán Oriental (a los que China vincula con Al-Qaeda y algunos de los cuales acabaron, primero en Guantánamo, y luego en las islas Bermudas). Por último habló orgulloso del mejor funambulista del mundo, que es, por supuesto, un uigur de Xinjiang.

En el Caravan Café nos refugiábamos a comer sándwiches y tartas, huyendo de los correosos pinchos morunos que la lonely planet, en un arrebato de opitmismo tan típico de las guías de viaje, calificaba de exquisitos. Hablé con el dueño, un pulcro estadounidense, de hablar pausado, gestos lentos y una hija con la falda hasta los tobillos y el pelo muy largo. Meses después, me enteré de que eran pastores evangelistas y de que el gobierno chino los había detenido y expulsado del país, acusados de proselitismo.

Recuerdo al taxista, de la etnia han, que nos condujo hasta el monstario de Kyzil,a través de eriales polvorientos repletos de obreros que trabajaban en las obras del gran gaseoducto y oleoducto que conectará los pozos de gas y petróleo de Xinjiang con Shanghai. El taxista leía constantemente pequeñas novelas que cambiaba en el kiosko de la estación y allá donde iba se rodeaba de un grupo de oyentes fascinados. Fumaba (y ofrecía) cigarros con sabor a arena, sonreía sin parar y, antes de irnos, nos regaló varias piezas de fruta fresca (que crece en los oasis regados con el agua subterránea procedente de la cordillera del Tian Shan)

En el monasterio budista de Kyzil, excavado en piedra en mitad del desierto, una guía china han nos mostró el lugar exacto en donde un desprendimiento de piedra estuvo a punto de matar a Gustave Von Le Coq . El explorador sobrevivió de milagro y, pasado el susto, pudo arrancar con ayuda de una sierra cientos de murales pintados con lapislázuli de Afganistán, que trasladó hasta el Museo de Arqueología de Berlín. Allí, "en siete terribles noches de bombardeos durante la segunda Guerra Mundial, desaparecieron más obras maestras de arte centroasiático que los ladrones de tumbas, campesinos, planes de irrigación o terremotos pudiesen haber destruido en muchos años" (Peter Hopkirk, Demonios extranjeros en la ruta de la seda). Mientras apuntaba rostros de Budas borrados por la furia iconoclasta de los primeros musulmanes que habitaron la región, la guía reivindicaba la devolución del arte chino expoliado por occidente (como el Sutra del diamante , en manos de la British Library). Al igual que los serbios respecto a Kosovo, los chinos no sólo consideran Xinjiang como parte irrenunciable de su país, sino que además esta región ocupa un lugar prominente en el imaginario colectivo: es la última frontera, cuna de la civilización budista china y escenario de muchas de las aventuras del clásico de la literatura Viaje al Oeste. Las aventuras del rey mono.

Viajamos de Kasghar a Kuche en un tren abarrotado de campesinos uigures y revisores han. 12 horas bordeando el desierto, enfrentados a la disyuntiva de abrir las ventanas y comer arena a cucharadas o mantenerlas cerradas y sudar hasta la muerte. La familia de campesinos con la que compartiamos asiento y arena miraron con lástima a mi novia porque, con 28 años, aún no tenía hijos. El libro de fotografía de Aritz fue rondando de mano en mano, por todo el vagón. Contaban el número de cachorros de una manada, me preguntaban si esa ornamenta colgada de un salón era un iglesia cristiana. Pero lo que más éxito tuvo fue la foto de una mujer con una camiseta mojada.

Al final del viaje se nos acopló una triste chica israelí que se había embarcado en esa suerte de viaje iniciático sin rumbo ni plazos tan típico de jóvenes anglosajones, universitarios alemanes e israelíes recién licenciados del servicio militar. Le pregunté con tacto sobre la guerra, sobre los palestinos, la bombas, su experiencia militar en Gaza. Ella, menos diplomática, nos explicó que el cine español le aburría y que la cultura española era muy sangrienta. Comía poco, nada le parecía excepcional y cuándo alguien nos preguntaba por nuestra nacionalidad, ella callaba.

Más nacionalidades: a medida que avanzaba el viaje, Aritz fue rizando el rizo de nuestra presunta origen. Un día nos identificamos como coreanos del norte. Ah, que bonito Corea del Norte, respondió el taxista uigur, que apenas se defendía en mandarín, y que nos estuvo hablando confusamente de Bin Laden, como quien habla del tiempo, por dar conversación. Esa misma noche, en el mercado de Kuche, unos chinos han nos preguntaron si éramos uzbekos.

