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domingo, 30 de mayo de 2010
Instrucciones para conquistar Alcalá del Júcar
Donde el autor intercepta un extraño documento
Los lugareños viven en cuevas con vistas a un río. La fortaleza es fácil de atacar. Hay dos guardianes, ya ancianos, que se turnan en la garita de entrada. Fuman y miran documentales de naturaleza en la televisión. El mayor problema son los espejos, desperdigados por el gran salón comedor. Hay que tener cuidado con los reflejos, podrían delatarnos (adjunto imagen).
Las temperaturas son altas y las pendientes, pronunciadas, pero dentro de las cuevas se puede vivir con mucha frescura durante todo el año, aun en los meses más calurosos. Hay comida abundante, sobre todo conejos que sirven en un denso guiso de cuchara (adjunto imagen). Hay una gran cúpula vigilada por un monstruo de hierro. Hay una densa franja de árboles junto al río, donde se pueden esconder los morteros. Una vez dentro, avancen por el pasillo angosto hasta llegar a la mesa situada junto a una ventana ovalada. Aparten la frasca de vino, la botella de casera, las migas de pan y la aceitera. Después retiren el mantel de cuadros azules y blancos. No se dejen vencer por la nostalgia. Sigan las instrucciones grabadas con un punzón sobre la mesa de madera. Y apaguen la luz.
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martes, 3 de noviembre de 2009
La Casapedia
Donde el autor se hace rico implementando, que diría un consejero delegado de microsoft, una nueva aplicación en google earth
¿A quién no le gusta mirar dentro de una casa? Y no digo espiar a los vecinos follando (que también), sino ese deseo de saber qué hay detrás de las ventanas que a veces llaman tu atención cuando andas por la calle; ventanas por la que se escapa un sonido, ventanas donde alguien fuma apoyado en el alféizar, ventanas que reflejan -preferiblemente en invierno- destellos de una televisión. No voy a seguir con una enumeración de todos los tipos de ventanas morbosas, porque lo cierto es que me gustan todas y en cualquier época del año, especialmente en los días extremos de calor tórrido y en las destempladas noches de otoño, cuando pasas junto a un ventanal de una cafetería cerrada y la barra, vacía e impoluta, iluminada por las farolas de la calle, parece la mesa de disección de unos ladrones de cadáveres, piensas mientras intentas protegerte de la lluvia refugiándote a intervalos dentro de portales o debajo de carteles luminosos de tipografía tan ancha que parecen tejavanas
(con tejavana me refiero a esos cobertizos de plástico que me protegían de pequeño de la lluvia en los recreos y que, aún hoy, veo en los aparcamientos de algunas cafeterías de carretera).
Mi idea es sencilla. Cartografiar y fotografiar todas las casas del mundo y colgar luego el resultado en google earth.Como no soy ambicioso -en el fondo, me educaron en el pragmatismo- comenzaré reproduciendo solo el millón y medio de casas de Madrid, jardines, baños y terrazas aparte.
Fotos sin gente. Solo muebles, sofás, sillas, camas, paredes, ventanas, enchufes, techos, lámparas, pasillos, azulejos, puertas, pomos, repisas, alféizares, mesas camillas, mesas redondas, muebles empotrados y muebles exentos, cocinas, por supuesto, retratos, cuadros, revisteros, esculturas, filtros de agua valencianos hechos con cerámica de Onda, pianos, souvenirs, cortinas y persianas. Acaso esta enumeración de objetos domésticos sea fútil, porque los posibles elementos de una casa son infinitos, como infinita es su combinación.
El espectador solo podrá recrear la cotidianidad de la casa a través de sus objetos. Accederá desde su ordenador al interior de cualquier casa del mundo, pongamos por caso el quinto derecha de un edificio del ensanche barcelonés, donde a partir de mediados de mayo el atardecer te invita a andar descalzo y a escuchar el sonido de una radio lejana que entra desde la calle, aunque eso, las voces del supuesto transistor (bien pudiera tratarse de un extraño eco de una cañería cercana) , no podrás oírlo desde tu ordenador. Es posible, sin embargo, que desees un gin tonic.