Mi único souvenir fue un disco de música de Arken Abdullah, un músico uigur que estudió flamenco en Andalucía y que, por aquel entonces, sonaba en todos los rincones de Xinjiang. Desconozco si su música sería del agrado del hombre que nos invitó a tomar té en su casa mientras recetaba sangre e historia.

Tampoco se por qué Xinjiang es una potencia mundial en funambulismo. Pero me gustaría saberlo.




Publicado en Soitu.

jueves, 2 de julio de 2009

Galeotes del Cantábrico


Donde el autor, con motivo del comienzo de la liga de traineras, ilustra a los neófitos en las artes de este deporte que combina, de forma irresistible, la épica marinera con las mezquindades y miserias típicas de cualquier deporte profesional. El objetivo es conseguir que la afición a este deporte avance imparable por toda España, goteando desde el Cantábrico a través de la meseta, hasta inundar los veranos madrileños de 800 grados a la sombra, donde la brisa marina no se puede ni siquiera imaginar.

Este sábado comienza en Bilbao la liga ACT de traineras y, seguramente, ningún diario deportivo de ámbito nacional le dedicará una línea. Es normal y no pasa nada. Al fin y al cabo se trata de un deporte reducido a algunas localidades costeras de Galicia, Asturias, Cantabria y País Vasco. Sin embargo, dentro de este microcosmos las regatas se viven con intensidad de final de Champions. La liga de traineras combina la épica marinera de caza de ballena y galerna con rencillas políticas, disputas territoriales, mezquindades, dopajes (o falsos dopajes), apuestas millonarias y fichajes estrellas. El resultado es formidable.

(Antes de proseguir el autor se confiesa seguidor de Pedreña, la trainera negra con remeros de camiseta blanca. Es, a mi subjetivo juicio, la más elegante del Cantábrico, tal vez por remar en aguas de la bahía de Santander, bajo la influencia de Peña Cabarga, una montaña que debería ser un volcán).


La trainera actual es una embarcación de 12 metros de eslora y 200 kilos de peso, impulsada por trece remeros y un patrón que, de pie en la popa, dirige el rumbo con una espaldilla a la vez que gime, motiva e insulta a sus muchachos como si fueran galeotes romanos huyendo de piratas cilicios. Con este tipo de barcos faenaban los pescadores en el Cantábrico en busca de sardinas y anchoas. Ahora ya no están hechos de madera, sino de fibras de carbono y su estilizado 'fuselaje' diseñado con técnicas de aeronáutica luce publicidad de empresas energéticas, marcas de cerveza y entidades bancarias....

Llegar rápido a puerto era imprescindible para asegurar una buena venta en la lonja; el ritmo y pericia de la palada decidía también qué trainera se ganaba el derecho a remolcar los buques a puerto. A paladas también dirimían las chalupas balleneras la pugna por convertirse en el 'primer heridor' del cetáceo. Con el paso del tiempo fueron surgiendo los desafíos 'ociosos' por puro orgullo y vanidad entre pescadores del mismo pueblo, entre pueblos vecinos y,finalmente, a medida que crecía la leyenda de algunas embarcaciones imbatibles, entre traineras de diferentes comarcas, provincias y regiones.

Esta época de desafíos puntuales (cuando todavía no existían las actuales regatas reglamentadas, puntuables y retransmitidas por televisión) es rica en leyendas: Bermeo y Mundaka se disputaron la isla de Ízaro a una regata de traineras. Ganó Bermeo, aunque los de Mundaka les acusaron de haberles emborrachado la noche anterior.

Las regatas de traineras se popularizaron a finales del siglo XIX y principios del XX como un espectáculo folclórico para amenizar los lánguidos e interminables veraneos regios en San Sebastián y Santander. Los carteles turísticos de la época muestran a modernos urbanitas contemplando arrobados las proezas de los bárbaros remeros, tan fuertes, tan 'étnicos', tan diferentes a su público burgués. Según José María Unsain Azpiroz: "el gran arraigo y popularidad de las regatas de traineras se explica por la belleza intrínseca (...) pero su éxito se debe también a lo que tiene de sublimación de cierta idea, más mítica que histórica, de la relación de las comunidades del Cantábrico con el mar". Esta sublimación es aun más acusada entre los habitantes de las capitales de provincia que mantienen una relación ficticia con el mar, al que conocen a través de la literatura, los museos oceanográficos y los largos paseos de sábado por la tarde y chocolate con churros. La misma idea latía en las palabras que un amigo de Santander, pragmático economista de sucursal bancaria, me dirigió cuando se enteró de mi súbito interés por las traineras: "arrebato folclórico típico de santanderino urbanita que vive en Madrid". Nada que objetar.

El formato clásico de regata consiste en 12 traineras divididas en tres tandas cronometradas de 4 equipos. El giro alrededor de la boya, la ciaboga, es una de las maniobras más complejas (que pueden arruinar una buena regata o marcar el inicio de una remontada) y una de las más hermosas: el escorzo del proel insertando el estoque en el mar, con el rostro a punto de explotar y los brazos tensos de quien se dispone a remover con un remo el océano como una taza de café. Es el tipo de maniobra que realizaban las antiguas traineras para extender las redes alrededor de los bancos de peces.

Cada campo de ragatas tiene sus particularidades (mar abierto, bahía, ría) y cada jornada sus imprevistos factores climatológicos. Así, puede ocurrir que los equipos de la primera tanda remen en una plácida bañera, mientras que los últimos se enfrenten a un intenso oleaje y a vientos en contra. En pocos deportes juegan la naturaleza y el azar un papel tan relevante. Es como si en un partido de fútbol uno de los dos equipos jugara cuesta arriba, con el campo cubierto de nieve, y una portería de un metro de largo.

La naturaleza y los árbitros, claro, que aquí se llaman jueces de mar. No corren la banda, sino que la navegan en zodiac siguiendo a las traineras, pero por lo demás comparten las mismas contradicciones, inseguridades y arrebatos que sus hermanos de otras disciplinas.

Una regata transcurre más o menos así: mujeres de Pedreña (en cuyas casas cuelgan pancartas con la leyenda 'nunca remareis solos') y ancianas de Hondarribia con el pañuelo verde de la Ama Guadalupekoa al cuello, se intercambian insultos y muecas de indignación. Hombres silenciosos escuchan el transistor mientras miran al horizonte intentando adivinar la posición de las traineras desaparecidas mar adentro hasta que, anunciadas por un murmullo, vuelven a cobrar plasticidad y color según se acercan de nuevo a las boyas junto al puerto. Ahí viene Orio, grita alguien. Hondarribia le saca 5 segundos a Pedreña en la ciaboga, informa otro. Se fuman puros, se comen pipas, se consultan tablas llenas de minutos y segundos, se otea el horizonte con prismático, se analiza el viento, un abuelo lamenta que a su equipo le haya tocado remar por la 'calle mala',se elogia la capacidad de palada de Castro en el último largo. Se espera. Finalmente, la trainera vencedora alza los remos en posición vertical y ondea la 'bandera' de la regata. Si es regata de la liga ACT (la división de honor), el patrón se calza una boina vasca con el oso de CajaMadrid. Si es en el campeonato de España, y vence una trainera vasca, algunos remeros permanecen sentados en el barco en vez de subir a recoger el trofeo, para no tener que ondear la bandera rojigualda. Si es en la bandera Sotileza de Santander, los remeros de Astillero, al conocer la noticia de su descalificación, deciden arrojar la bandera y el trofeo al agua.

Igual que la Vuelta a España comienza este año en Holanda, espero que algún día la liga ACT comience en el estanque de El Retiro en Madrid. Bastaría que, como se ve en el cartel que ilustra este artículo, viniesen volando a paladas desde el norte. Rumbo sur. Sin pérdida.

Publicado en Soitu
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lunes, 16 de febrero de 2009

He sido tan feliz, pero me he aburrido tanto

Donde el autor, abusando de las citas, presenta a Graham Greene como insuperable escritor de relatos de viajes.


1.Viajes con Mapas
: Graham Greene le entregó a su biógrafo Norman Sherry un mapamundi con un puntito rojo en cada uno de los lugares en los que había estado (debía ser algo así como el mapa que hay colgado en la parte superior derecha de este blog, que registra asombrosas entradas). Sherry, concienzudo profesor universitario, decidió visitarlos todos. A esto se le llama “trabajo de campo” y lleva mucho tiempo: 30 años, tres volúmenes y 2.251 páginas que no he leído. Y tiene su precio:en Panamá contrajo gangrena y perdió un tercio del intestino; fue arrestado en Haití, se infectó de diabetes tropical en Liberia y casi pierde un oído cuando le metieron la punta de un revólver por la oreja. Con problemas en la próstata, Sherry temía morir antes de finalizar. Hoy se confiesa "cósmicamente agotado".”(Andrés Gómez Bravo).