Habrá quien lamente el nuevo invento, pues creerá -incluso lo dejará escrito en graves libros de memorias no exentos de cierta, llamémosla, honesta melancolía- que la casapedia traerá consigo el final de la intimidad, la muerte de la curiosidad, la perversión del viaje como genero literario y la desaparición del espionaje, la duda, el desconcierto y la sorpresa como una de las bellas artes.
Su llanto será en vano, pero dejará algunas párrafos evocadores de un mundo desaparecido que en verdad nunca existió. "No hay que tener miedo, si te fijas bien nada cambia con la casapedia", explicará su creador en una entrevista concedida a soitu. "Aunque puedas ver desde tu ordenador la ventana que da al patio interior de un piso de Getafe, de ninguna manera sentirás en tu boca el polvo de la calle mezclado con las hojas de los árboles recién agitados después de una tormenta de verano. Por no hablar del olor a cocido madrileño impregnado en el sujetador tendido al alcance de tu mano.
De momento, añadió.
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¿A quién no le gusta mirar dentro de una casa? Y no digo espiar a los vecinos follando (que también), sino ese deseo de saber qué hay detrás de las ventanas que a veces llaman tu atención cuando andas por la calle; ventanas por la que se escapa un sonido, ventanas donde alguien fuma apoyado en el alféizar, ventanas que reflejan -preferiblemente en invierno- destellos de una televisión. No voy a seguir con una enumeración de todos los tipos de ventanas morbosas, porque lo cierto es que me gustan todas y en cualquier época del año, especialmente en los días extremos de calor tórrido y en las destempladas noches de otoño, cuando pasas junto a un ventanal de una cafetería cerrada y la barra, vacía e impoluta, iluminada por las farolas de la calle, parece la mesa de disección de unos ladrones de cadáveres, piensas mientras intentas protegerte de la lluvia refugiándote a intervalos dentro de portales o debajo de carteles luminosos de tipografía tan ancha que parecen tejavanas(con tejavana me refiero a esos cobertizos de plástico que me protegían de pequeño de la lluvia en los recreos y que, aún hoy, veo en los aparcamientos de algunas cafeterías de carretera).
Mi idea es sencilla. Cartografiar y fotografiar todas las casas del mundo y colgar luego el resultado en google earth.Como no soy ambicioso -en el fondo, me educaron en el pragmatismo- comenzaré reproduciendo solo el millón y medio de casas de Madrid, jardines, baños y terrazas aparte.
Fotos sin gente. Solo muebles, sofás, sillas, camas, paredes, ventanas, enchufes, techos, lámparas, pasillos, azulejos, puertas, pomos, repisas, alféizares, mesas camillas, mesas redondas, muebles empotrados y muebles exentos, cocinas, por supuesto, retratos, cuadros, revisteros, esculturas, filtros de agua valencianos hechos con cerámica de Onda, pianos, souvenirs, cortinas y persianas. Acaso esta enumeración de objetos domésticos sea fútil, porque los posibles elementos de una casa son infinitos, como infinita es su combinación.
El espectador solo podrá recrear la cotidianidad de la casa a través de sus objetos. Accederá desde su ordenador al interior de cualquier casa del mundo, pongamos por caso el quinto derecha de un edificio del ensanche barcelonés, donde a partir de mediados de mayo el atardecer te invita a andar descalzo y a escuchar el sonido de una radio lejana que entra desde la calle, aunque eso, las voces del supuesto transistor (bien pudiera tratarse de un extraño eco de una cañería cercana) , no podrás oírlo desde tu ordenador. Es posible, sin embargo, que desees un gin tonic.
Habrá quien lamente el nuevo invento, pues creerá -incluso lo dejará escrito en graves libros de memorias no exentos de cierta, llamémosla, honesta melancolía- que la casapedia traerá consigo el final de la intimidad, la muerte de la curiosidad, la perversión del viaje como genero literario y la desaparición del espionaje, la duda, el desconcierto y la sorpresa como una de las bellas artes.