Ambrosius piensa a bote pronto en su labio roto en Nueva York, en su cabeza rota y posteriormente grapada en Santander, en su dedo gordo hinchado en Sudáfrica y posteriormente deshinchado en Madrid, y en una larga serie de vulgares diarreas y vómitos desde Madagascar a Marruecos.


2. Viajes con mi tía: “No estoy casado, he vivido siempre con mucha tranquilidad y no tengo ningún pasatiempo que me absorba, salvo mi interés por las dalias. Por esos motivos me sentí gratamente estimulado por el funeral de mi madre”. A esto se le llama descripción de un personaje. Lo que sigue es una novela de aventuras ‘aparentemente ligera’ protagonizada por un oficinista de vida sedentaria y una extravagante anciana kamikaze que no conoce el sentimiento de culpabilidad. Graham Greene sí lo conoció, a fondo, y vivió de ello.

3-Amantes y matemáticas: Escribe Manuel Vicent: “A los 16 años fue sorprendido acariciando la culata del revólver de su hermano mayor, un Smith & Wesson, calibre 32. Graham Greene jugó a la ruleta rusa cuatro veces con aquel arma, cuyo tambor era de seis balas. Durante el rodaje de Nuestro hombre en La Habana se lo contó a Fidel Castro. Y éste le dijo: "Si el tambor era de seis balas y se disparó en la sien en cuatro ocasiones, usted está matemáticamente muerto". Graham Greene contestó: "Yo no creo en las matemáticas”.

En otra ocasión, una de sus amantes le preguntó si era verdad que se acostaba con putas, y él, solícito, le respondió con una lista de sus 47 preferidas.


4.Viajes sin mapas: Graham Greene viajó a Liberia en 1935 por masoquismo, por sentir la aventura extrema del viaje por el viaje, por morbo, por Conrad, por lo que sea que el hombre se embarca en viajes absurdos. De Liberia sólo sabía lo que había leído en el Libro Azul del Gobierno británico:"ratas, fiebre amarilla, asesinatos de poblados, niños descuartizados, elefantiasis, lepra, frambesia, malaria (prácticamente universal en Monrovia), anquilostomiasis, disentería, viruela…”.


5- Epílogo urgente y atropellado
:funcionarios británicos desterrados en lejanas colonias de calor asfixiante, mosquiteras, puntuales bitter con ginebra a las seis de la tarde; hombres católicos, hombres casados con severas mujeres que escriben cartas llenas de reproches, planos de aspiradoras, armas secretas,agentes secretos, bombardeos, bombas, dalias, frambesia, ruleta rusa.

lunes, 12 de enero de 2009

La Enzyklofotopedia




Donde el autor, después de varios días de fallidos delirios literarios llenos de artificios y excentricidades, parece acercarse al mundo del viaje de una forma más ortodoxa, e inaugura una nueva extensión de su blog, a la que llamará Enzyklofotopedia y que consistirá, como su propio nombre indica, en un álbum de fotos.

La persona de la derecha es un fotógrafo español.
La persona de la izquierda es un viejo marroquí.
Reúne el viejo marroquí varias características que le hacen interesante a ojos del fotógrafo, quien cree (acertadamente en este caso) que un primer plano del viejo marroquí es interesante para el reportaje que está preparando.
El viejo marroquí también cree (acertadamente en este caso) que su cara, su propia cara, puede ser interesante para ese joven español que lleva la cabeza cubierta a la manera de los nómadas del desierto.
Fíjense ahora en la mano del viejo marroquí, en el dedo pulgar frotándose el dedo índice justo debajo del teleobjetivo del fotógrafo a punto de disparar.
Con ese gesto el viejo marroquí está poniendo precio a su cabeza.

Mientras tanto, Ambrosius cree que una foto del joven fotógrafo español disparando a un viejo marroquí puede ser interesante para su blog. Un pensamiento que volverá a tener en repetidas ocasiones, a lo largo de su viaje por Marruecos.
En todos estos casos, dispara.

Nace así la Enzyklofotopedia