Su llanto será en vano, pero dejará algunas párrafos evocadores de un mundo desaparecido que en verdad nunca existió. "No hay que tener miedo, si te fijas bien nada cambia con la casapedia", explicará su creador en una entrevista concedida a soitu. "Aunque puedas ver desde tu ordenador la ventana que da al patio interior de un piso de Getafe, de ninguna manera sentirás en tu boca el polvo de la calle mezclado con las hojas de los árboles recién agitados después de una tormenta de verano. Por no hablar del olor a cocido madrileño impregnado en el sujetador tendido al alcance de tu mano.
De momento, añadió.
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jueves, 24 de septiembre de 2009
Cómo colgar tu obra en Callao

Donde el autor entrevista al creador del cartel de la película 'El secreto de sus ojos' y, entre cañas y croquetas de bacalao con cilantro, descubre que las letras manuscritas que cubren la fachada del cine Callao son obra de una melómana enamorada de Rigoletto.
La leyenda familiar sostiene que su madre se puso de parto en un cine de Granada y que de pequeño lo que más le gustaba de Madrid eran los carteles de las películas de la calle Fuencarral. En rigurosa realidad, diez años de experiencia en marketing y ventas internacionales en diferentes productoras, años durante los cuales Pablo Dávila Castañeda fue deslizándose sigilosamente al lado más creativo del proceso de venta: la elaboración de carteles. De profundis, con dibujos de Miguel Anxo Prado, fue su primera obra. La última, y de la que vamos a hablar a continuación, El secreto de sus ojos, cuyo cartel cubre, como un sueño infantil, la fachada de los cines de Callao. Otras obras suyas son Agallas, ahora en cartel,y Castillos de Cartón, no estrenada todavía.
A diferencia de otros artesanos a sueldo (entre los que podríamos incluir a los periodistas), Pablo Dávila tiene muy claro la naturaleza y los límites de su trabajo: "No soy un artista, sino un visualizador que utiliza imágenes para vender una película. Mi obligación es olvidarme de mi estilo y ceñirme a las pautas comerciales de la distribuidora", explica el joven diseñador granadino, que se declara obsesionado por el mundo del diseño gráfico en todas sus manifestaciones, desde el catálogo del Lidl al cartel de la última película de Scorsese.
Toda la conversación gira en torno a tres cañas y a una única pregunta fuente: ¿cómo se hace el cartel de una película? Durante la primera cerveza Pablo Dávila explica el proceso administrativo: la distribuidora elige una propuesta de cartel entre varios candidatos que han visionado la película. El seleccionado, en este caso Pablo Dávila, recibe un dossier con el trailer, la foto fija (las imágenes captadas durante el rodaje que simulan los planos de la película utilizando el mismo encuadre y la misma luz que el el operador de cámara), créditos y un briefing que especifica el tipo de público objetivo al que va dirigido la película. De todo el material, la parte más espinosa son los créditos, que se rigen por obligaciones contractuales muy estrictas que precisan el tamaño y la ubicación del nombre de los actores dentro del cartel.
El cartel debía trasmitir la idea de una película de amor con elementos de thriller. A diferencia del cartel argentino, en donde se prescinde de los elementos románticos, en el nuevo cartel español el peso de la historia recae en la historia de amor entre los personajes interpretados por Ricardo Darín y Soledad Villamil.
La primera fase de trabajo consiste en buscar carteles de películas anteriores del mismo director, así como carteles de películas clásicas de cine negro. Una vez se tiene claro el planteamiento gráfico: Darín + Villamil + 'malo de la película' se inicia la búsqueda de fotos. Ricardo Darín, con los cuellos de la gabardina levantados como elemento icónico de cine negro, y Soledad Villamil aparecen con los ojos cerrados (pensé que no funcionaría, pero luego me gustó). En segundo plano, una foto de una estación de tren, perteneciente a una secuencia muy importante de la película, para dar profundidad de campo. A la izquierda del título, el actor español Javier Godino, pistola en mano, pone la nota de thiriller. De fondo las columnas neoclásicas de los juzgados.
El título utiliza una tipografía muy clásica, a la que se aplica un suave efecto de difuminado, mientras que la versión argentina utiliza letras de máquina de escribir. Para dar unidad gráfica a todos los elementos del cartel, Pablo Dávila aplicó una capa hecha a base de trozos de cartones ensamblados a modo de puzzle. Es un efecto que pasa completamente desapercibido a primera vista. "Tengo en mi estudio una enorme cajonera en donde voy guardando todo tipo de materiales, desde cartones del telepizza a fragmentos de vidrio. Es mi museo físico de texturas. Tengo otra colección digital, porque siempre salgo a la calle con una cámara para fotografiar azulejos, tierra, asfalto.... Del cajón saqué los cartones con los que construí el puzzle, que luego fotografié, escanee y traté digitalmente para aplicarlo en una nueva capa sobre el cartel".
El último efecto es el más personal: se trata de las letras manuscritas que cruzan el cartel en líneas verticales para no entorpecer la lectura de los créditos y que acentúan el tono literario de la película, otorgan calidez gráfica y plantean muchos interrogantes al espectador. "Cuando se me ocurrió la idea me encontraba en casa de mi madre, que tiene la costumbre de traducir a mano los libretos de sus óperas preferidas. Es una letra bonita y lo suficientemente ininteligible para que nadie pueda entender el significado". Es decir, las letras que cruzan el cartel de Callao son los versos de Rigoletto traducidos a mano por una melómana funcionaria de justicia en su casa de Granada.
Y el resultado, como reza el lema escrito encima del título, es una representación gráfica de una historia de amor, un crimen sin resolver, un final sin escribir. Objetivo cumplido. Aún hay tiempo para otra caña y unas croquetas de bacalao con cilantro.
Publicado en Soitu
sábado, 11 de abril de 2009
Instrucciones para volver de un viaje

Donde el autor regresa y escribe el primero de varios apuntes mexicanos.
Deshaz pronto la maleta, antes incluso de meterte en la ducha. Calzoncillos limpios, camisa limpia, cepillo de dientes nuevo. Prepárate un café con leche a tu gusto con la dosis justa de café y las dosis justa de leche. El café, una de las pocas cosas que uno echa de menos cuando viaja. Coloca sobre la mesa la pila de libros de Jorge Ibargüengoitia, que murió, en 1983, en un accidente de avión en Madrid; los cuatro opúsculos de Tumbona ediciones: Gombrowicz contra los poetas, Richard Klein contra los No fumadores y Seis ensayos desertores contra México Lindo. También los cómics de El Libro Vaquero, con mujeres desnudas y cowboys rubios, y la herrumbrosa Historia Mínima de México que un vendedor ambulante te vendió, pero eso lo comprendiste demasiado tarde, a un precio relativamente exorbitante. La revista Los Rostros, donde posa, casposísima, la sociedad fresona de Puebla: Janell debutará como mamá, Primera comunión de Natalia, Valeria y Emilio, y mi preferida: Carlota Corona disfrutó de sus últimos días de soltería. Ah, golfilla, los últimos días de soltería… Guarda el pasaporte en el cajón, pon a cargar el móvil, a descargar las fotos, a actualizar rápido tu blog abandonado y escuchar de fondo la pista 16 del Audio Digital Reventón Tropical:
Pollito con papas
Pollito con papas
Pollito con papas
Es bueno para desentumecerte
Y para recordar a los anfitriones poblanos.
domingo, 7 de diciembre de 2008
Instrucciones para irte de viaje

Y no te olvides de comprar tabaco
Donde al autor, antes de partir a un viaje que lo alejará de su mesa durante dos largas semanas, elabora una lista aleatoria y un tanto caprichosa, que incluye consejos, instrucciones prácticas y reflexiones gratuitas sobre el oficio de preparar maletas y sobre el censurable hábito de viajar a lugares de los que nunca, por pereza y por fantasía, pareces haberte documentado lo suficiente.
No mires el mapa. Coge todos tus medicamentos. Pantalones largos y pantalones cortos. Muchos calzoncillos, más que días estarás fueras. Un puñado de calcetines, la mitad rotos, la otra mitad desparejados. Como son todos negros, no importa mucho. Dos libros, uno para el avión y otro para el destino. Son reversibles, una vez elegidos puedes darles la vuelta. Puedes incluso no leerlos. Claro, el pasaporte. Compruébalo varias veces, antes de salir de casa, nada más cerrar la puerta de casa, antes de subir al metro o al taxi, antes de facturar, antes de embarcar. Haz lo mismo con el billete de avión. Intenta imaginarte el destino y quédate en blanco. No te documentes, no veas películas rodadas en ese país. Desprecia todo la información que te ofrezcan. Olvida todos los nombres. Lee la crónica del partido del Madrid durante el despegue. Mea antes de subir al avión. No estoy siguiendo un orden lógico. Sólo consejos amontonados. Si pudiera, me llevaría mañana a Bolaño, pero hay que devolver el libro a la biblioteca. La noche anterior fantasea con el destino. Fantasea contigo mismo. Eres un espía, un vendedor de máquinas de coser que fuma tabaco negro, un catedrático de arqueología en busca de civilizaciones perdidas, un geólogo a sueldo de una petrolera. Cualquier cosa antes que periodista de viajes. Piensa en la comida. Fuma un cigarro en la ventana, pon el despertador. Dos despertadores. Sal con mucho tiempo de antelación, siempre has tenido un miedo atroz a perder los aviones. No mires el mapa hasta que te hayas perdido. Buen viaje
jueves, 16 de octubre de 2008
These boots are make for walking

Donde el autor reflexiona perezosamente sobre la utilidad de escribir un blog, pero por miedo a caer en el nihilismo o, peor aún, el de dramatismo autocomplaciente, interrumpe de forma abrupta su disgresión y recomienda caminar, que es bueno para el culo.
¿Para qué escribir un blog? ¿Porque cuesta menos que un libro o un cuento? ¿Por aburrimiento? ¿Hubiera el contable Pessoa escrito el Libro del Desasosiego en formato blog? ¿Cómo era capaz Kakfa, después de un día entero trabajando en plomizas oficinas, llegar a casa y ponerse a escribir? A veces pienso en estas cosas mientras camino por las calles de Viena y no le encuentro respuesta, pero no importa, porque lo importante es caminar. Ya lo decía mi primo Kierkegaard, siempre tan oscuro y sin embargo con ideas tan luminosas, en una carta a la tía Jette: Sobre todo, no pierdas tu deseo de caminar; yo mismo camino diariamente hasta alcanzar un estado de bienestar y al hacerlo me alejo de toda enfermedad. Caminando he tomado contacto con mis mejores ideas, y no conozco ningún pensamiento cuya naturaleza sea tan abrumadora como para que uno no pueda distanciarse de él andando… pero cuando te quedas quieto, más próximo estás a sentirte enfermo… De modo que si caminas sin parar todo te saldrá bien.
Siempre tan exagerado el primo Soren; a mi se me ocurren varios pensamientos abrumadores que se te pegan al cuerpo como un pijama sudado, por mucho que camines. Es, con todo, una cita hermosa. Pero conozco otra mejor. Me la escribió Gemma, la poetisa armenia con quien comparto celda: “Yo escribiría en movimiento (a veces lo hago). Caminar es lo mejor para pensar. Bueno, para pensar y endurecer las nalgas, que es igual o incluso más importante”. Algo así sólo pudo haberlo escrito caminando, pero juro que estaba quieta, tecleando su ordenador como quien derrumba un castillo.
Yo, por mi parte, y ya voy terminando, escribiría en la cama semidormido,pero si enciendo la luz y busco un bolígrafo y un cuaderno, las palabras se me escapan, o mejor dicho,se apagan, o peor aún, se cambian de lugar y entonces es imposible volver a juntarlas tal y como yo me las había imaginado. Y me quedo con el boli en la mano, los pies descalzos, semidesnudo, el flexo absurdamente encendido,haciendo, en mitad del salón, un ridículo muy literario.
Silbemos
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